20 jun. 2011

El de una tarde cualquiera en una habitación gris perla.

De tanto ansiar me había olvidado lo importante en el camino, en el largo recorrido que separaba ya su espalda de mi aliento, discernido y voraz, que buscaba consuelo en cualquier cosa para olvidar el anhelo que corroía mis entrañas en las mañanas del verano anticipado que vivíamos entonces. Las hojas cuadriculadas en las que resumía el temario no representaban sino la guía que necesitaba, la incapacidad de escribir en un folio en blanco por miedo a torcerme en el momento más vital. En un frenesí de ardientes corrientes de aire febril sin otro afán que el de deshidratar mis esperanzas más atenuadas por la incertidumbre, los lunes de mediados de Junio no sabían a inicio de semana cuando apenas habíamos saboreado el final de la anterior, cuando el tiempo no era más que una masa homogénea de horas de biblioteca que me ataba lo suficiente para no tener que preguntarme dónde estaba. Tal vez me encontraba en una tarde cualquiera en una habitación llena de fotografías en blanco y negro que, si entrecerraba los ojos lo suficiente, se fundían en gris perla. Un vacío existencial fatídico y desintoxicado a partes iguales recorría mis entrañas dejando asperezas e inquietud a su paso por mis intestinos; por aquel entonces el número doce marcaba una separación finita entre el mundo tal como lo conocíamos y el fin de este, intransitivo y descoordinado que llegaría tarde o temprano, precipitándonos a tomar estrategias y movimientos de última hora. Dejarse dejar era ya inviable ante los resultados previos obtenidos, y para mi no había otra alternativa mejor. La sinrazón no guiaba mis horas, lo hacía ahora la pérdida de la diplomacia en cuestión de asuntos internos, tan viscerales en su día como insípidos en la actualidad, y este asunto me traía de cabeza sin comerlo, pero habiéndolo bebido.

1 comentario:

Miguel Sánchez Ibáñez dijo...

Ay, las espaldas...
Hueles a exámenes ;)