5 nov. 2012

'Cualquiera podría haber salido perdiendo', se plantea casi todos los días bajo la ducha, las horas pesando en los párpados, matutinas, tempranas de más para un desrutinado en un vano intento con bastante pena y sin gloria alguna por vencerle al reloj en la batalla de los quehaceres. La niebla escupe su canción, entra en tí como un ladrón, te va oxidando sin más. Las calles llenas, las gotas de lluvia en los cristales de las gafas, el pelo calado y el cigarrillo a punto de estarlo, las ganas olvidadas en la mesilla de noche junto al despertador. 'Cualquiera podría haber salido perdiendo' piensa de nuevo, 'pero a mí se me da demasiado de lujo como para haberle cedido mi puesto a cualquiera'.

Fuere como sea, amanece esa ciudad bajo un manto oscuro sobre el que aún se pueden contar unas cuantas estrellas, y si el día se presta lluvioso, a veces el aire huele a alguno de los nombres masculinos guardados en su caja de personas que continuaron sus vidas sin él, abandonando ese lugar en que no existen otoños ni primaveras y todo lo que eso consigo conlleva. Otras, sin embargo, los primeros despuntes del albor incitan a los pequeños y mundanos placeres contemplativos, causando estos mas de un estupor de los profundos; y si cuando tardías, las ganas siguen esperándole en la mesilla de noche a la hora de acostarse, les cuenta que ha merecido la pena dejarlas ese miércoles olvidadas en casa, porque en el fondo no había absolutamente nada que hacer. Olvidar y perdonar, o perdonar y olvidar, lo que vaya primero y en cualquier caso, lo más conveniente. 'Al menos no dormiré solo', piensa. Sus ganas se hacen hueco en la cama, cierran los ojos y se abrazan unas a otras.


15 oct. 2012

Nunca pasa nada bueno después de las 6 de la mañana, mucho menos si ya ha empezado el otoño. Esta y otras conclusiones se unían a los quehaceres de un lunes gobernado por las pocas ganas de cualquier cosa que exigiese un mínimo esfuerzo y los resoplos. En el fondo todos sabemos para qué son los domingos y que las consecuencias que este propósito existencial siempre han tenido son bien imprevisibles; el que se arriesga, no tiene por qué ganar. Si hay algo que sacar en claro es que probablemente la única diferencia entre el martirio y el suicidio es la cobertura de prensa, aunque tal vez esa sea la visión de la historia que nunca ha querido ser contada. 

20 sept. 2012

Contextualización.


En blanco a la hora de empezar a redactar de nuevo, como siempre, lutos sentimentales varios y otros cuentos para después de haber intentado dormir y no haberlo conseguido. Así y en paños mínimamente menores, tumbado sobre el desvencijado sofá de rayas, antaño mal llamado sofá cama, las horas contadas para ser suplantado por otro aparentemente trescientos años más joven, o sencillamente un intento frustrado de redecorar una vida. Recuerdo que antes dejaba los títulos para el final, me las daba de puntoycomista y abusaba del pretérito, no, espera, eso no he dejado de hacerlo, ni lo último ni lo penúltimo; supongo que cambiar algo no es tan fácil como lo pintan, al cabo y al fin. Me lo ha contado mi yo del espejo, que últimamente está algo más sabio con todo el tema de los días no vividos, puede que le haya notado un poco sensible, tal vez porque guardaba en una caja su pequeña colección de historias de vuelta al cole más prometedoras que la que estaba a punto de afrontar. Historias que hablan por si solas, pese a que tal vez sus títulos no les hagan justicia alguna, que esconden detrás de alguno de sus pliegues senda lección de algo parecido al amor grapada, anclada entre líneas para darles a todas las frases la cohesión que precisan para ser consideradas como texto en sí mismas.

Nunca me han gustado los/as mates, independientemente de lo que estos fueren, ni los autoestopistas sentimentales del te pillo aquí y punto final. Tampoco los martes, nunca han sido un día especialmente especial, ni mates ni martes, que solo traen pormenores. Corrían tiempos inciertos, de los que te adelantan cuando menos te lo esperas, tiempos de grandes cambios en pequeñas dosis, de dulce lentitud e incursiones a carta descubierta, las ganas queriendo ser algo que ya no eran, el pecho a dos mil y los últimos resquicios de mi cosecha personal desenterrados del cajón de las cosas a olvidar. Rescatados, más bien, por este tipo de coincidencias que solo se producen como resultado de la correcta alineación de los fenómenos. Secretos que no radican tanto en la puntuación o en el contenido, sino más bien en la estructuración del producto final, que muchas veces habla por sí sola. Fuere como sea, independientemente de los tiempos que corriesen, por fin había conseguido todo lo que llevaba tiempo persiguiendo, o casi todo, y estaba claro que era el momento exacto del detonador. Probablemente por ello siempre me entra una especie de miedo al primer indicio de cambio sísmico, por lo fácil que surgen los huracanes a mi alrededor debido a mi polaridad, es cuestión de meros segundos. Para ello solo hay que ponerse en el peor de los casos y restarle dos grados de iconicidad para una visión menos realista, como si llevases un par de copas de más encima. O tres. 

16 sept. 2012


Abnegación, que por su ausencia brillaba en aquel período estival, empezaba a sacar lo peor de toda persona a quien había creído conocer, y me tenía aislado en el epicentro; a mi alrededor todo eran fuegos superficiales de artificio bajo los pantalones o justo sobre el pecho y unas cuantas corazonadas que formaban un torbellino de desatino y demás desventuras del querer dejarse querer, que a veces no significa ser querido en absoluto. En verdad, seguro que era yo, que estaba un poco hasta los cojones de absolutamente todo, y que muy a pesar de haber cambiado el método de titulación por defecto seguía esperando al quinto tachado para continuar escribiendo historias de besos bajo los cañaverales que me llenasen el tanque de cariño, historias que no fueran ‘El de…’. Yo solo sé que en esa casa volvieron a pasar muchas cosas y nadie se enteró de nada; o tal vez alguien se enteró de demasiado. Llamémoslo espera del que al final desespera o pájaros en su cabeza, el caso es que la sensación sísmica ajena me sacó de la cara la sonrisa y de mis casillas en más de una ocasión, verles tropezando con alguna de mis piedras favoritas me hacía sentirme descabalado, solo pensaba en empezar a girar yo también, las ganas asomando en el bolsillo del pecho de mi camiseta azul marino en aquella suerte de noche eterna que me atrapaba de manera implacable desde tiempo hacía ya.

Aquel fue el momento en que llegó un entonces a llamar a mi puerta, rescatándome del ojo del percal giratorio para mantenerme a salvo por fin, un entonces alto y rubio cuya sonrisa delataba que era de lejos el mejor entonces al que me podría haber aferrado, sus ojos aprendiendo día a día a clavarse en los míos hasta obtener casi cualquier cosa que pudiesen haber deseado, sus manos ancladas en mi cintura guiando escalofríos a recorrer mi espalda de lomo a tomo como si de rayos eléctricos se tratase. Algo me hacía ver que detrás de aquel rostro inocente se escondían una serie de porqués que serían subsanados en un corto período de tiempo, que era imposible evitar verse reflejado en aquel entonces tan jodidamente guapo, tan auténtico. Y es que los entonces vienen con un punto al final de todo, un punto que por mucho que intentes convertir en ‘y seguido’ termina siendo un ‘y aparte’ de forma irrevocable. En realidad, lo bueno de un entonces es saber verlo venir y dejarte llevar por el, la clave está en ser el primero en decir hola, porque muchas veces con eso basta, saludar a una persona y secuestrarla a los cinco minutos de conversación, se trata de perspicacia y otras artes del crecer que ayudan a acumular el mayor número posible de ‘y seguidos’ hasta el inevitable ‘y aparte’, que en el fondo no es más que un salto de renglón en el que hay que aprovechar para recargar la tinta en la pluma que escribe la historia.

Apagué el despertador del móvil a las 07:50 tras una noche de pulpejo mordisqueado, sinrazón a escondidas y a suspiros, besos de crédito y demás muestras de afecto, de dormitar a pierna suelta y brazo bien tendido, como de improvisto y bajo un techo estrellado, la cabeza de Buda me dio los buenos días con su halo fluorescente desde la vitrina, y yo que no sabía ni quería ni podía despedirme, yacía en la enorme cama con los brazos estirados al máximo para comprobar que, efectivamente, mis dedos no alcanzaban los extremos del colchón. Luego un baño de espuma de sueños y burbujas, que aunque no tendría por qué ser el último, olía como tal; media hora de reloj a remojo y luego apaga y vámonos de manual. Desde entonces, en concreto, unas cuantas excursiones del subconsciente que entre sueños y en voz baja algo vienen a decir, mil y un lecciones del manual del mentor borrachuzo, ciertas como la vida misma y un montón de detalles que recuerdan sin querer, como apariciones que roban sonrisas ante escaparates y así hasta ciento. De hecho hasta ciento uno, porque entonces me recordó que hay historias en las que un punto ‘y aparte’ no significa, ni mucho menos, un punto ‘y final’. 

11 jun. 2012

Mecanismos, herramientas, uniformes... y chica también.

De confesiones a primera hora de la mañana frente a frente con el espejo como mecanismos, en un lunes de los que amanecen nublado y luego abren, que aunque no eran necesarias, habían sido acordemente recetadas. Porque apetece mientras amanece, o incluso un pelín antes, cuando la ciudad duerme y los sueños se pueden oler desde el balcón, impregnados en brisa apacible, justo un momento antes del aroma a café que indica que ya no eres el único que casi desnudo escudriña tras los barrotes cada minúsculo movimiento en las calles desérticas. Es como cuando ves que alguien lleva tus mismos zapatos, o como rezar para que el cura no llegue, todo a la vez bajo una perspectiva un tanto rebuscada; un par de primerísimos primeros planos picados a modo de herramientas y un par de roces concretos en sitios exactos. El caso es que amaneces por segunda o incluso tercera vez en el día, con tu desprovista cara de miércoles mal vista ante el contexto, pero que ahí está y no molesta al personal, y te das cuenta de que los sueños hay que saber vivirlos, porque sino a ver de qué sirven, y que nos quiten lo bailado, fuera los uniformes y a soñar, a bailar. En esos instantes, sobre ambas cabezas, endorfinas de fresa ácida que fluyen desde uno des sus hipotálamos, que revolotean el dormitorio de forma cuidadosamente aleatoria, que planean sobre los elefantes de la colcha y el resto de la geografía humana dispuesta sobre el colchón de manera casi estudiada, todo son trompas hacia arriba, de las que dan buena suerte y risas tontas con mordisco...

Y por un instante, tan solo uno, de estos que es complicado definir cuanto duran pero que son eso, instantes al fin y al cabo, una de las dos mentes quiere estar en aquel dormitorio granate del centro de una ciudad costera, en un edificio sin ascensor cercano al puerto, de techos altos y cama de medio dosel frente a un enorme vestidor con puertas de espejo. En ese que tiene banderas de ciudades británicas, las puertas con vidriera translúcida y los cajones llenos de recuerdos, peluches de monos y pollos y chica también, desde el que se huelen los croissants de El Molino y en el que las endorfinas no son frutales. Es entonces cuando otro instante empieza, el siguiente, ambas mentes vuelven a conectar, el anterior se desdibuja hasta que lo único granate que queda es el fondo del armario, abierto de par en par ante el festín.



2 jun. 2012

El del chapuzón reminiscente

El reloj marcando las nosequé de la madrugada, yo aún no dormía aunque me empeñaba en intentarlo a base de perseguir la parte más fresca del colchón y de giros bruscos a la almohada, cuando se presentó ante mí la respuesta a una pregunta que jamás me había hecho, y ahí se truncó en asunto. Tremendismos y calores aparte, aquella noche era imposible conciliar algo cercano a querer llamarse sueño, y aquella respuesta no buscada desencadenó en un chapuzón reminiscente en el fondo de mi océano sentimental, con intención de soltar el ancla en una noche que no parecía pretender llevar a buen puerto, y aunque yo no andaba por la labor, sucumbí al frescor de un par de recuerdos enlatados. Lo justo para pasar catorce minutos saboreando cerveza italiana de destilación artesanal, sentado al fondo de la modesta bodega perfectamente acomodada para dieciséis comensales de un curioso restaurante escondido en un pequeño callejón de un Madrid al que jamás había conocido; descarado, angloparlante, cosmopolita y muy adictivo.

Me dejé dejarme dejar en la recreación de esa noche, en el sonido del teclado al que Richard le hacía el amor un par de horas antes de la cena, durante la presentación acústica, en la primera mirada fulminante de Bigotes, en la segunda, la tercera y la quinta, especialmente esta última. Recordé un árbol de navidad dándome la bienvenida, y encontrar mi camisa blanca muchas horas después de haber empezado a buscarla, hecha un trapo bajo el curioso abeto; casi pude sentir de nuevo una farola en pleno intento fallido de perfilar mi sombra, y a Bigotes rasgando un jirón de mi piel desnuda en un balcón de La Latina, volviendo a recorrer sus dedos con mi cuerpo, recurriendo a ser sus instintos más básicos, su sed, su hambre en una de esas noches que llenan tanto que te silencian, que acallan la voz dormida de la emoción con melodías de pop británico informal, del de camisa de cuadros y zapatos bien lustrados, noches de almohadas viscoelásticas de esas, noches que te dejan con un peinado indescriptiblemente indomable, la sinrazón perdida por los suelos y un roto en los pantalones aguamarina, justo en el tiro, que aunque venía de fábrica, volvía de factoría.

Supe más tarde, como se saben las cosas que realmente importan, que se pueden eclipsar amaneceres sobreponiendo lunares de dos cuerpos distintos y distantes, pero que el efecto es casi efímero; supe que Bigotes y yo éramos de mundos tan indistintamente distanciados como nuestros cuerpos, así como supe que de no ser por él, no estaría buceando entre recuerdos, pero tampoco tratando de dormirme. Supe que era hora de salir a la superficie de nuevo a respirar tanto como que me costaría volver a escuchar The Boys y no sentirme tentado de volver una y otra vez a aquel recuerdo; fue entonces cuando el reloj me hizo saber que los catorce minutos habían terminado y que con ellos se iba la cuestión plegándose sobre si misma, haciéndose pequeñita y colándose en un hueco de mi subconsciente, a la espera de nueva orden. Me quité mi Pijama fяesco de veяano convencido de que no tendría que volver a contar ovejas en un tiempo, y no tardé apenas en conseguir mi objetivo. 

26 abr. 2012

El del quinto que se tachó a si mismo.

El día en que los títulos empezaron a tener sentido entre ellos, lo titulado perdió la coherencia, el norte, la patria, una brisa de nostalgia cruzaba el salón recién desnudado de cuadros y fotografías en blanco y negro, acariciando las paredes a su paso, deteniéndose con cautela los rincones más virginales, los que habían permanecido tapados. Mi vista se detuvo una vez más en el gran retrato colgado en la pared, traté de hacer de su mirada la mía, de sus facciones mi rostro, pero a veces no es tan sencillo ponerse por boca un gran ojo derecho. Tras un par de intentos en vano, un tazón de leche con cereales sentimentales y cuando solo quedaba líquido en el cuenco, un par de cucharadas de cacao mental soluble, a poder ser con pepitas. Yo que antaño fuere color favorito a los ojos de más de uno, mecanismo de detonación de reacciones en cadena, desencadenante por infortunio de muchas de ellas a su vez, yo que por temporadas hibernaba para aprehender lo ya aprendido para así poder llegar a ser, que es a lo que todo buen hombre aspira, y sin embargo allí estaba, bien quietecito y sin hacer el mínimo ruido. No guardo demasiados recuerdos de aquel Abril, no muchos más allá de las vistas al mar y el sentimiento de haber pasado un tiempo en casa, esa tranquilidad brindada por el simple hecho de tener algo a lo que llamar hogar, algo a lo que volver cuando nada de lo demás funciona. Corrían tiempos inciertos, probablemente lo hacían de una forma consciente, casi predecible, aunque tal vez todo fuese llana y simplemente por joder,  y no fuere bastante con amanecer sudado hasta las trancas, con el anhelo por montera y sordera de silencios interminables. 


Dicen que todo lo que baja es porque ha subido previamente, en este concreto caso bajar no es el problema sino no hacerlo demasiado, y supongo que esto lo puede entender hasta el más necio; se trata de caer lo suficiente, nunca más de la cuenta. Porque, y aquí he de reconocer que no sé si estoy siendo lo suficientemente expresivo, tan pronto me acostaba con la idea de hacer el amor, se me pasaban las ganas de follar; la simple cuestión me ponía de gallina la piel y acababa por tener que apañarme con una paja mental. De hecho, si no lo he sido, tanto me da. El caso es, pues, que tal vez fuese problema mio, ya no recuerdo si estaba enfadado con ese día en concreto, si con el quinto que se tachó a sí mismo de improvisto, si conmigo, mi mismo o si con yo, y todo aquel asunto no hacía sino retorcerse, doblando sus esquinas, haciéndome perder la cuenta de las ces que lleva la palabra pánico, de los anhelos que debía añadir a la lista de deudas, quejas e insatisfacciones personales. Eran casi menos cuarto, no importan las cuántas tanto como las tantas, que es, en el fondo, lo que venían siendo, el hambre invisible gobernaba más de la mitad de mis sentidos y todo apuntaba a que aquel amanecer se haría, como alguno de sus predecesores, más complicado de lo habitual; unas veces con la cabeza en los pies, otras los pies de hielo y fuera de su sitio, protestando. Yo trataba de guardar en una diminuta concha de vieira, de tono casi aberenjenado, un puñado de ilusión que había cogido prestado del bolsillo del chaquetón de un gallego, casi a escondidas, en la noche en la que el invierno nos dio las buenas noches por última vez. 

27 mar. 2012

El del quinto que tacha a los cuatro anteriores.

No mucho ha que se era un síntoma de síndrome de Bovary, aparentemente inofensivo, que rondaba mi pensamiento en forma de hipotética cuestión. Lisonjeaba con mi razón como si tratase de coquetear de la manera más aparentemente liviana, de encontrar algún procedimiento para llegar a un común acuerdo, y como a veces es complicado ser de piedra, lo aparqué un rato en el rincón de las cosas presuntamente ya olvidadas. 

La realidad me sacó de mi burbuja materializándose de alguna manera en una ráfaga de aire que una despistada cortina de lino blanco, con cargo extraordinario de portera de dormitorio, permitió entrar en mis dominios; se coló por el edredón acariciando de una forma gélida aunque dulce mis pinreles, trayéndome consigo de vuelta a uno de los primeros días de primavera. Allí estaba un servidor, bien seco, con olor a resaca de ginebra y lengua de lija, de alquitrán, nicotina y asbestos, con la libido enviándose whatsapps con mi entrepierna, sano aunque no tan salvo, condenado a barra libre de colacao hasta el atardecer de aquel dispar sábado.

Luego un timbre, una risa y a continuación desenfreno; para cuando este ha sido satisfactoriamente acallado ya ha amanecido de nuevo, todo son calzoncillos negros y rojos, olor a fresa y tal vez aún a ginebra. Un fósforo que enciende un cigarrillo y un presunto percal con final alternativo, una sonrisa que invita a cenar, que custodia a una lengua con intenciones para mayores de dieciocho, que esconde una verdad a medias sobre la que plantear más de una paradoja. Y al volver a cerrar la puerta, justo entonces, el síntoma de nuevo, latente cual pesadumbre, con su nombre de personaje de novela realista francesa y sus ganas de contraatacar y de convertir el final de este relato en una cola de pescadilla lista para ser mordida. 

Con el modo domingo como pijama y la espalda apoyada en una de las paredes de la quinta habitación contemplé la posibilidad, como un planteable estudio guiado por el extraño ápice de aparente realidad poco hecha pero no cruda que parecía envolver la idea en cuestión, pero nunca como un todo. Más tarde, una vez aclarado el asunto ya después de cenar y junto a una taza de té tibio en el balcón, comprendí que aplicaba el planteamiento erróneo. En este caso específico la respuesta correcta se escondía tras la paradoja del quinto que tacha a los cuatro anteriores aplicada en el momento y el lugar exactos. Tal vez aquella era una oportunidad ideal de enmendar un error conociendo ya la constante adecuada, por obra y gracia de mi trato con Marzo, al cual le quedaban ya escasos días contados. 

19 mar. 2012

El del diastema provocativo.

El suspicaz suspiro del destino, nunca aleatorio, levantaba al vuelo mi camisa en uno de esos martes con sabor a lunes; atardecía ya en dondequiera que estuviese en aquel instante, y las razones que hasta allí me habían enviado me sacaron una carcajada de lo más profundo de mi felicidad. Cogí su mano al cruzar el paso de cebra y no la solté hasta que llegamos al coche, más bien hasta encender el motor con un beso, arrancamos hacia una burbuja en el tiempo y el espacio, bien al sur del destino de uno pero al norte aún del destino del otro. Marzo nos propuso dividir una cama de noventa entre dos, o más bien para dos pero no a medias, sino uno partido por el otro y el otro dejado partir aparte.  Supimos arreglárnoslas. Yo acariciaba sus pensamientos y escuchaba a sus cabellos hablar de música pop hasta que nuestras pupilas se enganchaban y nos costaba desenredarlas unos minutos. Adoraba la forma en que sonreía cuando, entre besos, le engañaba echándome atrás en el último instante, dejándole con las ganas; me volvía loco como, al caer en mi pequeña trampa me atraía hacia él con magnetismo, como si mi pequeño truco le sedujese más que cualquier otra cosa anterior, y me besaba con pasión, acariciando mi diastema con su lengua. De pronto sonaba una canción de Keane en la radio, el primer rayo de sol surcaba el colchón de sur a norte, irradiando el epicentro de nuestro beso, yo queriendo morder el lóbulo de su oreja derecha entre jadeos y suspiros varios, el queriendo morder en mi espalda, abrazados con fuerza como para fundirnos en uno y no tener que separarnos. Se quitó mi camiseta de rayas y se acostó sobre mi pecho, sus pestañas acariciando mi cuello, acallando la voz dormida de mi razón. Le despedí en la estación, le pedí a Marzo que no acabase sin que volviésemos a vernos y quise confiar en que así iba a ser. 

6 mar. 2012

El del despertar.

Un sino empapelado de multas sentimentales y pequeñas traiciones impresas, unas cuantas monedas en el bolsillo derecho de un viejo pantalón de cuadros o un cabezazo dado a tiempo. Febrero vino de visita con nuevas no tan buenas y hubo que hacer corazón de tripas para conseguir contarlo con vida; si aquel no era el invierno más cruel de la historia, le había estado haciendo bullying a cualquiera que lo fuese, y de nada valía esconder los problemas bajo la escalera o barrerlos bajo la alfombra. Y con problemas me refiero a pequeñas incursiones a bajas horas por recónditos recovecos que evolucionan en palabras que persiguen a otras de su especie para intentar decir algo y acaban  por lisonjear al subconsciente por unos gramos de sinrazón o por algún resquicio de amor fugaz. Porque a día de hoy hablar de luces es hablar de nada, o eso pretende ser.  Toda consecuencia concupiscente de lo que habíamos sido se encontraba por fin encerrada entre sus tres paredes, bien escondida en la letra de una bizarra canción, todo volvía a ser pasado como siempre tendría que haber seguido siendo. Las idas y venidas inconcluentes, aparente fruto del azar, parecían querer significar, arrastrando una moraleja que llegaba tarde, pero lo hacía. 

7 feb. 2012

El del sueño

Hace algo más de un año, tuve un sueño. Comenzó a mediados de un gélido Octubre, y a principios de verano ya se había terminado, aunque al menos yo lo desconocía. El hilo conductor de todo fue, sin duda, alguna la causalidad; si señor, maldita cabrona, qué bien me lo hacía pasar. A grandes rasgos podría decir que esta no es una historia de amor convencional, ya que si por algo se caracteriza es por la fuerte carga de irracionalidad, porque en ella las comas jugaron un papel tan fundamental como el que tuvieron las pintadas en las paredes de un baño, las listas de reproducción agridulces o los bailes de disfraces. Estamos hablando de ese amor que te la pone dura cada dos por tres, del que te lleva a hacer lo nunca antes pensado, del más pasional de todos, que también requiere engañar sutilmente a los instintos más básicos por plena supervivencia. De ese amor que además de su complejidad ante los ojos de los demás, era capaz de sobrevivir a base de té de mandarinas y galletas amontonadas, y que debería haber coronado ya como el mayor de los movimientos sísmicos que jamás haya arrasado conmigo; tan adictivo, tan jugoso, tan tentador. Podría jurar que éramos únicos; ya lo creo que lo éramos, radiactivos de irascibilidad, jadeantes, tan divertidos como brillantes, más bien irradiantes, si es que en esta historia arriesgar significaba casi siempre apostar por un caballo ganador, éramos únicos y todo nos salía a pedir de lengua.

Tan pronto dejábamos de vernos unos días como tantas eran las ganas de volver a hacerlo, revueltos y no demasiado juntos, tan solo lo suficiente, compenetrados. Podíamos pasar horas fumando desnudos en la cama, construyendo juntos ideas en el aire, tan efímeras como ingeniosas. Recuerdo un día en que el atardecer desvanecía nuestros dos sueños y medio, despertándonos con un desfile de trompetas y timbales por la calle principal, justo a tiempo para ponernos los calzoncillos y salir al balcón a reirnos sin poder parar para después irnos quedando sin palabras por turnos. También recuerdo escucharle hablar fotografías de llaves y de tinta, del paso del tiempo y del hastío que amenazaba a cualquiera que se atrevía a pasar más de cuatro años en esta ciudad. A veces, a escondidas, jugaba a imaginar qué hacía cuando no estábamos juntos, y confieso que era un arma de doble filo, aunque por alguna razón yo no tenía miedo; es curioso, como decía antes, lo complejos que resultábamos como caso de estudio. Yo solía dejarme dejar, lo recuerdo como si fuese ayer, y entonces todo volvía a girar. Era como un revés constante, vivíamos colgados por pinzas, boca abajo, y aún así la sangre no solía subir de la cintura para arriba. Hubo una tarde en la que nos dimos cuenta de que nuestra historia era la candidata perfecta a canción de Nena Daconte, y si así fuese, sería genial. Creo que sería algo tipo 'Como no sabía que tenía tanto que darle, no le invité a dormir, pero sí a palomitas, y una cosa llevo a la otra. Tal vez por eso se fijó en mi, y no solo fue curiosidad; una mosca en el cristal le hizo volverse muy loco por mi. Si supiera que esta noche, con lo poco que quedaba pierdo el tiempo haciendo esta canción... me pasa por idiota'

Hace no mucho dejé de preguntarme qué fue lo que nos pasó. Pasó la vida, pasaron cosas, pasó el tiempo, y todo eso que suele pasar, es preferible quedarse con que al menos la oportunidad no la dejamos pasar. Empecé a soñar en Octubre y joder, qué frío hacía, cómo necesitaba aquel sueño húmedo y delirante para sobrevivir. Es increíble cómo una noche lo cambia todo, impensable el brusco giro que aquella noche pegarían nuestras vidas sin tener en cuenta con quién habíamos dormido la noche anterior, cómo nos cambió el prisma aquella primera noche nuestra. Increíble. Le veía allí tan solo, y como apenas le conocía y las referencias mutuas no eran buenas, no sabía si le molestaría un acercamiento en aquellas circunstancias, y sin embargo las mías eran tan deplorables... recuerdo haber escrito sobre aquella primera noche, y recuerdo haberlo maquillado todo, aquello me importaba porque desde ese primer acercamiento lo que siempre hubo fue respeto. Bueno, y locura. La verdad es que fue una buena locura, todo, y que lo recuerdo tan reciente porque hubo tantas noches felices como días infelices pero la mayoría de ellos transcurrieron aquí, en esta casa en la que todavía vivo. Nunca le pregunté cuánto le echaba de menos, y si lo hacía, nunca me lo dijo; simplemente un día la puerta se cerró y el sueño se terminó. El problema es que no sabía todo lo que iba a tardar en despertarme.

30 ene. 2012

El del invierno.

Probablemente no haya nada peor en este mundo que saber el final; verlo venir desde lejos y no salir por patas. Aunque luego también está el asunto de tropezar dos veces con la misma piedra, incluso tres. Eso también es bastante jodido. Fuere como sea, a veces más vale malo conocido, pájaro en mano, o como en este caso concreto, solo. O, dicho de otra forma, mejor ser de los de vaso grande para tener claro cuándo está medio vacío y cuándo medio lleno. Porque existen noches que están hechas para subirse al altavoz de un garito y perder literalmente la cordura y otras diseñadas para encerrarse en casa como relleno de sandwich entre manta y sofá. Desgraciadamente, las segundas ganan por goleada en invierno, y algunas noches se escucha un eco de palabras terminadas en i tras los muros. Ninguna de ellas es frenesí. 

20 ene. 2012

El que no tiene título.

Se levanta por fin, tras varios montones de minutos tratando de no plantearse hacerlo realmente; solo pensar en sentir el frío en sus pies elevaba un escalofrío por su espina dorsal que le despejaba un poquito más. Y la idea de desenterrar las zapatillas de dondequiera que estuviesen ocultas, sumergidas en el caos que imperaba en el inmueble se cargaba a sí misma de incoherencia. Las mañanas de aquel invierno se le atragantan, le tienen castigado sin desayunar, le cargan de ese anhelo que atormenta a ratos a quien se resigna a no anhelar, más impetuoso si cabe, aunque probablemente menos constante. Alguna hasta se clava en su espalda sin que se dé cuenta, reabriendo una herida que creía cicatrizada; solo al volver a tumbarse en su cama, al anochecer de uno de esos días que necesitan acabarse a las ocho de la tarde, notaba el profundo pinchazo. No parece importarle demasiado, lucha unos instantes contra la almohada hasta que consigue, no sin esfuerzos, darle la vuelta y luego gira de forma brusca su cuerpo en un salto de unos 160º. Entonces, sin que apenas lo note, se le esboza en la cara un desamor con fuerte carga de delirio seguida de cerca por una corriente de ganas de cambiar que le sumergen de nuevo en el sueño. Sobre sus hombros, el peso de una suma de decisiones inconclusas con nombres, apellidos y caras propias, parece querer darle una tregua. 

15 ene. 2012

El de los cinco párrafos que unen dos años.


Apretaba en los talones el peso de un año que pretendía despedirse con menos gloria que pena, sin pausas en las prisas que ya no parecíamos tener por vernos. Así, resbalaban por mi cara las gotas de lluvia que mi pelo ya no podía contener en una de esas tardes de 'debería haberme quedado en casa' cuando la idea rondó mi cabeza, y no pude evitar una carcajada nerviosa a la que perseguía una lágrima de rabia que se mezcló con el resto de gotas. 

Tenía que despedirme del año en que me dieron clases de desconfianza, y que gracias a dios, suspendí; de trescientos sesenta y cinco estados de ánimo cargados de la tripolaridad desencadenante de llamadas transoceánicas varias, de kilómetros mordisqueados durante un puñado de horas anhelando estupideces para despertar un uno de Enero y sacarse el fuego de las castañas de la mejor manera posible; ante todo, hay que saber empezar un año. Pero vayamos por partes.

Tenía que despedirme y lo sabía, y aunque no quería, era inevitable; porque el tiempo no espera a nadie, y además cura las heridas y un montón de cosas más, pero no cambia, no hay nunca marcha atrás. Y yo estaba cansado de decir que no estaba preparado, porque realmente nunca sabes si lo estás o no hasta que afrontas el problema, un problema que en aquel momento yo ya no podía permitirme el lujo de seguir arrastrando por motivos de tiempo. Hicieron falta kilómetros, aguas termales y buena compañía. Condensados todos mis pensamientos sumergidos a unos 30ºC bajo el manto estrellado de una gélida noche de finales de Diciembre, algo me dijo que era hora de pasar una página importante. Fue entonces cuando dejé de estar solo en aquella terma y bajo la densa capa de vapor un susurro unió dos bocas a ritmo de la 'Canción Húmeda' de Iván Ferreiro, toda una declaración de intenciones, y el tiempo empezó a volar.

Porque a veces es mejor empezar un año con una lista de deseos irascibles que con una llena de propósitos; estos últimos, aunque menos triviales y efímeros, son para débiles. 

Y luego está la cuestión de mi cuarta pulsera.