27 mar. 2014

He aquí un revés de los gordos y serios, de estos que vienen con una carga tan fuerte de dopamina que hacen dudar seriamente de si en realidad se trata de una de estas cosas enrevesadas, como de amor, ante lo cual ya no recuerdo ni cómo tratar, o de simple esquizofrenia. La historia en cuestión surge de una decisión pésimamente tomada por ambas partes, pero así acordada le pese a quien le pese; reconozco que es tarde para reconocer que me equivoqué, pero por si acaso no lo tenía yo demasiado claro, las primeras conjeturas de una primavera bien anticipada se encargaron de recordármelo día sí, día también. Es como cuando dices adiós pero dejando la puerta abierta; de alguna manera que no puedo explicar yo sabía que el pasado volvería a la carga a atormentarme antes o después, y la pantagruélica espera me estaba dejando sin uñas ni apenas aliento. Para cuando quise darme cuenta, sin beberlo ni haberlo comido allí estaba yo entre andenes, encendiendo el tercer cigarrillo consecutivo con la colilla del anterior y convencido de que si había sido tan fácil hasta ahora, así habría de seguir siendo. Y entonces noté su mirada clavada en mí, buscando desesperadamente encontrarse con mis ojos, de manera tan fuerte, casi obsesiva; como quien contempla fascinado la cerradura de una puerta que, muy a su pesar, sabe que no debe abrir. Estoy prácticamente convencido de que ese instante en el que sin haberme girado aún para comprobarlo, le noté en el mismo espacio físico, fue el catalizador en esta trama, aunque concretamente en esta, es bien jodido determinarlo con exactitud. Lo que trato de decir es que todo lo que vino a continuación de ese momento quedó definido a partir de su mirada cristalina clavada en mi espalda, y que no me hizo falta verle para notar un fuerte pinchazo en el pecho que tardaría un par de semanas en largarse por completo. Con el primer abrazo, segundos después, llegaba una oleada de recuerdos confortables de un tiempo mejor en que yo le hacía sentir como un trébol de cuatro hojas y el a mí como un cuaderno de ciento veinticinco, todas ellas garabateadas con letras de canciones, unas veces sobre amor cáustico, tantas otras sobre las ganas de sucumbir ante éste. Y a partir de ahí, todo se sintió como si el tiempo no hubiera pasado, como si nuestra distancia particularmente cuantiosa jamás hubiese existido y pudiésemos seguir contagiándonos nuestras risas y manías a partes iguales. Bueno, no todo, hay un pequeño dato curioso a destacar, y es que durante esta, nuestra segunda fase fugaz de relación intercontinental, las trincheras del coqueteo físico quedaron levantadas para no cargarse la coalición. Parece un detalle nimio y carente de cualquier tipo de importancia, pero al igual que con el catalizador, creo que cuando ambos pusimos cartas sobre la mesa, este estúpido detalle se convirtió claramente en primer punto de giro que vino a sacarme de mi burbuja de idealismo. Yo solo quería dormirme en su pecho cada noche para ser la primera voz que escuchase al día siguiente; pero he de confesar que por mucho que me hacía prometer que lo haría en castellano, mis buenos días se transformaban en el aire en un good morning de acento americanizado.

Es curioso como en esta historia hubo dos actos o partes bien diferenciadas, y si bien en la primera todo eran reminiscencias positivas del primer episodio de este amor, tan atemporal como un chaleco de tweed, la segunda venía cargada de todas esas cosas que ambos desearíamos ser capaces de olvidar. Dentro de ésta, como si de una lista se tratase, un montón de propósitos y quehaceres apilados, un par de palabras adenopáticamente impronunciables, tal vez algún nombre que empieza por erre y unas dosis de sinrazón desmedidas. Resulta increíble lo poco con que fuimos capaz de ser felices, a nuestro modo, durante su escasa estancia, casi tan difícil de creer como el hecho de que durante los primeros cinco días me tenía con los pies casi en las nubes, con su espalda por escudo  y los músculos faciales doloridos de tanto reír y en los cinco últimos no había quien lo consiguiese, el corazón palpitándome gilipolleces, la cabeza cagándose en la puta de bastos y los labios cargadísimos de besimismo. Y no por los celos, ni por la impronta de mis actos en lo que quedaba de ambas nuestras vidas, sino más bien a causa de su presunta voluntad preventiva, por ese par de ausencias en momentos que se concretizaron sin siquiera quererlo. Para que quede claro, diré que yo no tenía previsto echarle de menos teniéndole todavía aquí. Sin embargo, y bien en contra de mis predicciones, de controlar estas cosas no entiendo una mierda ni yo ni cualquiera en una situación mínimamente similar a la mía. Por tanto, allí estaba yo tratando de esgrimir mis escasos y mermados argumentos ante el tribunal de la puta vida, con cara de haberlo perdido mientras caminaba a su lado por la calle, casi siempre en la misma dirección. A veces, sin darme apenas cuenta, las yemas de mis dedos buscaban la punta de los suyos al caminar, y cuando él indeciso me tomaba la mano yo no aguantaba más de dos o tres minutos sin buscar una excusa con que soltarme, más indeciso aún si cabe; en el fondo algo me decía que no quería aferrarme más a alguien que piensa que los españoles no lloramos. Y si bien es verdad que este encuentro fue prácticamente efímero, para mi fue más duro que el anterior, y tras su marcha la primavera no dudó ni un instante en largarse de esta ciudad, dejándome con el grito bien encerrado en lo mas profundo de mi garganta, tan comprimido entre mis faringes que apenas podía respirar. Desde entonces vivir parece más fácil cerrando los ojos, con la anandamida por los cielos, el bulbo olfatorio a pleno rendimiento y sin mirar mucho hacia atrás. Al final, muchas veces, la opción más sabia es quedarse bailando solo.