21 ene. 2011

El de lo bien que quedan los párrafos del revés.

Encerrado, perdido entre el 39 y el 43 de la calle Valencia, exhalaba los resquicios de cualquier plan mal trazado que había superado la primera delgada línea roja; la solución llamó a mi puerta una gélida mañana, cuando yo estaba al borde de los 21. Supe entonces que debía tomarla porque, de algún modo u otro, era un vestigio de esperanza, algo que no gobierna en mi vida desde épocas inmemorables. Es de romper, sin duda. Alguna vez os hablaré de la marea, os contaré lo que me hundió. Justo después del hundimiento me encontré conmigo mismo caminando por la acera más próxima, y me dio por correr. Es una buena decisión para los tiempos que vivimos. No intentéis frenarme, pero si queréis acompáñame, simplemente voy a seguir caminando a ciegas y a escoger entre derecha, izquierda y de frente según mi instinto me guíe. Si responde a vuestra pregunta, no, no voy a volver atrás. Argumentos no.

Arrasando con un frío invernal a golpe del mediodía de un viernes cualquiera, los días de anestesia de Enero me enseñaron sobre nervios, morbo, desatino y alevosía como quien muestra a un niño cómo decidir con quién juntarse. Como la primera gota de sangre que cae de nuevo en mi chaqueta vaquera, desatando el porvenir de mis decisiones y soltando amarras. Soplaba viento de estribor levantando consigo los bajos de los abrigos, las faldas y la indecisión, yo caminaba ajeno al otro semblante que vigilaba la realidad. Mi realidad; aquel año infinito había partido para no regresar jamás, estaba completo de recuerdos y yo me había quedado desnudo, viéndolo marchar.

2 comentarios:

Miguel Sánchez Ibáñez dijo...

Toca re-abrigarse, then ;)

Albuu. dijo...

Odio que escribas tan bien porque nunca sé que comentarte!
pero que conste que te leo eh! jaja
Que pontiloveyou y tal :)