13 jun. 2011

El del azúcar con café.

Tenía la cabeza llena de gaviotas, golondrinas y gorriones. Pocas eran las formas de hacerle cambiar de opinión cuando algo le obcecaba, se perdía a través de los días de nachos a palo seco, carentes de cariño y guacamole a partes no tan iguales. Los que le conocían, o más bien creían conocerle, le tomaban por un pieza y le cogían cariño con facilidad. Sin embargo, a él empezaba a pesarle la facilidad con la que tarde o temprano la mayoría acababan distanciándose, causando confusión y olvido a su paso. De vez en cuando, y solo con la almohada, se confesaba de estúpido, y cuando despertaba al día siguiente no recordaba nada a la hora del té de mandarina. En los sueños ebrios coqueteaba con su pasado, olvidando puertas reminiscentes abiertas sin querer, para luego encontrarse en pesadillas dramáticas hechas con los restos de lo que antaño habían sido sus sueños. Ponía un plato y un cubierto cada día en su mesa, extrañándose a veces de la simplicidad e independencia malgastada que aquello suponía. Se encontraba por aquel entonces en un proceso de rehabilitación, dejando atrás le juego que le perseguía y sus correspondientes tiquiñuelas, pero parecía firme en su decisión por una vez. Ya no se comprometía, había cambiado de marca de galletas, pasaba largos ratos mirando a su cepillo de dientes solitario en el vaso de cristal. Se había dejado dejar, pero por lo menos todavía se afeitaba. No había planta que no se le secase, ni idiotez que no cometiese, echaba demasiado azúcar al café. Tal vez eso fuese lo que desencadenaba todo lo anterior.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como si lo estuviese viviendo ahora mismo. Un gozada leerte Will ;)

PecasEnLaNuca dijo...

Esta historia me suena mucho, no se de que modo pero me recuerda a tiempos pasados.