1 mar. 2011

El de lo que me inundó.

Mi casa tampoco tenía vistas, pero yo no giraba ni gritaba ni trataba de olvidarlo. En realidad no tenía ni idea de qué coño hacer con mi vida (en ninguna de sus vertientes) cuando el primero de Mayo llamó a mi puerta. No supe abrirle porque estaba demasiado ocupado en el sofá, intentando explicarme tantas cosas ya hechas como tantas otras por hacer. El juego se nos iba de las manos y todavía quedaba la segunda parte. La incertidubre reinaba en la calle Valencia con un ambiente tan palpable que me dio por pensar que no tendría pensado irse por un tiempo. Así que a sacar telarañas y a limpiar recovecos, que no hay desafío sin recompensa, o eso quería yo pensar. La verdad es que por aquel entonces no creía merecer, no aspiraba a resolver, nada parecía ser. Sentado en un rincón cualquiera de mi particular penumbra, pulsaba teclas de manera casi compulsiva; en mi cabeza retumbaban los gritos de Harold Zidler incitando al can-can, convirtiendo mi estado de ánimo en algo así como burlesco, bizarro, bohemio. Solo quedaba esperar.

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