5 nov. 2012

'Cualquiera podría haber salido perdiendo', se plantea casi todos los días bajo la ducha, las horas pesando en los párpados, matutinas, tempranas de más para un desrutinado en un vano intento con bastante pena y sin gloria alguna por vencerle al reloj en la batalla de los quehaceres. La niebla escupe su canción, entra en tí como un ladrón, te va oxidando sin más. Las calles llenas, las gotas de lluvia en los cristales de las gafas, el pelo calado y el cigarrillo a punto de estarlo, las ganas olvidadas en la mesilla de noche junto al despertador. 'Cualquiera podría haber salido perdiendo' piensa de nuevo, 'pero a mí se me da demasiado de lujo como para haberle cedido mi puesto a cualquiera'.

Fuere como sea, amanece esa ciudad bajo un manto oscuro sobre el que aún se pueden contar unas cuantas estrellas, y si el día se presta lluvioso, a veces el aire huele a alguno de los nombres masculinos guardados en su caja de personas que continuaron sus vidas sin él, abandonando ese lugar en que no existen otoños ni primaveras y todo lo que eso consigo conlleva. Otras, sin embargo, los primeros despuntes del albor incitan a los pequeños y mundanos placeres contemplativos, causando estos mas de un estupor de los profundos; y si cuando tardías, las ganas siguen esperándole en la mesilla de noche a la hora de acostarse, les cuenta que ha merecido la pena dejarlas ese miércoles olvidadas en casa, porque en el fondo no había absolutamente nada que hacer. Olvidar y perdonar, o perdonar y olvidar, lo que vaya primero y en cualquier caso, lo más conveniente. 'Al menos no dormiré solo', piensa. Sus ganas se hacen hueco en la cama, cierran los ojos y se abrazan unas a otras.