7 abr. 2011

El de lo que sucedió en el dormitorio.

Amanecían desprovistos de edredón dos cuerpos fugaces fundidos en uno. En una calurosa mañana cualquiera de principios de Abril, la escasa luz que permitía escudriñar el dormitorio se filtraba tímida a través de las rendijas de las persianas y se desdibujaba en una aleatoria colocación de cortinas de tono blanco quemado. Por el tiempo, por el uso. Tras las respiraciones entrecortadas y algún inocente jadeo, tal vez un poco a lo lejos más que de fondo, una canción. Apenas pueden percibirla, en aquel instante han hecho del colchón su trinchera y de sus cuerpos, polvorín; aquel cóctel explosivo llevaba ya un tiempo siendo su baza perfecta para no separarse.

Termina su canción, pero no la que sonaba; la que sus cuerpos estaban componiendo. Se toman un minuto, dos, los que hagan falta, disfrutan la placentera sensación. Despiertan un rato después, desnudos uno al lado del otro, sus labios casi pegados, aprovechan la postura, se besan como agradecidos, se ríen por haberse quedado dormidos, se fuman un cigarrillo. Tal vez dos. Y después, en señal de venganza contra el resto del mundo se resguardan el uno en el otro, el otro en el uno, abrazados, todavía sonriendo. Ellos lo saben. Puede que sean los únicos que lo entienden. Y no les importa. Les importa una mierda lo que venga después. Son felices, tal y como habían pactado.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues vas a tener que presentarme a esos labios-casi-pegados!

Firmado: todavía sonriendo.

Miguel Sánchez Ibáñez dijo...

Qué nítido :)
Me gusta.

Noela dijo...

Me encanta niño!
Que ganitas de verte...