30 ene. 2012

El del invierno.

Probablemente no haya nada peor en este mundo que saber el final; verlo venir desde lejos y no salir por patas. Aunque luego también está el asunto de tropezar dos veces con la misma piedra, incluso tres. Eso también es bastante jodido. Fuere como sea, a veces más vale malo conocido, pájaro en mano, o como en este caso concreto, solo. O, dicho de otra forma, mejor ser de los de vaso grande para tener claro cuándo está medio vacío y cuándo medio lleno. Porque existen noches que están hechas para subirse al altavoz de un garito y perder literalmente la cordura y otras diseñadas para encerrarse en casa como relleno de sandwich entre manta y sofá. Desgraciadamente, las segundas ganan por goleada en invierno, y algunas noches se escucha un eco de palabras terminadas en i tras los muros. Ninguna de ellas es frenesí. 

20 ene. 2012

El que no tiene título.

Se levanta por fin, tras varios montones de minutos tratando de no plantearse hacerlo realmente; solo pensar en sentir el frío en sus pies elevaba un escalofrío por su espina dorsal que le despejaba un poquito más. Y la idea de desenterrar las zapatillas de dondequiera que estuviesen ocultas, sumergidas en el caos que imperaba en el inmueble se cargaba a sí misma de incoherencia. Las mañanas de aquel invierno se le atragantan, le tienen castigado sin desayunar, le cargan de ese anhelo que atormenta a ratos a quien se resigna a no anhelar, más impetuoso si cabe, aunque probablemente menos constante. Alguna hasta se clava en su espalda sin que se dé cuenta, reabriendo una herida que creía cicatrizada; solo al volver a tumbarse en su cama, al anochecer de uno de esos días que necesitan acabarse a las ocho de la tarde, notaba el profundo pinchazo. No parece importarle demasiado, lucha unos instantes contra la almohada hasta que consigue, no sin esfuerzos, darle la vuelta y luego gira de forma brusca su cuerpo en un salto de unos 160º. Entonces, sin que apenas lo note, se le esboza en la cara un desamor con fuerte carga de delirio seguida de cerca por una corriente de ganas de cambiar que le sumergen de nuevo en el sueño. Sobre sus hombros, el peso de una suma de decisiones inconclusas con nombres, apellidos y caras propias, parece querer darle una tregua. 

15 ene. 2012

El de los cinco párrafos que unen dos años.


Apretaba en los talones el peso de un año que pretendía despedirse con menos gloria que pena, sin pausas en las prisas que ya no parecíamos tener por vernos. Así, resbalaban por mi cara las gotas de lluvia que mi pelo ya no podía contener en una de esas tardes de 'debería haberme quedado en casa' cuando la idea rondó mi cabeza, y no pude evitar una carcajada nerviosa a la que perseguía una lágrima de rabia que se mezcló con el resto de gotas. 

Tenía que despedirme del año en que me dieron clases de desconfianza, y que gracias a dios, suspendí; de trescientos sesenta y cinco estados de ánimo cargados de la tripolaridad desencadenante de llamadas transoceánicas varias, de kilómetros mordisqueados durante un puñado de horas anhelando estupideces para despertar un uno de Enero y sacarse el fuego de las castañas de la mejor manera posible; ante todo, hay que saber empezar un año. Pero vayamos por partes.

Tenía que despedirme y lo sabía, y aunque no quería, era inevitable; porque el tiempo no espera a nadie, y además cura las heridas y un montón de cosas más, pero no cambia, no hay nunca marcha atrás. Y yo estaba cansado de decir que no estaba preparado, porque realmente nunca sabes si lo estás o no hasta que afrontas el problema, un problema que en aquel momento yo ya no podía permitirme el lujo de seguir arrastrando por motivos de tiempo. Hicieron falta kilómetros, aguas termales y buena compañía. Condensados todos mis pensamientos sumergidos a unos 30ºC bajo el manto estrellado de una gélida noche de finales de Diciembre, algo me dijo que era hora de pasar una página importante. Fue entonces cuando dejé de estar solo en aquella terma y bajo la densa capa de vapor un susurro unió dos bocas a ritmo de la 'Canción Húmeda' de Iván Ferreiro, toda una declaración de intenciones, y el tiempo empezó a volar.

Porque a veces es mejor empezar un año con una lista de deseos irascibles que con una llena de propósitos; estos últimos, aunque menos triviales y efímeros, son para débiles. 

Y luego está la cuestión de mi cuarta pulsera.