13 oct. 2014


Vivo rodeado de borradores, de estúpidas frases que aunque inconexas, son demasiado ciertas como para por alto pasarlas así que más que vivo, voy viviendo, y mientras lo hago trato de ir sorteando la delgada línea carmesí que separa mis tramas de mis traumas y mis trampas. Estas últimas todavía necesitan algo de entrenamiento, cierto es, que lo mismo me levanto demasiado distraído cuando duermo acompañado porque me confío demasiado. No es que confíe o deje de confiar en algo o alguien, sino que me dejo confiar yo, me confío y cuando me doy a confiar, me creo que no las necesito, que puedo vivir sin ellas. Las trampas digo. Lo cierto es que con ellas o sin, voy viviendo, entre borradores que quieren formar parte de un conjunto pero que simplemente no encajan, tratando de que mis tramas no acaben por convertirse en traumas porque cada vez que eso ocurre, la línea adelgaza.

Recuerdo la última trama que quiso salirse de la fila y ser diferente, convertirse en especial. La bauticé como el entonces, un entonces alto, rubio, dulce y guapo al que le gustaban los jerséis de entretiempo, verme fumar en la ventana, el francés (más escucharlo que hablarlo o practicarlo) y que coleccionaba puestas de sol de diferentes partes del mundo. A mí me volvía loco su sonrisa, loco de remate, como para ir a verle a cualquier parte allá donde él quisiera coleccionar otro atardecer conmigo. Recuerdo cómo había algo escondido en el negro de sus ojos que brillaba de una forma particularmente singular, que me hacía saber que todo iba a ir bien si me quedaba a su lado o trataba de estar siempre ahí cuando él volviera de añadir cientos de puestas de sol en París. En verdad, cuando volvió seguía sin hacerme mucho caso, ni siquiera cuando me ofrecí a ir a verle a Valencia. Claro está que malinterpretaba las señales de esa cosa extraña escondida en el fondo de sus ojos, que en realidad supongo que querría decir algo así como "aléjate de mi porque no estoy preparado", cosa que al entonces poseedor de aquellos ojos le costó como dos años y un reencuentro no tan fortuíto soltar, y como queda ya prácticamente claro, aquel entonces prefirió las puestas de sol francesas a verme fumar y decidió no hacérmelo saber debidamente. Y esto nos lleva a la historia de dos años después, la que no tenía pensado contar hasta hace unas horas.

Resulta que durante el pasado verano estaba yo un poco mal del estómago, con un horrible caso de mariposas de sueño ligero que me traía de cabeza y me tenía con el corazón en el puño, el cigarro en la otra mano y la R bien pronunciada en la garganta ante lo que se me venía encima. El caso es que había una fiesta este verano, una de estas a las que mi problema de mariposas estomacal me restringía ir por miedo a que salieran volando por mi boca tras alguno de sus dueños y culpables. Y como toda fiesta a la que uno no debe ir porque está prácticamente seguro de que se va a encontrar en ella precisamente a quien trata de evitar, y sin saber siquiera lo que me podía perder si me quedaba en mi casa, allí me colé yo, para ver de qué iba la cosa. En realidad, es curioso cómo se desarrollaron los acontecimientos en la semana anterior de la fiesta, y cómo en esas cinco noches previas al fin de semana acabé borracho y hasta las tantas, cuando yo hacía ya meses que apenas salía por las noches, ni iba a los bares, ni bebía algo más que cerveza. No entraré en detalles, pero me valía la pena mencionar estas cinco noches previas que desembocaron en una sexta noche en la que yo ya sabía lo que iba a pasar por mucho que me empeñaba en negarlo. Para empezar, hasta que la gente no llevaba de fiesta unas cinco horas yo no acepté ir a la maldita fiesta, y me empeñé mucho en dejárselo claro a todo el mundo durante meses. Ya en medio del mogollón parecía que todo iba bien, volvía a ir un poco calzado de nuevo y las mariposas estaban curiosamente dormidas en contrapunto al griterío mezclado con la música, que venía de todas partes. Y justo entonces una de ellas batió las alas, despertando a las de su alrededor, y giré mi cabeza, porque yo no sé cómo cojones lo hago pero siempre que va a pasar algo yo estoy ubicado en la dirección errónea, así que tuve que girar, y todos sabemos a quién me encontré delante, es decir, detrás pero en mi puta cara.

Efectivamente allí estaba mi amigo entonces, con su misma sonrisa volviéndome loco a cinco metros de distancia y el mismo extraño brillo en lo profundo del negro de sus ojos que manda señales erróneas por tocarme bien los cojones, pero con un nuevo corte de pelo que le hacía incluso más guapo que por aquel entonces, dos años antes, cuando tuve que ir a decirle yo hola a él por primera vez porque se moría de vergüenza por conocerme a través de una amiga en común. El caso es que como me negué a volver a ser yo quien le hablase primero tras no haber vuelto a tener apenas noticias suyas, le costó bastante reunir lo que fuera que necesitara para hacerlo y acercarse a susurrar el 'hola' más tímido y dudoso de la historia. Pero aparentemente eso bastó para despertar a todas las mariposas de mi estómago que me llevaron a seguirle durante toda esa noche a donde él quisiese ir, descuidando la trinchera entre tramas, traumas y trampas. De hecho vine, vi y me dejé vencer. En el fondo he de reconocer que me he vuelto un vulnerable de cojones, aunque me cueste admitirlo y me toque mucho los mismísimos la situación, y que con el revuelo en el estómago se me va la cabeza y hago todas esas cosas que uno no debería, como si los besos de un desconocido fuesen eupépticos o si las copas de las discotecas curasen de alguna manera algún tipo de algo. Pues le seguí, si señor, lo hice, y he de decir que aunque no lo eran, sus besos sí que sabían eupépticos, como si me ayudasen a digerir las malditas mariposas que no se calmaron hasta que al final de la noche una puerta se cerró en mi cara y me volví a mi casa a dormir el ciego porque quedaban otros tres días de fiesta por delante a los que no les podía fallar. Entonces hizo de nuevo una de sus interpretaciones, de las de manual, muy bien ejecutada, en la más sanguinolenta de las acepciones, tal y como su mentor borrachuzo le dijo una noche dos años antes que sería, y luego se fue. O me fui yo. Bueno, no miento, él se fue, y yo aún así intenté algo peor que ir detrás de él, ofrecerme de nuevo a esperar a que recolectase más atardeceres por ahí, probablemente en un intento desesperado porque entonces me llevara consigo a cualquier parte menos a donde realmente me tenía que ir. Porque a continuación del reencuentro con entonces, fugaz y bastante insípido, me tocaba enfrentarme al mayor de los reveses habidos y por haber, el del día en que dos personas que solían tomar malas decisiones juntos decidieron tomar una última y radical. Pero esa es harina de otro costal, otra de las historias guardadas en mi colección de cosas que no debería contar, de donde ha salido la trama de entonces y otras tantas más. Una historia con demasiadas mariposas que aún no consigo que duerman.

27 mar. 2014

He aquí un revés de los gordos y serios, de estos que vienen con una carga tan fuerte de dopamina que hacen dudar seriamente de si en realidad se trata de una de estas cosas enrevesadas, como de amor, ante lo cual ya no recuerdo ni cómo tratar, o de simple esquizofrenia. La historia en cuestión surge de una decisión pésimamente tomada por ambas partes, pero así acordada le pese a quien le pese; reconozco que es tarde para reconocer que me equivoqué, pero por si acaso no lo tenía yo demasiado claro, las primeras conjeturas de una primavera bien anticipada se encargaron de recordármelo día sí, día también. Es como cuando dices adiós pero dejando la puerta abierta; de alguna manera que no puedo explicar yo sabía que el pasado volvería a la carga a atormentarme antes o después, y la pantagruélica espera me estaba dejando sin uñas ni apenas aliento. Para cuando quise darme cuenta, sin beberlo ni haberlo comido allí estaba yo entre andenes, encendiendo el tercer cigarrillo consecutivo con la colilla del anterior y convencido de que si había sido tan fácil hasta ahora, así habría de seguir siendo. Y entonces noté su mirada clavada en mí, buscando desesperadamente encontrarse con mis ojos, de manera tan fuerte, casi obsesiva; como quien contempla fascinado la cerradura de una puerta que, muy a su pesar, sabe que no debe abrir. Estoy prácticamente convencido de que ese instante en el que sin haberme girado aún para comprobarlo, le noté en el mismo espacio físico, fue el catalizador en esta trama, aunque concretamente en esta, es bien jodido determinarlo con exactitud. Lo que trato de decir es que todo lo que vino a continuación de ese momento quedó definido a partir de su mirada cristalina clavada en mi espalda, y que no me hizo falta verle para notar un fuerte pinchazo en el pecho que tardaría un par de semanas en largarse por completo. Con el primer abrazo, segundos después, llegaba una oleada de recuerdos confortables de un tiempo mejor en que yo le hacía sentir como un trébol de cuatro hojas y el a mí como un cuaderno de ciento veinticinco, todas ellas garabateadas con letras de canciones, unas veces sobre amor cáustico, tantas otras sobre las ganas de sucumbir ante éste. Y a partir de ahí, todo se sintió como si el tiempo no hubiera pasado, como si nuestra distancia particularmente cuantiosa jamás hubiese existido y pudiésemos seguir contagiándonos nuestras risas y manías a partes iguales. Bueno, no todo, hay un pequeño dato curioso a destacar, y es que durante esta, nuestra segunda fase fugaz de relación intercontinental, las trincheras del coqueteo físico quedaron levantadas para no cargarse la coalición. Parece un detalle nimio y carente de cualquier tipo de importancia, pero al igual que con el catalizador, creo que cuando ambos pusimos cartas sobre la mesa, este estúpido detalle se convirtió claramente en primer punto de giro que vino a sacarme de mi burbuja de idealismo. Yo solo quería dormirme en su pecho cada noche para ser la primera voz que escuchase al día siguiente; pero he de confesar que por mucho que me hacía prometer que lo haría en castellano, mis buenos días se transformaban en el aire en un good morning de acento americanizado.

Es curioso como en esta historia hubo dos actos o partes bien diferenciadas, y si bien en la primera todo eran reminiscencias positivas del primer episodio de este amor, tan atemporal como un chaleco de tweed, la segunda venía cargada de todas esas cosas que ambos desearíamos ser capaces de olvidar. Dentro de ésta, como si de una lista se tratase, un montón de propósitos y quehaceres apilados, un par de palabras adenopáticamente impronunciables, tal vez algún nombre que empieza por erre y unas dosis de sinrazón desmedidas. Resulta increíble lo poco con que fuimos capaz de ser felices, a nuestro modo, durante su escasa estancia, casi tan difícil de creer como el hecho de que durante los primeros cinco días me tenía con los pies casi en las nubes, con su espalda por escudo  y los músculos faciales doloridos de tanto reír y en los cinco últimos no había quien lo consiguiese, el corazón palpitándome gilipolleces, la cabeza cagándose en la puta de bastos y los labios cargadísimos de besimismo. Y no por los celos, ni por la impronta de mis actos en lo que quedaba de ambas nuestras vidas, sino más bien a causa de su presunta voluntad preventiva, por ese par de ausencias en momentos que se concretizaron sin siquiera quererlo. Para que quede claro, diré que yo no tenía previsto echarle de menos teniéndole todavía aquí. Sin embargo, y bien en contra de mis predicciones, de controlar estas cosas no entiendo una mierda ni yo ni cualquiera en una situación mínimamente similar a la mía. Por tanto, allí estaba yo tratando de esgrimir mis escasos y mermados argumentos ante el tribunal de la puta vida, con cara de haberlo perdido mientras caminaba a su lado por la calle, casi siempre en la misma dirección. A veces, sin darme apenas cuenta, las yemas de mis dedos buscaban la punta de los suyos al caminar, y cuando él indeciso me tomaba la mano yo no aguantaba más de dos o tres minutos sin buscar una excusa con que soltarme, más indeciso aún si cabe; en el fondo algo me decía que no quería aferrarme más a alguien que piensa que los españoles no lloramos. Y si bien es verdad que este encuentro fue prácticamente efímero, para mi fue más duro que el anterior, y tras su marcha la primavera no dudó ni un instante en largarse de esta ciudad, dejándome con el grito bien encerrado en lo mas profundo de mi garganta, tan comprimido entre mis faringes que apenas podía respirar. Desde entonces vivir parece más fácil cerrando los ojos, con la anandamida por los cielos, el bulbo olfatorio a pleno rendimiento y sin mirar mucho hacia atrás. Al final, muchas veces, la opción más sabia es quedarse bailando solo. 

30 ene. 2014

Llevo un número indeterminado de semanas bien perdido entre el leitmotiv a piano de la banda sonora de Before Midnight y unos cuantos quehaceres desacompasados de esos que mejor dejar para mañana y no hacerlos hoy, tal vez para o por encontrarme mejor. Es una afirmación un tanto aventurada, pero es como es; a golpe de domingo no tan cualquiera las ganas, o más bien la ausencia prácticamente parcial de éstas me invitaba una vez más a recorrer los cuatrocientos cuarenta kilómetros, uno abajo uno arriba, que me acercaban a encontrarme. Tal vez a mi mismo, o tal vez sólo a encontrarme mejor, quién sabe, el caso es que en estos asuntos siempre tengo las de ceder (que no perder), y para cuando quise caer en la cuenta llevaba ya más de doscientos, el chaquetón por edredón atesorando mis huesos, ya no tan húmedos y My Darlin' sonaba por enésima vez. Quizá me estoy volviendo un poco excesivo o exagerado, tal vez deba reconocer que alguna de esas noches en que voy como las abubillas se me escapa el fugas que llevo dentro, se enfila Calle Varillas arriba y no hay quién lo pare, será que me empieza a pesar algún año, tal vez no el pasado, pero sí alguno de los anteriores. 

Hace poco, una de estas veces en un enredo, acabé por responderme que creo firmemente en las casualidades, en los encuentros fortuitos y las cosas que pasan una sola vez y porque tenían que pasar, y no por ello creyendo en eso que llaman destino. Han pasado una y mil desde la última vez que pulsé 'Publicar', tantas que no sabría exactamente cómo recapitular; tal vez una de las maneras más sencillas de resumirlas sea simplemente pasar de todas y cada una de ellas, que se me va al cielo el santo y la tenemos liada. Esta noche me siento un tanto eléctrico, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, las voy soltando poco a poco, a veces sin que se note, como en efecto Kuleshov. Desde aquella vez que mi inspiración se largó con otro (la muy hija de perra), tan solo consigo frases sueltas, nunca principios o finales de historias, siempre intermedios bien jodidos de hilvanar, con los que vete tu a saber por dónde empezar. Pero ni bienes que por males no vengan ni galimatías existenciales pueden con unas ganas de contar, y una vez encontrado el motivo, todo son coincidencias y acrobacias verbales. Tal vez, a veces, sea demasiado. Otras, sin embargo, hasta parece una especie de recurso aliterado de alta carga soez, como esas risas que se esconden en algunas canciones, traviesas, sensuales, expectantes de correspondencia.