7 feb. 2012

El del sueño

Hace algo más de un año, tuve un sueño. Comenzó a mediados de un gélido Octubre, y a principios de verano ya se había terminado, aunque al menos yo lo desconocía. El hilo conductor de todo fue, sin duda, alguna la causalidad; si señor, maldita cabrona, qué bien me lo hacía pasar. A grandes rasgos podría decir que esta no es una historia de amor convencional, ya que si por algo se caracteriza es por la fuerte carga de irracionalidad, porque en ella las comas jugaron un papel tan fundamental como el que tuvieron las pintadas en las paredes de un baño, las listas de reproducción agridulces o los bailes de disfraces. Estamos hablando de ese amor que te la pone dura cada dos por tres, del que te lleva a hacer lo nunca antes pensado, del más pasional de todos, que también requiere engañar sutilmente a los instintos más básicos por plena supervivencia. De ese amor que además de su complejidad ante los ojos de los demás, era capaz de sobrevivir a base de té de mandarinas y galletas amontonadas, y que debería haber coronado ya como el mayor de los movimientos sísmicos que jamás haya arrasado conmigo; tan adictivo, tan jugoso, tan tentador. Podría jurar que éramos únicos; ya lo creo que lo éramos, radiactivos de irascibilidad, jadeantes, tan divertidos como brillantes, más bien irradiantes, si es que en esta historia arriesgar significaba casi siempre apostar por un caballo ganador, éramos únicos y todo nos salía a pedir de lengua.

Tan pronto dejábamos de vernos unos días como tantas eran las ganas de volver a hacerlo, revueltos y no demasiado juntos, tan solo lo suficiente, compenetrados. Podíamos pasar horas fumando desnudos en la cama, construyendo juntos ideas en el aire, tan efímeras como ingeniosas. Recuerdo un día en que el atardecer desvanecía nuestros dos sueños y medio, despertándonos con un desfile de trompetas y timbales por la calle principal, justo a tiempo para ponernos los calzoncillos y salir al balcón a reirnos sin poder parar para después irnos quedando sin palabras por turnos. También recuerdo escucharle hablar fotografías de llaves y de tinta, del paso del tiempo y del hastío que amenazaba a cualquiera que se atrevía a pasar más de cuatro años en esta ciudad. A veces, a escondidas, jugaba a imaginar qué hacía cuando no estábamos juntos, y confieso que era un arma de doble filo, aunque por alguna razón yo no tenía miedo; es curioso, como decía antes, lo complejos que resultábamos como caso de estudio. Yo solía dejarme dejar, lo recuerdo como si fuese ayer, y entonces todo volvía a girar. Era como un revés constante, vivíamos colgados por pinzas, boca abajo, y aún así la sangre no solía subir de la cintura para arriba. Hubo una tarde en la que nos dimos cuenta de que nuestra historia era la candidata perfecta a canción de Nena Daconte, y si así fuese, sería genial. Creo que sería algo tipo 'Como no sabía que tenía tanto que darle, no le invité a dormir, pero sí a palomitas, y una cosa llevo a la otra. Tal vez por eso se fijó en mi, y no solo fue curiosidad; una mosca en el cristal le hizo volverse muy loco por mi. Si supiera que esta noche, con lo poco que quedaba pierdo el tiempo haciendo esta canción... me pasa por idiota'

Hace no mucho dejé de preguntarme qué fue lo que nos pasó. Pasó la vida, pasaron cosas, pasó el tiempo, y todo eso que suele pasar, es preferible quedarse con que al menos la oportunidad no la dejamos pasar. Empecé a soñar en Octubre y joder, qué frío hacía, cómo necesitaba aquel sueño húmedo y delirante para sobrevivir. Es increíble cómo una noche lo cambia todo, impensable el brusco giro que aquella noche pegarían nuestras vidas sin tener en cuenta con quién habíamos dormido la noche anterior, cómo nos cambió el prisma aquella primera noche nuestra. Increíble. Le veía allí tan solo, y como apenas le conocía y las referencias mutuas no eran buenas, no sabía si le molestaría un acercamiento en aquellas circunstancias, y sin embargo las mías eran tan deplorables... recuerdo haber escrito sobre aquella primera noche, y recuerdo haberlo maquillado todo, aquello me importaba porque desde ese primer acercamiento lo que siempre hubo fue respeto. Bueno, y locura. La verdad es que fue una buena locura, todo, y que lo recuerdo tan reciente porque hubo tantas noches felices como días infelices pero la mayoría de ellos transcurrieron aquí, en esta casa en la que todavía vivo. Nunca le pregunté cuánto le echaba de menos, y si lo hacía, nunca me lo dijo; simplemente un día la puerta se cerró y el sueño se terminó. El problema es que no sabía todo lo que iba a tardar en despertarme.