11 jun. 2012

Mecanismos, herramientas, uniformes... y chica también.

De confesiones a primera hora de la mañana frente a frente con el espejo como mecanismos, en un lunes de los que amanecen nublado y luego abren, que aunque no eran necesarias, habían sido acordemente recetadas. Porque apetece mientras amanece, o incluso un pelín antes, cuando la ciudad duerme y los sueños se pueden oler desde el balcón, impregnados en brisa apacible, justo un momento antes del aroma a café que indica que ya no eres el único que casi desnudo escudriña tras los barrotes cada minúsculo movimiento en las calles desérticas. Es como cuando ves que alguien lleva tus mismos zapatos, o como rezar para que el cura no llegue, todo a la vez bajo una perspectiva un tanto rebuscada; un par de primerísimos primeros planos picados a modo de herramientas y un par de roces concretos en sitios exactos. El caso es que amaneces por segunda o incluso tercera vez en el día, con tu desprovista cara de miércoles mal vista ante el contexto, pero que ahí está y no molesta al personal, y te das cuenta de que los sueños hay que saber vivirlos, porque sino a ver de qué sirven, y que nos quiten lo bailado, fuera los uniformes y a soñar, a bailar. En esos instantes, sobre ambas cabezas, endorfinas de fresa ácida que fluyen desde uno des sus hipotálamos, que revolotean el dormitorio de forma cuidadosamente aleatoria, que planean sobre los elefantes de la colcha y el resto de la geografía humana dispuesta sobre el colchón de manera casi estudiada, todo son trompas hacia arriba, de las que dan buena suerte y risas tontas con mordisco...

Y por un instante, tan solo uno, de estos que es complicado definir cuanto duran pero que son eso, instantes al fin y al cabo, una de las dos mentes quiere estar en aquel dormitorio granate del centro de una ciudad costera, en un edificio sin ascensor cercano al puerto, de techos altos y cama de medio dosel frente a un enorme vestidor con puertas de espejo. En ese que tiene banderas de ciudades británicas, las puertas con vidriera translúcida y los cajones llenos de recuerdos, peluches de monos y pollos y chica también, desde el que se huelen los croissants de El Molino y en el que las endorfinas no son frutales. Es entonces cuando otro instante empieza, el siguiente, ambas mentes vuelven a conectar, el anterior se desdibuja hasta que lo único granate que queda es el fondo del armario, abierto de par en par ante el festín.



2 jun. 2012

El del chapuzón reminiscente

El reloj marcando las nosequé de la madrugada, yo aún no dormía aunque me empeñaba en intentarlo a base de perseguir la parte más fresca del colchón y de giros bruscos a la almohada, cuando se presentó ante mí la respuesta a una pregunta que jamás me había hecho, y ahí se truncó en asunto. Tremendismos y calores aparte, aquella noche era imposible conciliar algo cercano a querer llamarse sueño, y aquella respuesta no buscada desencadenó en un chapuzón reminiscente en el fondo de mi océano sentimental, con intención de soltar el ancla en una noche que no parecía pretender llevar a buen puerto, y aunque yo no andaba por la labor, sucumbí al frescor de un par de recuerdos enlatados. Lo justo para pasar catorce minutos saboreando cerveza italiana de destilación artesanal, sentado al fondo de la modesta bodega perfectamente acomodada para dieciséis comensales de un curioso restaurante escondido en un pequeño callejón de un Madrid al que jamás había conocido; descarado, angloparlante, cosmopolita y muy adictivo.

Me dejé dejarme dejar en la recreación de esa noche, en el sonido del teclado al que Richard le hacía el amor un par de horas antes de la cena, durante la presentación acústica, en la primera mirada fulminante de Bigotes, en la segunda, la tercera y la quinta, especialmente esta última. Recordé un árbol de navidad dándome la bienvenida, y encontrar mi camisa blanca muchas horas después de haber empezado a buscarla, hecha un trapo bajo el curioso abeto; casi pude sentir de nuevo una farola en pleno intento fallido de perfilar mi sombra, y a Bigotes rasgando un jirón de mi piel desnuda en un balcón de La Latina, volviendo a recorrer sus dedos con mi cuerpo, recurriendo a ser sus instintos más básicos, su sed, su hambre en una de esas noches que llenan tanto que te silencian, que acallan la voz dormida de la emoción con melodías de pop británico informal, del de camisa de cuadros y zapatos bien lustrados, noches de almohadas viscoelásticas de esas, noches que te dejan con un peinado indescriptiblemente indomable, la sinrazón perdida por los suelos y un roto en los pantalones aguamarina, justo en el tiro, que aunque venía de fábrica, volvía de factoría.

Supe más tarde, como se saben las cosas que realmente importan, que se pueden eclipsar amaneceres sobreponiendo lunares de dos cuerpos distintos y distantes, pero que el efecto es casi efímero; supe que Bigotes y yo éramos de mundos tan indistintamente distanciados como nuestros cuerpos, así como supe que de no ser por él, no estaría buceando entre recuerdos, pero tampoco tratando de dormirme. Supe que era hora de salir a la superficie de nuevo a respirar tanto como que me costaría volver a escuchar The Boys y no sentirme tentado de volver una y otra vez a aquel recuerdo; fue entonces cuando el reloj me hizo saber que los catorce minutos habían terminado y que con ellos se iba la cuestión plegándose sobre si misma, haciéndose pequeñita y colándose en un hueco de mi subconsciente, a la espera de nueva orden. Me quité mi Pijama fяesco de veяano convencido de que no tendría que volver a contar ovejas en un tiempo, y no tardé apenas en conseguir mi objetivo.