5 dic. 2011

El del porqué de los porqués.

He de reconocerlo; las casualidades son una de mis mayores debilidades. Siempre he pecado de intriga, por muchos gatos que hayan muerto por menos, y cargo con ello desde que aprendí a asumirlo. Con eso y con lo de abusar del pretérito perfecto. El simple, por supuesto, yo soy muy así. Queda por explicado el tema de que no sé lo que quiero, porque no tengo pensado saberlo hasta que me dé cuenta de que en realidad hacía tiempo que ya lo sabía. Me han dicho que es por miedo a que me hagan daño, pero es que a mi eso del daño nunca me ha quedado muy claro; siempre he creído que no puedes valorar el daño que te han hecho hasta que el tiempo te ayuda a reconocerlo, y que el daño y esas cosas, como el verbo amar, solo deberían conjugarse en pasado. Puede que por ello siga aquí tumbado, pensándome falto de cariño, buscando donantes que confirmen la teoría de que casi todo en esta vida se puede arreglar sobre un somier. Estoy algo cansado de los ciertos inciertos, de las medias tintas y de refugiarme siempre en el mismo recurso, y sin embargo, he aquí el porqué de los porqués, aquí me tenéis, esperando un no valiente. 

21 nov. 2011

El de la fórmula de parar el tiempo.

Como yo decía, a veces solo es cuestión de tiempo, de dejar que la vida pase hasta encontrar una casualidad. Lo sorprendente de esta historia es que latía por si misma, salpicándolo todo de verdes y azules, de mensajes oscuros, humo de incienso y calor de velas. Que si treguas, que si bomberos, que si vectores, mordiscos y conquistas de estómago, si a mediados de aquel no tan lluvioso Noviembre algo tenía yo claro es que estaba encantado con todo. Y aunque mi inspiración intentaba escapar de una jaula piramidal, una vez de noche, cuando yo estaba solo en la cama, se sentaba a mi lado para acariciarme con una pluma y susurrarme melodías a piano. A veces, muy bajito, yo cantaba con ellas de fondo, y aunque no quisiera darme cuenta, alguna de ellas quería decir mucho más de lo que yo era capaz de escuchar por aquel entonces. Con la caída del sol, despacio y sin hacer ruido, me escabullía por la puerta de cristal a sentir el frío desde los pies hasta la cabeza, a fumarme algún recuerdo hallado en el fondo del bolsillo de una vieja cazadora, o simplemente a añorar una espalda que recorrer con mi lengua. Esperaba en el balcón, con una R en la garganta, bien prominente, exhalando mil y un cosas de esas que a uno le gustaría cambiar. ¿Que a qué esperaba? Eso mismo me preguntaba yo, mientras dejaba dejarme dejar. Como cuando viene el karma y te da una pequeña patadita, y te encantaría quejarte pero sabes que no puedes, el sol entrando por la persiana me levantó un lunes con resaca emocional, sensacional. Fascinante, vamos. Mis licencias y yo nos levantamos, nos vestimos íntegramente de negro y salimos hacia la facultad, café en mano y cigarrillo en la otra, a enfrentarnos al día a día. Y la moraleja del asunto, no busquéis tres pies al gato, ni busquéis en Google la fórmula para parar el tiempo. No aparece, es una fórmula más secreta que la de la Coca-Cola.

16 nov. 2011

El de muchísimo nosequé.

Con pelo mojado y botas, el sinrazonado mes de Noviembre transcurría tardío y se colaba por debajo de las cortinas. Si te despistabas, te despeinaba, o incluso empezaba a llover con connotaciones emotivas, comosi nos lloviésemos, tú a mi y yo a ti, como si estuvieses lloviéndome todo loque no nos habíamos dicho. Era una de esas épocas en que uno se deja llevar, para dejar que el tiempo le cure, en las que de repente dos o tres polvos de casualidad destronan al cronómetro de lo moralmente establecido. Justo entonces, en ese preciso momento, sin apenas darse cuenta y como en un cuento, érase que se era un tipo con suerte, también conocido como el de un vaso de agua y un plato de aceitunas. De esto que subes el volumen al máximo para que no te deje ni pensar, y la parte acústica de 'Defenceless' de Polock se te cuela por dentro de jersey. Te sorprende una mañana cualquiera de algo que en cualquier otra parte llamarían Otoño, reorganizando los muebles de toda la casa. Viene a decirte que necesitas un cambio, pero que sabe que tú ya tienes un plan. De palabras que quieren ser imágenes, y que se convierten en pintura un viernes a la hora de comer se alimentan las horas que separan la realidad y la ficción en esta historia de conexiones artísticas. Como por casualidad, lo que en cine llamaríamos un encuentro cuco, una de esas extrañas coincidencias del destino, las que aparecen justo cuando estabas a punto de dejar de creer, de perder tu fe en loquesea.

9 nov. 2011

El del descosido.

La pérdida total de coordenadas, el choque de dos partículas a una velocidad fugaz. El verano se largó por la misma puerta por la que había entrado, cansado de tantas boberías dichas en su honor, tantas promesas hechas para ser quebrantadas. De fondo sonaba una canción, nostálgica como la mayoría, más incluso que las que pretenden no serlo, y yo espiaba tus pasos alejándose desde el balcón, comprendiendo así un montón de cosas. Empezaba a llover, hacía un frío de los de camisa, jersey y cazadora, allí estaba yo en paños menores y a la intemperie, una vez más. Viéndote marchar. Dicen que lo primero que uno hace cuando tiene frío es echar mano de una manta. Yo tardé un buen rato en hacerlo, me rendí justo antes de empezar a congelarme. Había una voz dentro de mi cabeza, otro yo hablándome, explicándome, intentando espabilarme. Solo hicieron falta un cigarrillo, cuatro sms y esperar media hora. 

2 oct. 2011

El de la enumeración aleatoria de sensaciones.

Inhalar y cerrar los ojos. Sentir por unos instantes lo astrománticos que pueden ser algunos domingos, y morderse el labio inferior. Exhalar, lento. Olvidarse de que hay un mundo afuera. Pensar con deseo, con ese deseo que deja sin palabras y solo deja actuar. Buscar en la mente, un chapuzón de reminiscencia. Una mirada más sincera que mil palabras, una melodía de jadeos inaudible. Morder la carne humana con pasión y voracidad a partes iguales, desayunar en una terraza. Despertar con fuegos artificiales bajo el pantalón. Que los niños griten. Que te desesperes con ello. No salir un sábado por la noche. Los cigarrillos más finos, el más prieto de los torsos. Un fin de semana lleno de sonrisas, un par de vidas a base de tópicos. Que tu color favorito sea yo, y que el mío sea el color caldero. Desinhibirse a partir de un disco de los White Stripes. Las sábanas de rayas blancas y rojas arrugadas en el suelo. Un taxi rodeando al quiosco que nunca duerme con una mano tratando de agitar una despedida. Que yo pida una hamburguesa y no sea de pollo, ver tu caraguapa en mi espejo. Que el tiramisú sepa demasiado a limón o que las moscas ronden la tarta de queso y arándanos, que te mire y me emociones y así hasta ciento.

11 sept. 2011

El del resfriado mental.

Era un día de lluvia y tormenta cuando volví, esta ciudad quería mandarme un mensaje subliminal, yo no estaba dispuesto a captarlo. Sufría de un ligero catarro sentimental que necesitaba reposo, cama y barbitúricos varios, y sin embargo caminaba todos los días con sandalias romanas, como buscando pulmonía. Camarero, una de síndrome post-vacacional para el caballero rubio del fondo de la barra. Una de esas noches, bajo mi almohada, me lo encontré; una píldora de te quiero, del verbo follar, de aquellos sin los que se suponía, debía aprender a sobrevivir. Me cobijaba en los sueños de Lennon, aquellos que se transforman en realidades cuando se comparten con alguien, y tres o cuatro veces al día, tomaba jarabe de sinrazón. Por tirar del hilo de mi enredo, un roto y un descosido, una sábana que se sabía ya solitaria. El suelo del dormitorio conquistado por kleenex llenos de dudas pegajosas, contrariedad en el cajón, junto al termómetro. Creo que enfermo cuando te vas de mi casa, o más bien cuando estás a punto de irte. Enfermo de ganas de que vuelvas. 

17 jul. 2011

El de el día que las partes se juntaron en un todo.

También conocido como el de que no me pongan reglas porque yo sólo rindo cuentas ante ti. Transcurrían los primeros días de un Julio sinrazonado, fugaz y con sabor a nuevo. Recuerdo aquel verano como una experiencia totalmente nueva, como un todo en común sin importar las partes. Lo disfrutábamos, y se nos notaba en las caras arrugadas, doloridas ya de tanto reír como hacía tiempo que no hacíamos. Yo a veces me ausentaba un ratito a pensar en ti, a darme cuenta, ya a lo lejos, de todo lo que tu luz me había ido enseñando sin que yo me diese cuenta. Te quería en la distancia con mayor intensidad de la que empleé para convencerme de que nunca volvería a hacerlo con nadie habiendo kilometraje de por medio. Porque mi mente podía cogerse un ferry cuando lo necesitaba y subir a verte mientras dormías, a darte un beso en la mejilla y quedarse viéndote dormir hasta la siguiente patada voladora. A ella ya le daba igual cuando no eras el único en la cama, y así hasta ciento, porque ya no era la que solía ser, había cambiado a mayor.

20 jun. 2011

El de una tarde cualquiera en una habitación gris perla.

De tanto ansiar me había olvidado lo importante en el camino, en el largo recorrido que separaba ya su espalda de mi aliento, discernido y voraz, que buscaba consuelo en cualquier cosa para olvidar el anhelo que corroía mis entrañas en las mañanas del verano anticipado que vivíamos entonces. Las hojas cuadriculadas en las que resumía el temario no representaban sino la guía que necesitaba, la incapacidad de escribir en un folio en blanco por miedo a torcerme en el momento más vital. En un frenesí de ardientes corrientes de aire febril sin otro afán que el de deshidratar mis esperanzas más atenuadas por la incertidumbre, los lunes de mediados de Junio no sabían a inicio de semana cuando apenas habíamos saboreado el final de la anterior, cuando el tiempo no era más que una masa homogénea de horas de biblioteca que me ataba lo suficiente para no tener que preguntarme dónde estaba. Tal vez me encontraba en una tarde cualquiera en una habitación llena de fotografías en blanco y negro que, si entrecerraba los ojos lo suficiente, se fundían en gris perla. Un vacío existencial fatídico y desintoxicado a partes iguales recorría mis entrañas dejando asperezas e inquietud a su paso por mis intestinos; por aquel entonces el número doce marcaba una separación finita entre el mundo tal como lo conocíamos y el fin de este, intransitivo y descoordinado que llegaría tarde o temprano, precipitándonos a tomar estrategias y movimientos de última hora. Dejarse dejar era ya inviable ante los resultados previos obtenidos, y para mi no había otra alternativa mejor. La sinrazón no guiaba mis horas, lo hacía ahora la pérdida de la diplomacia en cuestión de asuntos internos, tan viscerales en su día como insípidos en la actualidad, y este asunto me traía de cabeza sin comerlo, pero habiéndolo bebido.

13 jun. 2011

El del azúcar con café.

Tenía la cabeza llena de gaviotas, golondrinas y gorriones. Pocas eran las formas de hacerle cambiar de opinión cuando algo le obcecaba, se perdía a través de los días de nachos a palo seco, carentes de cariño y guacamole a partes no tan iguales. Los que le conocían, o más bien creían conocerle, le tomaban por un pieza y le cogían cariño con facilidad. Sin embargo, a él empezaba a pesarle la facilidad con la que tarde o temprano la mayoría acababan distanciándose, causando confusión y olvido a su paso. De vez en cuando, y solo con la almohada, se confesaba de estúpido, y cuando despertaba al día siguiente no recordaba nada a la hora del té de mandarina. En los sueños ebrios coqueteaba con su pasado, olvidando puertas reminiscentes abiertas sin querer, para luego encontrarse en pesadillas dramáticas hechas con los restos de lo que antaño habían sido sus sueños. Ponía un plato y un cubierto cada día en su mesa, extrañándose a veces de la simplicidad e independencia malgastada que aquello suponía. Se encontraba por aquel entonces en un proceso de rehabilitación, dejando atrás le juego que le perseguía y sus correspondientes tiquiñuelas, pero parecía firme en su decisión por una vez. Ya no se comprometía, había cambiado de marca de galletas, pasaba largos ratos mirando a su cepillo de dientes solitario en el vaso de cristal. Se había dejado dejar, pero por lo menos todavía se afeitaba. No había planta que no se le secase, ni idiotez que no cometiese, echaba demasiado azúcar al café. Tal vez eso fuese lo que desencadenaba todo lo anterior.

9 jun. 2011

El de las confesiones de media noche.

Situémonos, o que por lo menos me sitúe yo; al borde de mediados de Junio y con la muerte en los talones, se blandía el viento en tifones contra nuestros corazones, se sentía en el ambiente, se mascaban tragedia y menta a partes iguales. Los bailes ya no acababan a medianoche, se alargaban hasta altas horas, y tal vez mañana fuese el ejemplo más claro del asunto en cuestión. Y el problema radicaba en que yo solo era capaz de situarme cuando me sumergía en sinrazón, y eso hacía temblar mis cimientos mientras me cuestionaba la frase que escribí, tres años atrás, en mi perfil de este, nuestro Blogger, donde tantos desvaríos habré parido.

Entonces y solo entonces conseguía yo caer en la cuenta de. Volvía en mí y trataba de ver el mundo con la perspectiva que me había faltado, tratando de reubicarme, de situarme. Pasaban de las doce, era un jueves no-tan-cualquiera, el cumpleaños de Laura Casiraghi y ninguno de los dos podíamos salir de fiesta, y entonces todo era una mierda. Ni siquiera podíamos hacerle una escotilla con mil regalos de Casa y Zara Home como ella se merecía, porque ya no estaba aquí, y se notaba su falta. Yo pasaba los días encerrado en todos los sentidos del concepto, y necesitaba que todo terminara ya y volver a casa, con las mías. Algunos eran días de ver llover en la ventana y ansiar mucho muchísimo. Otros eran de autoconvencimiento y un vano ápice de motivación que rara vez se veía focalizado en concentración o algo por el estilo. Solo aquellos premiados con pequeñas dosis de pecados, lujurias o colocones eran los que me hacían llevadera la espera. Porque cuando uno se retira de un deporte, solo le queda contemplar lo que viene después, los que acabarán arrebatándole títulos. Solo que esta vez el deporte era tóxico y su veneno solo causaba sensación de falso poder. Gracias a dios, a mi nunca se me llegó a subir a la cabeza. De eso no he sido tan adicto como creía.

30 may. 2011

El del baile cancelado.

Mi trayectoria, como venía yo contando, venía de lejos y me perseguía desde los once años y sus vandalismos varios; en los noventa uno tenía que ser el más malo, el más chulo, y nadie quería ser menos. Nos reuníamos unos cuantos coleguitas y las liábamos por el barrio; asaltos nocturnos a obras, pequeños hurtos, un paquete de cigarrillos ocasional que nos podía durar semanas. Con catorce dejé de ir a misa, a los quince me saltaba las clases particulares y bebía chupitos, los diecisiete me sorprendieron besando a chicos casi tan embriagados como yo y a los veintiuno seguía teniendo alma de teenager. En el fondo, tras un par de cañas y su correspondiente hora de conversación fluída, uno terminaba por ver que yo era casi todo lo adulto que debía ser y que tenía las cosas más o menos claras en mi cabeza. 

Si algo había aprendido hasta entonces durante toda aquella transición era a valerme por mi mismo, o más bien a salvar mi culo. La adolescencia nunca es fácil, y mucho menos cuando sabes cómo apañártelas para elevar la complicación a la enésima potencia. Todo lo que me aferraba era sinrazón, y mi razón, por aquel entonces perdida, tratando de no naufragar me preguntaba si podía volver, si podíamos hacer bien las cosas los dos, juntos, de una puta vez. 

Yo no creía en los milagros desde que no te tenía cerca, pero ya no moría moría sin tí, y eso me mantenía en un estado como de espera, que se cernía sobre mí como un tupido manto de incertidumbre con el que algunas noches me arropaba en la cama mientras intentaba dormir. Ya no había una mosca en mi cristal y por decirlo de una forma sutil te devolví tus zapatos perdidos, tú y yo llevábamos meses sin hablarnos y a ninguno parecía importarnos demasiado, y en el fondo yo no paraba de preguntarme cómo lo conseguías. Y entonces un día, uno como otro cualquiera de entre miles de millones de días, sin previo aviso, decidí que era hora de cerrar una etapa, y como nunca llegaste a venir a cenar, te quedaste sin baile. Y sin baile, ya no podías ser rey. Y desde entonces nadie supo realmente de ti, o por lo menos yo no, porque ya no me importaba.

Porque con el tiempo había aprendido muchas cosas sobre tí, y en el camino me sorprendió la más sorprendente de las sorpresas, y no sabes lo bien que lo comprendí todo entonces. Tú y yo teníamos instintos distintos, y yo había estado equivocado al respecto. Y esto ni siquiera es una despedida. 

26 may. 2011

El de extrañar y no extrañarse, pero extenderse.

Enterradas bajo una capa de incredulidad, perdidas del tiempo y del entendimiento, a tan solo unos metros por debajo de la realidad yacían nuestras no-tan-viejas fotografías, impresiones de lo que solíamos ser hace no tanto. A veces creía que un día las recortarías en forma de triángulos para mí, que harías un montaje con ellas y tantas otras cosas. Pasaba horas intentando asimilar las sensaciones que tu voz azulada me describía, embobado en ellas y en lo que representaban, ansioso de sumergirme en rincones desconocidos que empezaban a sonar familiares. A quien hubiese intentado anticiparme un ápice de todo aquello tres años antes, le hubiese tomado de loco.

Solía intentar evitarlo, o más bien posponerlo eternamente; siempre llegaba un punto en que hacía balance en mi cabeza de todas y cada una de las personas con las que decidía compartir mi vida, mis rarezas y mi forma de ser, de estar, de comportarme. Ya no me extrañaba que mi mente lo contrapusiese todo con ella, que al colocar a alguien en un lado de la balanza, ella apareciese en el otro lado, como el platónico de entre todos mis delirios. Sin embargo, la extrapolación de sentimientos no era en aquel momento sino un simple trabalenguas mental de dudosa condición sexual frente a un montón de cuestiones negativas que acarreaba desde tiempo atrás. Por aquel entonces yo era el menos perfecto de los imperfectos, y era consciente de que muchas veces no hacía las cosas bien. Es más, empezaba a sospechar el estar convirtiéndome en un experto en cagarla, y las pruebas no decían gran cosa a mi favor.

En lo que respetaba a cuestiones privadas podría haber ganado campeonatos de gilipollez. Algo en mi se dio la vuelta el día en que todo empezó a cambiar, y desde entonces todo había cambiado tanto que me hacía cuestionarme si yo habría cambiado con todo o me habría quedado estancado, perdido en algún punto que no conseguía recordar. Cambiar, cambios, cambiable... si algo estaba claro era que si uno se despistaba, estaba perdido. Yo sabía reaccionar ante muchas cosas, e intentaba tener siempre presentes unos valores, pero cuando me veía ante sentimientos contradictorios ya no me atrevía a enfrentarme como lo había hecho tantas veces antes; me sentía como una especie de cobarde sentimental, y eso me concedía peso de lastre. O eso creía yo, vamos, que así me sentía con mis malas reacciones. Comprendía lo que aquello significaba y no me quedaba remedio alguno más que acatar las consecuencias mientras no aprendiese a cambiarlo.

Por alguna razón que yo no llegaba a comprender todo se sentía entonces como en stop motion y nos convertíamos en fotografías que no llegaban a juntarse, retratos que algún día terminarían enterrados, se empaparían en barro de incertidumbre. Todo parecía pasado, pero en realidad no era sino presente perdido, presente dejado dejarse dejar. Pesaba en mi cabeza la voz sampleada de Justin Vernon repitiendo a varias voces con diferentes efectos in crecendo en "Woods" de Bon Iver y me hacía darme cuenta de tantas y tantas cosas, ya tumbado en la cama ante una noche de ventana abierta y malos rollos afuera, poco a poco. Faltabas, te extrañaba y poco más estaba claro, pero no cabía lugar para la desesperación, ni siquiera la exigencia. Solo podía ampararme en una vieja promesa que no quería dejarse enterrar, que se hubiese fugado contigo a empezar de cero una y mil veces.

Y como se suponía que yo debía sentirme cómodo así, con ello, no tuve más remedio que. Pero esto no es una queja, ni nada por el estilo, más bien una elección, o la consecuencia de una de tantas de ellas, de las tuyas, de las mías y las nuestras. Por mi ventana iba saliendo el suspense que aún podía respirarse en el ambiente sin esforzarse demasiado. Soplé para apagar las velas de mi mesilla y todo se llenó de olor a cera caliente y mecha todavía humeante, creí ver tu silueta en el humo, hecha a base de reflejos de la calle filtrados por las cortinas pero me convencí de que debía ser solo una ilusión. Cerré entonces los ojos, dispuesto a ser tomado por los sueños, atrapado y seducido por mi subconsciente para volver a dejarme. Dejar, por supuesto.

24 may. 2011

El de cuando el final está lleno de efes pero no remata.

De aperitivos, sinrazón y demás entrantes se nutre el secreto de mi olvido, y con él se iba el viento que levantaba tu abrigo sin que apenas lo notases. Los días avanzaban despacito, yo me escondía detrás de alguno y desde allí echaba la lengua todo aquel que me observase, distante pero no a lo lejos, más bien a lo cerca. Al principio de esta época llamada Mayo yo despotricaba, uy que mal, y toda esa historia. Y entonces, y claro. Estamos a finales y sigo vivo, gracias al tránsito titubeante, a los mates con aliño de la Begus, que madremía la tengo frita a la pobre, al saberestar y a un par de cosas más que, si me apuras, ni recuerdo. Yo solo quería cerrar los ojos, abrirlos y. Pero nada era tan sencillo, y de ahí la cuestión de las cuestiones. 
Sonaba una guitarra, era Jack Johnson a ritmo de "Belle" y mi mente huía al balcón. Codicioso yo, apurando hasta el último aliento febril de. Todo eran tormentas de no-verano a partir de las seis de la tarde y poner lavadoras para poder mojarme en algo. Porque la lluvia nunca es suficiente. Nada era suficiente para. Hay recovecos que quedan, que nunca se vuelven a llenar de. Nada tenía final a finales de Mayo y la ficción se difuminaba en nuestras frágiles existencias, se fundía entre tonos, como desafinada. Fatídico el día de la difunta ilusión, no podemos finiquitar la furia que conlleva fatalismos múltiples y que me fricciona para que todo tenga efes. Porque no. Y eso, señores, no mola.

18 may. 2011

El de los días de lluvia y tormenta.

Que si los procedimientos para llegar a un común acuerdo, que si las tormentas de verano. Con todo lo que queda por venir y lo tantísimo vivido ya durante este curso, que se hace una enorme montaña por la que bajamos tú y yo haciendo slalom. Como cuando mis dedos y tu espalda. No parar de mover muebles nunca por causa y efecto de la incertidumbre, salir al balcón y tomar aire, tomar lluvia, exhalar humedad sin pedir una opinión. La mía me la guardaría, si acaso la tuviese.

Se intercalaban las nubes y los claros dejándonos días de ganas de. Yo a veces con solo apagar la luz del dormitorio podía notar cómo se me empalmaba el alma ante la expectación de un final tantas veces pensado. Algo dentro me hacía pensar en lo imprevisible de nuevo, pero decidí dejarme dejar, que el sueño me lleve y mi particular pacto me guíe hasta el fin de los días. El simple hecho de imaginar un futuro no-tan-lejano se hacía tan extraño que era como si en realidad no estuviese pensando en volver en verano a casa de mis padres. Algo importante iba a faltarme, algo que me daba el sentimiento de hogar más confortable que jamás haya tenido.

15 may. 2011

El del conjunto de frases que querían formar un texto.

Todo por dejarse dejar, de jardines olvidados y con nuestros actos poco éticos siempre a base de un te quiero, del verbo follar. Volvían las noches de poner lavadoras y el suave deslizar de sus pies por el pavimento de mi baño, hacía ya días que extrañaba su sonrisa y parecía que hoy no iba a ser el día. Le di mi pensar al sol del mediodía, pues casi olvido de su perfume el matiz; deseo que cometa esta noche un desliz, que me duerma en su espalda y se me olvide el mundo.

9 may. 2011

El de cuando Mayo no marcea, pero febrerea.

Giraba la vida con frenesí, lo hacía también con ilusión; que ya lo decía Calderón, que toda la vida es sueño y los sueños... pues eso, sueños son. Y con respecto a los sueños yo prefería escuchar a Jack Johnson, porque él siempre tenía droga para mis oídos, y me excitaba la simple idea de tirarme en la cama, desnudo, a escuchar alguno de sus discos, o todos juntos. Tras una calada profunda se me daba por pensar que si hace días que no paraba de escribir como un loco, que me había obsesionado con la narrativa imperfecta, y mil y un manías más que yo consideraba que me hacían ser quien era. Pero ¿quién era yo, en el fondo?. La respuesta era tan sumamente compleja que comprendí entonces que quizá nadie llegase a conocer nunca la historia entera de mi vida, o como ya me habían acostumbrado a llamarla, mi telenovela.

Todo esto venía de los sueños, pero no los de Calderón, ni los de Jack Johnson, ni los de nadie. Bueno sí, bueno, a ver, ya me entendéis. Los sueños que Mayo trajo a mi vida, que en vez de mantenerme en vilo me atrapaban y me obligaban a vivirlos, a verlos enteros como si fuesen largometrajes. Y hay veces que a uno le gustaría parar un sueño a la mitad, darle a stop y quitarlo, porque hay cosas que es mejor no ver. Pero como no hay bien que por mal no venga (porque lo digo yo y punto), por aquel entonces había más sueños, de esos de darle al pause y no querer que se acaben nunca. A pesar de unos y de otros, yo vivía mis días con los pies pegados al suelo, sin un euro en el bolsillo pero con munición. Ya lo decía yo, que hay que joderse con Mayo, pero hay que ir apañando.

6 may. 2011

El de las sombras en la pista de baile.

Estaba oscuro, las sensaciones venían a verme cogidas de la mano, formando tríadas, triángulos escalenos de amor fugaz y efímero a los que prefería no aferrarme. Tal vez era viernes o puede que solo en mi imaginación, las sombras se fundían conmigo en la pista de baile, sed en muchos aspectos, no tanto en otros, pánico en la discoteca. Una copa de balón, un cierto resquemor. Nadie dijo que aprender a vivir fuese fácil, pero a veces ni una vida llena de tachones es suficiente para. Despertar y notar que algo falta, recapitular, cabrearte. Buscar la sinrazón debajo de las piedras, tratar de entender, de asimilar. Tratar de tragar.

4 may. 2011

El de la paja mental.

Como cuando se te mete una idea en la cabeza y no hay nada que consiga quitártela, Mayo apareció cargado de cosas que guardar, de gestos desinteresados en un baile de máscaras. Regarlo todo bien con alcohol, un excelente lubricante social. Porque resulta que la frase "maldita dulzura" no era tan nueva como la pintaban, y hubo que hacer un reajuste de cuentas. De quioscos que no duermen, o más bien de volver a dormir a su lado, de besarle uno y otro costado, de besos que no se venden. Sea como fuere allí estábamos, dispuestos y predispuestos, la pureza no era por aquel entonces sino la peor de nuestras perversiones. Nuestras mentes, animales, perdidas en el país de los edredones que atesoran cuerpos desnudos y velan sus sueños, no siempre nítidos. Risas profundas perseguidas por jadeos, susurros que forman espirales y se sumergen en su oído saltando desde el lóbulo. Y luego perder el habla, solo saber fumar tras haber firmado con mis uñas en su espalda. Morderle una nalga. Ser lo que piensas y sentir que le quieres. 

3 may. 2011

El de las cosas que solo yo entiendo.

Aún quedan vicios por perfeccionar en los días raros, y hay que joderse con Mayo. Porque antes podía, porque ahora podría, y sin embargo. De contrariedades múltiples y complicidades parcialmente implícitas, hablando de noches que cambian de sabor pero sintiendo. Y de ahí el sinsentido que cobraba sentido pensando en Par; "Todo es dejarse dejar, que el sueño nos lleve."

A ver si me explico, porque si acaso alguien ha conseguido llegar al segundo renglón, debe estar flipando. De todas formas nunca me ha gustado ser claro, mucho menos conciso, porque de haber sido así todo esto no tendría sentido. El caso es que lo tiene. Lo que yo quería decir es que Mayo entró pisando fuerte, aunque estar perdiendo no significa estar perdido, ni nada que se le parezca. Haber bajado la guardia un segundo solo supone tener que enfrentarse a la realidad que te has perdido. Todos sabemos cómo van estas cosas, tener alguien al lado es lo importante en estos casos. Podría haber hecho una lectura mucho más profunda de mi explosión mental, pero hay cosas que no se pueden escribir. Podría expresarlo con trozos de canciones, pero hay cosas que suenan mejor tocadas y cantadas, como parte de un todo. 


28 abr. 2011

El de el día que dejó de llover (o cómo secar el cielo) II

Cumplía doscientas locuras y tenía que celebrarlo, sin contárselo a nadie. Y de ahí un arrebato, un grito que salió de dentro y que quería decir lo que quería, que me liberó y me hizo entender muchas cosas. Seguro de mi mismo y del cambio que mi vida dio días antes de aterrizar en Ciudad Infancia, cerrado el chiringuito por vacaciones, terminaría yo por entender la situación en su totalidad una vez que experimentase sus efectos secundarios. Al principio todo fue un sol que se hizo efímero, porque luego llegó la lluvia, que duraría hasta bien entrada la noche del sábado; entonces todo comenzó a secarse mientras nosotros quemábamos las suelas de nuestros zapatos en cualquier rincón de SalaKarma. Cuando salimos, atónitos ante la nueva realidad que se nos planteaba, el intenso amanecer despejado confirmó lo que sospechábamos. Desde entonces todo fue sol de nuevo, un sol abrasador que me sostenía, dándole equilibrio a mis días. La eterna pregunta, que ahora me voy, que ahora me quedo, que ahora me vengo. En una semana tan llena de eventos a mi solo me interesan dos; y volverte a ver es el principal de ellos.

24 abr. 2011

El de el día que dejó de llover (o cómo secar el cielo)

   Yo lo único que sé es que te encantaría besar mi piel todavía con sabor a salitre antes de que me meta en la ducha, y que me muero por dormir contigo. Lo demás no importa, y eso me encanta. Tú me encantas. 

13 abr. 2011

El de lo complicado que puede ser decir algo tan simple.

Habituado ya de tanto uso a la sensación de ventana abierta y problemas afuera, me despertaba el olor a primavera casi cada mañana. Muchas veces me olía a ti, porque no sé si te lo he contado, pero ahora me hueles a primavera. A tu yo más fresco, al más jovial de todos los tú que conozco. Y ese olor me tenía embobado desde ese preciso instante hasta poco antes de acostarme. Porque si lo hacía solo, lo hacía intranquilo. Ni las "Buenas noches, buena suerte", fíjate tú. Solo pensamientos apilados en bloques chocando entre si, un spray de pintura azul, algún miedo, tan solo de vez en cuando. Y cuando no olía a ti, la primavera era pues como diferente, yo que sé, es difícil de explicar, y me voy por las ramas. Pero que también olía a primavera, ¿sabes como te digo? A primavera sin ti, a esto a lo que tengo que acostumbrarme yo ahora. Porque claro, párate a pensarlo; ahora la primavera me va a oler a mar, pero a ti a soho, a desierto, a lujo. Que no lujuria, cuidadito, no nos equivoquemos. Y claro, además de la envidia, porque la envidia está ahí y no podemos negarla, claro está, tenemos también la incertidumbre. Vamos, que ese no es el caso, que nada tiene que ver el tocino con la velocidad. La historia es la primavera, y su olor. Que no, que no hueles a tocino, joder. ¿Cómo vas a oler a tocino? ¿Que a qué hueles? Creí que ya te había quedado claro ese punto. Bueno tu quédate con lo principal, con que a tocino no hueles. Y la primavera tampoco. Lo que yo vengo a decirte con todo esto es que ahora que estamos a punto de no poder vernos durante un tiempo voy a aprovechar para guardar tu olor. Que luego va a ser un drama no poder olerte y encontrarme con gente que lleve tu perfume. Porque aunque no es tu perfume lo que hace que huelas a primavera, es algo que te caracteriza. Como tu pelo, como tu pose, tu estilo. No hombre, tu estilo no huele, pero forma parte del matiz. ¡Ay, déjame a mi con mis historias! Yo me entiendo, ¿acaso tú no? No me digas que te has perdido, que siento que te acabo de echar la charla en vano. Te lo voy a decir claro para que conste y quede claro; más te vale echarme de menos seis veces por cada dos tíos cachondos en los que te fijes por la calle, tres veces por cada pieza de comida basura que comas, nueve por cada vez que pienses en sexo y trece por cada 100 kilómetros que te alejes de mí. Ya puedes ir levando bien las cuentas, voy a estar pendiente, y no sirve contar de menos, que nos conocemos. Te ha quedado claro, ¿verdad?

7 abr. 2011

El de lo que sucedió en el dormitorio.

Amanecían desprovistos de edredón dos cuerpos fugaces fundidos en uno. En una calurosa mañana cualquiera de principios de Abril, la escasa luz que permitía escudriñar el dormitorio se filtraba tímida a través de las rendijas de las persianas y se desdibujaba en una aleatoria colocación de cortinas de tono blanco quemado. Por el tiempo, por el uso. Tras las respiraciones entrecortadas y algún inocente jadeo, tal vez un poco a lo lejos más que de fondo, una canción. Apenas pueden percibirla, en aquel instante han hecho del colchón su trinchera y de sus cuerpos, polvorín; aquel cóctel explosivo llevaba ya un tiempo siendo su baza perfecta para no separarse.

Termina su canción, pero no la que sonaba; la que sus cuerpos estaban componiendo. Se toman un minuto, dos, los que hagan falta, disfrutan la placentera sensación. Despiertan un rato después, desnudos uno al lado del otro, sus labios casi pegados, aprovechan la postura, se besan como agradecidos, se ríen por haberse quedado dormidos, se fuman un cigarrillo. Tal vez dos. Y después, en señal de venganza contra el resto del mundo se resguardan el uno en el otro, el otro en el uno, abrazados, todavía sonriendo. Ellos lo saben. Puede que sean los únicos que lo entienden. Y no les importa. Les importa una mierda lo que venga después. Son felices, tal y como habían pactado.

26 mar. 2011

El de echar la vista atrás antes de dar un paso adelante.

Avanzaba rápido, a ritmo, compás y órdenes de mis auriculares cuando de repente, el quiosco que nunca duerme me hizo entender lo rápido que pasa el tiempo. Retrocedamos un poco, no sé si alguien se acuerda de aquello a lo que decidí bautizar como "El juego con un nombre graciosísimo" pero sin duda yo no he conseguido olvidarlo. El asunto en cuestión me llevaba el pasado Octubre a plantearme la siguiente cuestión: ¿cuántas noches hacen falta para echar a los fantasmas y poder, al fin gritar que aunque no me lo esperaba llegaste puntual y entraste sin llamar? Pues unas cuantas, desde luego. Para ser exactos hicieron falta ciento sesenta y séis complicadas aunque deliciosas noches. Y unas cuantas nuevas adicciones musicales. La suma de todas esas noches tiene un atípico resultado, que conoceremos desde ahora como la Historia del fotógrafo y el chico que comía palomitas. Como para perdérsela.
De bautizar historias de séis meses de edad y suavizar lo más gélido del invierno con el toque de lo prohibido, y aunque ya se tenían más que vistos el uno al otro, la primera impresión nunca llegó a ser positiva para ninguno. Fueron a cruzarse por cuestión de azar en una noche de Octubre en la que era imposible advertir lo que vendría; corazones parcheados y sentimientos confusos que les ascendían a ambos desde la erección mental. Ya uno puede imaginarse de sobra lo que sigue, frente a frente, se hicieron más grandes, se aquietaron con una intensa mirada. Se confiaron al trance, se perdieron entre los buenos humos hasta acabar perdiéndose bajo el edredón. Y así hasta ciento, cobijados en el delirio más húmedo acallaron los fantasmas del pasado. El joven de las palomitas le prometió que mataría monstruos por él si fuese necesario. Al fotógrafo se le dilataron las pupilas en cuestión de segundos. Quién iba a decirles lo que vendría después.
Una, dos, tres, y me paro. Cuatro, cinco y de repente seis. Yo hubiese jurado y perjurado que eran semanas, y volvemos al momento en el que mirando fijamente al quiosco que nunca duerme comprendo que esas seis semanas son, en realidad, meses. Y bueno, si me apuras son también ciento sesenta y seis días, tres mil novecientas ochenta y cuatro horas, unas cuarenta y dos birras, tres listas de reproducción y sabe dios cuantísimas endorfinas. Ahora, sentado en la ventana, viendo llover y esperando, escribiendo, fumando, creo que en el fondo todo lo que me apetece es verle amanecer. Y es algo que tenía tan oxidado que ahora lo disfruto el triple. Hoy solo quería conseguir que quien lea esto sonría como él me hace sonreír a mí. O por lo menos, parecido. Porque todos nos merecemos que nos saquen una sonrisa de vez en cuando. Todos.

15 mar. 2011

El de cuando las cosas van bien.

El cóctel fue brutal, la resaca duraría casi una semana. Solo cuando pude curarme de la mayor de las locuras comprendí lo que estaba sucediendo. Para entonces yo tenía la mente y la polla funcionando a marcha fija, con un rumbo semiestablecido a través de una promesa con una fecha de caducidad tan exacta que no quería imaginarme el simple hecho de verla llegar. Por decirlo de otro modo, sonreía por primera vez en mucho tiempo, casi el triple de lo moralmente permitido. Algunas veces eran carcajadas, otras suspiros con sonrisa entre apasionados besos. Hasta me sorprendí riéndome solo ante el espejo, desnudo ante un grisáceo martes, justo antes de entrar a la ducha. Solo me apetecía hacer las cosas bien y perderme en el mayor de los delirios al mismo tiempo. Tan inmensa era mi pequeña contradicción. 

Yo tan solo era un hombre en busca de su palabra, como Julia Roberts viajando a Bali. El sol de Marzo trajo consigo a mi memoria todo lo que creía ya olvidado; ilusión, morbo, ganas. Los rayos con los que el cielo nos obsequiaba alguna que otra tarde eran síntoma de vida; solo queríamos salir, ser jóvenes, quemar las calles, fundirnos entre el empedrado de las calles a base de ápices sueltos de amor fugaz, acallar el ruido de los coches con diálogos de películas de los 90. Como quien no quiere la cosa, la inspiración volvía a entrar por la ventana de mi dormitorio alguna que otra noche, y me elevaba sobre mi cama mientras la luz en el baño y el sonido de la ducha se sentían sugerentes. Entre los muros de mi casa y poniendo banda sonora a tantas y tantas sensaciones, discos destacados como "My Beautiful Dark Twisted Fantasy - Kanye West", "Hands All Over - Maroon 5" o "Tourist History - Two Door Cinema Club". Sobre mi vida un halo de esperanza. Ante mis ojos, una puerta abierta hacia la libertad. 


6 mar. 2011

El de la mayor locura.

Imagina una situación utópica. Añádele un par de dosis de sinrazón, otras tantas de sinsentido y una bolsita de locura. Piénsalo dos veces, y si estás dispuesto, multiplícalo por tres. Y resta puntos por cada pequeña desviación como si de una penalización se tratase. Juega, que de eso se trata. Y si no consigues llegar al meollo de la cuestión, no te desmotives. Pasan de las tres de la mañana y yo sigo aquí, copa en mesa replanteándome tantas historias como novelas existen. Saber canalizar los sentimientos y adaptarse a circunstancias que crees que no te corresponden es todo un honor. Tener los pies sobre la tierra, una especie de misión imposible. Cuando empiezas a crear en tu mente tu propio concepto del "calentamiento global" y si lo único que te sugiere es simplicidad, compenetración y placer estarás un poco más cerca de entender por lo que estoy pasando.

"Oh My Gosh, I'm so in love, I've found you finally, you make me wanna say..."

1 mar. 2011

El de lo que me inundó.

Mi casa tampoco tenía vistas, pero yo no giraba ni gritaba ni trataba de olvidarlo. En realidad no tenía ni idea de qué coño hacer con mi vida (en ninguna de sus vertientes) cuando el primero de Mayo llamó a mi puerta. No supe abrirle porque estaba demasiado ocupado en el sofá, intentando explicarme tantas cosas ya hechas como tantas otras por hacer. El juego se nos iba de las manos y todavía quedaba la segunda parte. La incertidubre reinaba en la calle Valencia con un ambiente tan palpable que me dio por pensar que no tendría pensado irse por un tiempo. Así que a sacar telarañas y a limpiar recovecos, que no hay desafío sin recompensa, o eso quería yo pensar. La verdad es que por aquel entonces no creía merecer, no aspiraba a resolver, nada parecía ser. Sentado en un rincón cualquiera de mi particular penumbra, pulsaba teclas de manera casi compulsiva; en mi cabeza retumbaban los gritos de Harold Zidler incitando al can-can, convirtiendo mi estado de ánimo en algo así como burlesco, bizarro, bohemio. Solo quedaba esperar.

24 feb. 2011

El de los peros de febrero.

Tarde o temprano, 1999 se desvanece, liquida su deuda con los anhelos y las oportunidades perdidas, te deja un calorcito en el cuerpo difícil de despegar. Terminaba Febrero cuando entendí que lo verdadero es un momento de lo falso, que no hay pecado que no tiente, que estábamos tan cerca pero. Decidí correr y esconderme, refugiarme, alejarme, nunca es una buena idea, pero siempre está entre las opciones. El delirio me sorprendió horneando muffins de la risa en mi pequeña cocina sin ventana. La noche me gritaba desde el otro lado de la calle que ya era hora de salir a jugar, yo quería dejarme dejar, pero. Siempre había peros en Febrero.

8 feb. 2011

El de 1999

Nos reencontramos por ventura de su subconsciente. Allí quieto, apoyado en una puerta, yo le estaba observando dentro de su sueño. Fuera de éste, las cosas eran completamente inversas, así que le regalé un par de imágenes mentales consecutivas para endulzar los primeros días de un gélido febrero que venía cargado de sinrazón y desatino y lo dejó bien claro de antemano. Mientras tanto, a cientos de kilómetros los cristales se resquebrajaban, las ventanas estallaban, los cristales llovían, sonaba 1999 de Love Of Lesbian y todo parecía salpicado por letras de Balmes; todo apuntaba a un futuro segundo asalto, tal vez lejano e incierto. Quise rodar mi vida en exteriores, puse rumbo fijo y volví a donde solíamos gritar y noté clavada en cada uno de mis músculos la mirada de la gente que conspira. Cuando emprendí el camino de vuelta solo quería meterme en la cama y no despertar hasta no haber despejado la mente.
Horas después, sin haber querido calcular cuántas, abrí los ojos. Allí estaba, en mi bandeja de entrada. Y remezclada. La llamaban Club de Fans de John Boy y venía con fuerzas suficientes para. "Yo no soy fan... Yo no soy fan..." ¿Que no? Los cojones.

3 feb. 2011

El de una canción del Яevés.

Cambio radiación por ataques al corazón. Interesados, a la calle Valencia. Nada como un buen solaco en toda la cara para recordarme que lo mejor está aún por llegar, no encuentro mis ganas de desayunar, te las debes haber llevado en el bolsillo de tus vaqueros negros. Las cosas funcionan mejor con precaución, propongo colocón como colofón, tira de la solapa de mi sonrisa y hallarás un montón de sinrazón acumulada; deudas que ni el tiempo ni el espacio pueden borrar de un plumazo. ¿Puedes oír esa canción? El grupo se llama Febrero, y vienen pisando fuerte. Lo tuyo me viene de muerte, como nunca antes, quizás.
Hoy me deslizo sobre una canción, probablemente una de las más del revés que existen en el mundo mundial. Sus acordes se me han grabado en la mente, como huellas dactilares en tu espalda, como garras de animal. Me hago un rincón bajo su falda, me cuelo en su instinto más carnal. Mas no esperéis comprenderlo si no sabéis escuchar; no basta con oír y prestar atención, hay que meterse en la canción, viajar a través de ella, saberla tomar, como quien toma a un amante con el mayor de los anhelos. Solo así viajaréis con los compases, solo de este modo sabréis entenderlos.
Creo que sí, que es esa la sensación. Que si desnudos fumando a solas sobre el colchón ponéis ese tema y lo procesáis con cautela, exhalando los problemas y liberando el estrés notaréis sin duda lo que es el estado del Яevés.

30 ene. 2011

El de mis movimientos hacia la luz.

A las duras, a las maduras, y a las blandas pues también; sobraban los dedos de una mano como si de días se tratasen para alcanzar la tragedia griega más anunciada de la historia, y allí estábamos, sumergidos bajo un edredón de sinrazón, de comprensión y apoyo, y sobre todo de morbo, las cosas más vitales de las que carecíamos en Enero. Las farolas del camino hacia mi casa me apuntaban de una forma despiadada, durante aquella extraña transición el desatino se hizo con el control, como si de un golpe de estado se tratase, y como de costumbre, tuve que adaptarme a las circunstancias. Y entre tanto, me apunté un tanto, acurrucado entre cuentos y canciones que ya no me dormían, comprendí que las corazas nunca son solo defensivas, que el mundo está totalmente demente. Me sobraban comas, me costaba llegar a los puntos. Y a pesar de que no me faltaba fe, andaba escaso en las ganas y los contras en mi contra me amenazaban desde tan arriba que ya ni me acojonaban. Veía el caos venir de lejos por enésima vez desde hacía ya tiempo y mantenía la mirada fija en la oscura nube mientras ojeaba izquierda y derecha con cautela, como para evitar lo inevitable.
Cuando las preguntas saturaron la antesala de mi razón, algo en mi me dijo que la luz parpadeante que me seguía desde hacía tiempo se estaba haciendo cada vez más fuerte. La sentía a mi vera, me proporcionaba calor, cariño y dosis de sinrazón y placer en un vaso medio lleno. Y yo, más bien el sediento de mí, que quiso dejarse dejar, sabiendo que estaría bien en sus manos, que me agarrarían con fuerza si acaso tropezaba, que me arroparía con su torso si el edredón no era suficiente para soportar aquel jodido frío que desgarraba mi subconsciente en las noches menos dulces. Decidí pegar el salto, cruzar la línea, redefinir mi posición; porque si juntaba todo lo mejor de aquellos últimos meses en tres minutos, como un tráiler, me encontraba contigo y conmigo riendo durante horas, saltando, gritando, muriendo a cosquillas, abducidos por la corriente eléctrica entre dos cuerpos que no temían a nada si se sentían paralelos, irradiantes; alumbrándose.
Para que no se duerman nuestros oídos: La lista del buenrolleo radiactivo.

21 ene. 2011

El de lo bien que quedan los párrafos del revés.

Encerrado, perdido entre el 39 y el 43 de la calle Valencia, exhalaba los resquicios de cualquier plan mal trazado que había superado la primera delgada línea roja; la solución llamó a mi puerta una gélida mañana, cuando yo estaba al borde de los 21. Supe entonces que debía tomarla porque, de algún modo u otro, era un vestigio de esperanza, algo que no gobierna en mi vida desde épocas inmemorables. Es de romper, sin duda. Alguna vez os hablaré de la marea, os contaré lo que me hundió. Justo después del hundimiento me encontré conmigo mismo caminando por la acera más próxima, y me dio por correr. Es una buena decisión para los tiempos que vivimos. No intentéis frenarme, pero si queréis acompáñame, simplemente voy a seguir caminando a ciegas y a escoger entre derecha, izquierda y de frente según mi instinto me guíe. Si responde a vuestra pregunta, no, no voy a volver atrás. Argumentos no.

Arrasando con un frío invernal a golpe del mediodía de un viernes cualquiera, los días de anestesia de Enero me enseñaron sobre nervios, morbo, desatino y alevosía como quien muestra a un niño cómo decidir con quién juntarse. Como la primera gota de sangre que cae de nuevo en mi chaqueta vaquera, desatando el porvenir de mis decisiones y soltando amarras. Soplaba viento de estribor levantando consigo los bajos de los abrigos, las faldas y la indecisión, yo caminaba ajeno al otro semblante que vigilaba la realidad. Mi realidad; aquel año infinito había partido para no regresar jamás, estaba completo de recuerdos y yo me había quedado desnudo, viéndolo marchar.

18 ene. 2011

El de darse cuenta y salir del agujero.

Cuando te levantas el quinto día y miras a tu alrededor, comprendes que este no era el plan. Estas cosas pasan, cuando tramas una estrategia, si algo puede ir mal, irá mal. La historia es otra cuando no hay plan a seguir, y ese es el caso. U otro caso. ¿Qué más da? Te preguntas cuántos tonos ha llegado a alcanzar tu cara en los últimos días, pero ni siquiera te interesa. Amarillo. Lo mejor para estos casos es un poco de updating, que nunca viene mal, sobre todo si se te han acabado las píldoras del sueño. Y voy a dejar unos cuantos temas en su correspondiente apartado; musicoterapia y restos de sinrazón para un martes con más nubes que claros. Que se den por vencidos los acordes con sabor a nostalgia, que me busco unos nuevos y se acabó lo que se daba. Y solo después, salir del agujero. Cuando todo lo que queda detrás parece una especie de circo rococó.

9 ene. 2011

El de aquella mañana herida tan lluviosa.

Amanecía, pero no pudimos verlo. En vez de eso torbellinos de lluvia y miradas de complicidad. Siempre has estado un poco chiflado, y los reyes nunca te traen chistes nuevos. Ansiada la espera, Enero siempre llega y de vez en cuando, te trae consigo. Es genial verte feliz, es como contagioso; tanto que hace reír a carcajadas. Las desavenencias nos mantienen sin vernos tan largo que es como no respirar. Pero vernos es como saltar en los charcos, tan fuerte que mis botas no querían secarse. Erre que erre. Ven y salpícame, deja que me empape de tu resbaladiza sonrisa. Acompaña a tu hermano pequeño a la parada de autobús, pero no desaparezcas. Y que no se te vuelva a ocurrir tirarle los trastos a mi hermana. Cada año nuevo, un reto y unas reglas, y siempre respetadas. Que se mejoren tus zapatos, que el cielo en el que vueles sea más azul que nunca. Porque tienes ese don, porque lo sabes y lo explotas. Y que la distancia horaria no nos separe, porque aunque con mundos separados, allí estaremos. Por lo menos en la reminiscencia, en el agridulce escribirse y anhelar. Te esperaré escondido tras una esquina de un Enero cualquiera y saltaré en medio del charco que estés rodeando. El mango de tu paraguas peligrará, y esta vez no habrá coles de bruselas que abrocharte como chaleco antibalas. Advertido quedas, Enero; aquí te espero.