26 abr. 2012

El del quinto que se tachó a si mismo.

El día en que los títulos empezaron a tener sentido entre ellos, lo titulado perdió la coherencia, el norte, la patria, una brisa de nostalgia cruzaba el salón recién desnudado de cuadros y fotografías en blanco y negro, acariciando las paredes a su paso, deteniéndose con cautela los rincones más virginales, los que habían permanecido tapados. Mi vista se detuvo una vez más en el gran retrato colgado en la pared, traté de hacer de su mirada la mía, de sus facciones mi rostro, pero a veces no es tan sencillo ponerse por boca un gran ojo derecho. Tras un par de intentos en vano, un tazón de leche con cereales sentimentales y cuando solo quedaba líquido en el cuenco, un par de cucharadas de cacao mental soluble, a poder ser con pepitas. Yo que antaño fuere color favorito a los ojos de más de uno, mecanismo de detonación de reacciones en cadena, desencadenante por infortunio de muchas de ellas a su vez, yo que por temporadas hibernaba para aprehender lo ya aprendido para así poder llegar a ser, que es a lo que todo buen hombre aspira, y sin embargo allí estaba, bien quietecito y sin hacer el mínimo ruido. No guardo demasiados recuerdos de aquel Abril, no muchos más allá de las vistas al mar y el sentimiento de haber pasado un tiempo en casa, esa tranquilidad brindada por el simple hecho de tener algo a lo que llamar hogar, algo a lo que volver cuando nada de lo demás funciona. Corrían tiempos inciertos, probablemente lo hacían de una forma consciente, casi predecible, aunque tal vez todo fuese llana y simplemente por joder,  y no fuere bastante con amanecer sudado hasta las trancas, con el anhelo por montera y sordera de silencios interminables. 


Dicen que todo lo que baja es porque ha subido previamente, en este concreto caso bajar no es el problema sino no hacerlo demasiado, y supongo que esto lo puede entender hasta el más necio; se trata de caer lo suficiente, nunca más de la cuenta. Porque, y aquí he de reconocer que no sé si estoy siendo lo suficientemente expresivo, tan pronto me acostaba con la idea de hacer el amor, se me pasaban las ganas de follar; la simple cuestión me ponía de gallina la piel y acababa por tener que apañarme con una paja mental. De hecho, si no lo he sido, tanto me da. El caso es, pues, que tal vez fuese problema mio, ya no recuerdo si estaba enfadado con ese día en concreto, si con el quinto que se tachó a sí mismo de improvisto, si conmigo, mi mismo o si con yo, y todo aquel asunto no hacía sino retorcerse, doblando sus esquinas, haciéndome perder la cuenta de las ces que lleva la palabra pánico, de los anhelos que debía añadir a la lista de deudas, quejas e insatisfacciones personales. Eran casi menos cuarto, no importan las cuántas tanto como las tantas, que es, en el fondo, lo que venían siendo, el hambre invisible gobernaba más de la mitad de mis sentidos y todo apuntaba a que aquel amanecer se haría, como alguno de sus predecesores, más complicado de lo habitual; unas veces con la cabeza en los pies, otras los pies de hielo y fuera de su sitio, protestando. Yo trataba de guardar en una diminuta concha de vieira, de tono casi aberenjenado, un puñado de ilusión que había cogido prestado del bolsillo del chaquetón de un gallego, casi a escondidas, en la noche en la que el invierno nos dio las buenas noches por última vez.