28 abr. 2011

El de el día que dejó de llover (o cómo secar el cielo) II

Cumplía doscientas locuras y tenía que celebrarlo, sin contárselo a nadie. Y de ahí un arrebato, un grito que salió de dentro y que quería decir lo que quería, que me liberó y me hizo entender muchas cosas. Seguro de mi mismo y del cambio que mi vida dio días antes de aterrizar en Ciudad Infancia, cerrado el chiringuito por vacaciones, terminaría yo por entender la situación en su totalidad una vez que experimentase sus efectos secundarios. Al principio todo fue un sol que se hizo efímero, porque luego llegó la lluvia, que duraría hasta bien entrada la noche del sábado; entonces todo comenzó a secarse mientras nosotros quemábamos las suelas de nuestros zapatos en cualquier rincón de SalaKarma. Cuando salimos, atónitos ante la nueva realidad que se nos planteaba, el intenso amanecer despejado confirmó lo que sospechábamos. Desde entonces todo fue sol de nuevo, un sol abrasador que me sostenía, dándole equilibrio a mis días. La eterna pregunta, que ahora me voy, que ahora me quedo, que ahora me vengo. En una semana tan llena de eventos a mi solo me interesan dos; y volverte a ver es el principal de ellos.

24 abr. 2011

El de el día que dejó de llover (o cómo secar el cielo)

   Yo lo único que sé es que te encantaría besar mi piel todavía con sabor a salitre antes de que me meta en la ducha, y que me muero por dormir contigo. Lo demás no importa, y eso me encanta. Tú me encantas. 

13 abr. 2011

El de lo complicado que puede ser decir algo tan simple.

Habituado ya de tanto uso a la sensación de ventana abierta y problemas afuera, me despertaba el olor a primavera casi cada mañana. Muchas veces me olía a ti, porque no sé si te lo he contado, pero ahora me hueles a primavera. A tu yo más fresco, al más jovial de todos los tú que conozco. Y ese olor me tenía embobado desde ese preciso instante hasta poco antes de acostarme. Porque si lo hacía solo, lo hacía intranquilo. Ni las "Buenas noches, buena suerte", fíjate tú. Solo pensamientos apilados en bloques chocando entre si, un spray de pintura azul, algún miedo, tan solo de vez en cuando. Y cuando no olía a ti, la primavera era pues como diferente, yo que sé, es difícil de explicar, y me voy por las ramas. Pero que también olía a primavera, ¿sabes como te digo? A primavera sin ti, a esto a lo que tengo que acostumbrarme yo ahora. Porque claro, párate a pensarlo; ahora la primavera me va a oler a mar, pero a ti a soho, a desierto, a lujo. Que no lujuria, cuidadito, no nos equivoquemos. Y claro, además de la envidia, porque la envidia está ahí y no podemos negarla, claro está, tenemos también la incertidumbre. Vamos, que ese no es el caso, que nada tiene que ver el tocino con la velocidad. La historia es la primavera, y su olor. Que no, que no hueles a tocino, joder. ¿Cómo vas a oler a tocino? ¿Que a qué hueles? Creí que ya te había quedado claro ese punto. Bueno tu quédate con lo principal, con que a tocino no hueles. Y la primavera tampoco. Lo que yo vengo a decirte con todo esto es que ahora que estamos a punto de no poder vernos durante un tiempo voy a aprovechar para guardar tu olor. Que luego va a ser un drama no poder olerte y encontrarme con gente que lleve tu perfume. Porque aunque no es tu perfume lo que hace que huelas a primavera, es algo que te caracteriza. Como tu pelo, como tu pose, tu estilo. No hombre, tu estilo no huele, pero forma parte del matiz. ¡Ay, déjame a mi con mis historias! Yo me entiendo, ¿acaso tú no? No me digas que te has perdido, que siento que te acabo de echar la charla en vano. Te lo voy a decir claro para que conste y quede claro; más te vale echarme de menos seis veces por cada dos tíos cachondos en los que te fijes por la calle, tres veces por cada pieza de comida basura que comas, nueve por cada vez que pienses en sexo y trece por cada 100 kilómetros que te alejes de mí. Ya puedes ir levando bien las cuentas, voy a estar pendiente, y no sirve contar de menos, que nos conocemos. Te ha quedado claro, ¿verdad?

7 abr. 2011

El de lo que sucedió en el dormitorio.

Amanecían desprovistos de edredón dos cuerpos fugaces fundidos en uno. En una calurosa mañana cualquiera de principios de Abril, la escasa luz que permitía escudriñar el dormitorio se filtraba tímida a través de las rendijas de las persianas y se desdibujaba en una aleatoria colocación de cortinas de tono blanco quemado. Por el tiempo, por el uso. Tras las respiraciones entrecortadas y algún inocente jadeo, tal vez un poco a lo lejos más que de fondo, una canción. Apenas pueden percibirla, en aquel instante han hecho del colchón su trinchera y de sus cuerpos, polvorín; aquel cóctel explosivo llevaba ya un tiempo siendo su baza perfecta para no separarse.

Termina su canción, pero no la que sonaba; la que sus cuerpos estaban componiendo. Se toman un minuto, dos, los que hagan falta, disfrutan la placentera sensación. Despiertan un rato después, desnudos uno al lado del otro, sus labios casi pegados, aprovechan la postura, se besan como agradecidos, se ríen por haberse quedado dormidos, se fuman un cigarrillo. Tal vez dos. Y después, en señal de venganza contra el resto del mundo se resguardan el uno en el otro, el otro en el uno, abrazados, todavía sonriendo. Ellos lo saben. Puede que sean los únicos que lo entienden. Y no les importa. Les importa una mierda lo que venga después. Son felices, tal y como habían pactado.