30 ene. 2014

Llevo un número indeterminado de semanas bien perdido entre el leitmotiv a piano de la banda sonora de Before Midnight y unos cuantos quehaceres desacompasados de esos que mejor dejar para mañana y no hacerlos hoy, tal vez para o por encontrarme mejor. Es una afirmación un tanto aventurada, pero es como es; a golpe de domingo no tan cualquiera las ganas, o más bien la ausencia prácticamente parcial de éstas me invitaba una vez más a recorrer los cuatrocientos cuarenta kilómetros, uno abajo uno arriba, que me acercaban a encontrarme. Tal vez a mi mismo, o tal vez sólo a encontrarme mejor, quién sabe, el caso es que en estos asuntos siempre tengo las de ceder (que no perder), y para cuando quise caer en la cuenta llevaba ya más de doscientos, el chaquetón por edredón atesorando mis huesos, ya no tan húmedos y My Darlin' sonaba por enésima vez. Quizá me estoy volviendo un poco excesivo o exagerado, tal vez deba reconocer que alguna de esas noches en que voy como las abubillas se me escapa el fugas que llevo dentro, se enfila Calle Varillas arriba y no hay quién lo pare, será que me empieza a pesar algún año, tal vez no el pasado, pero sí alguno de los anteriores. 

Hace poco, una de estas veces en un enredo, acabé por responderme que creo firmemente en las casualidades, en los encuentros fortuitos y las cosas que pasan una sola vez y porque tenían que pasar, y no por ello creyendo en eso que llaman destino. Han pasado una y mil desde la última vez que pulsé 'Publicar', tantas que no sabría exactamente cómo recapitular; tal vez una de las maneras más sencillas de resumirlas sea simplemente pasar de todas y cada una de ellas, que se me va al cielo el santo y la tenemos liada. Esta noche me siento un tanto eléctrico, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, las voy soltando poco a poco, a veces sin que se note, como en efecto Kuleshov. Desde aquella vez que mi inspiración se largó con otro (la muy hija de perra), tan solo consigo frases sueltas, nunca principios o finales de historias, siempre intermedios bien jodidos de hilvanar, con los que vete tu a saber por dónde empezar. Pero ni bienes que por males no vengan ni galimatías existenciales pueden con unas ganas de contar, y una vez encontrado el motivo, todo son coincidencias y acrobacias verbales. Tal vez, a veces, sea demasiado. Otras, sin embargo, hasta parece una especie de recurso aliterado de alta carga soez, como esas risas que se esconden en algunas canciones, traviesas, sensuales, expectantes de correspondencia. 

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