26 mar. 2011

El de echar la vista atrás antes de dar un paso adelante.

Avanzaba rápido, a ritmo, compás y órdenes de mis auriculares cuando de repente, el quiosco que nunca duerme me hizo entender lo rápido que pasa el tiempo. Retrocedamos un poco, no sé si alguien se acuerda de aquello a lo que decidí bautizar como "El juego con un nombre graciosísimo" pero sin duda yo no he conseguido olvidarlo. El asunto en cuestión me llevaba el pasado Octubre a plantearme la siguiente cuestión: ¿cuántas noches hacen falta para echar a los fantasmas y poder, al fin gritar que aunque no me lo esperaba llegaste puntual y entraste sin llamar? Pues unas cuantas, desde luego. Para ser exactos hicieron falta ciento sesenta y séis complicadas aunque deliciosas noches. Y unas cuantas nuevas adicciones musicales. La suma de todas esas noches tiene un atípico resultado, que conoceremos desde ahora como la Historia del fotógrafo y el chico que comía palomitas. Como para perdérsela.
De bautizar historias de séis meses de edad y suavizar lo más gélido del invierno con el toque de lo prohibido, y aunque ya se tenían más que vistos el uno al otro, la primera impresión nunca llegó a ser positiva para ninguno. Fueron a cruzarse por cuestión de azar en una noche de Octubre en la que era imposible advertir lo que vendría; corazones parcheados y sentimientos confusos que les ascendían a ambos desde la erección mental. Ya uno puede imaginarse de sobra lo que sigue, frente a frente, se hicieron más grandes, se aquietaron con una intensa mirada. Se confiaron al trance, se perdieron entre los buenos humos hasta acabar perdiéndose bajo el edredón. Y así hasta ciento, cobijados en el delirio más húmedo acallaron los fantasmas del pasado. El joven de las palomitas le prometió que mataría monstruos por él si fuese necesario. Al fotógrafo se le dilataron las pupilas en cuestión de segundos. Quién iba a decirles lo que vendría después.
Una, dos, tres, y me paro. Cuatro, cinco y de repente seis. Yo hubiese jurado y perjurado que eran semanas, y volvemos al momento en el que mirando fijamente al quiosco que nunca duerme comprendo que esas seis semanas son, en realidad, meses. Y bueno, si me apuras son también ciento sesenta y seis días, tres mil novecientas ochenta y cuatro horas, unas cuarenta y dos birras, tres listas de reproducción y sabe dios cuantísimas endorfinas. Ahora, sentado en la ventana, viendo llover y esperando, escribiendo, fumando, creo que en el fondo todo lo que me apetece es verle amanecer. Y es algo que tenía tan oxidado que ahora lo disfruto el triple. Hoy solo quería conseguir que quien lea esto sonría como él me hace sonreír a mí. O por lo menos, parecido. Porque todos nos merecemos que nos saquen una sonrisa de vez en cuando. Todos.

5 comentarios:

Albuu. dijo...

Me encanta. Y el texto también.
;)

Jon dijo...

demasiado.

Anónimo dijo...

Buffff, he leido tus textos, y siento decirte que me emociono al leerlo, m identifico con otros tantos y que es una pasada. te ago un reto personal, un texto que hable del desamor de dos personas, que ha acabado, pero aun asi uno quiere intentarlo, recuperarlo, hacer las cosas bien... no m agas tmpoco muxo caso, era para identificarme un poco

Isa dijo...

genial genial genial

David Waldorf dijo...

Nunca dejes de escribir, G. Eres bueno.