13 oct 2014


Vivo rodeado de borradores, de estúpidas frases que aunque inconexas, son demasiado ciertas como para por alto pasarlas así que más que vivo, voy viviendo, y mientras lo hago trato de ir sorteando la delgada línea carmesí que separa mis tramas de mis traumas y mis trampas. Estas últimas todavía necesitan algo de entrenamiento, cierto es, que lo mismo me levanto demasiado distraído cuando duermo acompañado porque me confío demasiado. No es que confíe o deje de confiar en algo o alguien, sino que me dejo confiar yo, me confío y cuando me doy a confiar, me creo que no las necesito, que puedo vivir sin ellas. Las trampas digo. Lo cierto es que con ellas o sin, voy viviendo, entre borradores que quieren formar parte de un conjunto pero que simplemente no encajan, tratando de que mis tramas no acaben por convertirse en traumas porque cada vez que eso ocurre, la línea adelgaza.

Recuerdo la última trama que quiso salirse de la fila y ser diferente, convertirse en especial. La bauticé como el entonces, un entonces alto, rubio, dulce y guapo al que le gustaban los jerséis de entretiempo, verme fumar en la ventana, el francés (más escucharlo que hablarlo o practicarlo) y que coleccionaba puestas de sol de diferentes partes del mundo. A mí me volvía loco su sonrisa, loco de remate, como para ir a verle a cualquier parte allá donde él quisiera coleccionar otro atardecer conmigo. Recuerdo cómo había algo escondido en el negro de sus ojos que brillaba de una forma particularmente singular, que me hacía saber que todo iba a ir bien si me quedaba a su lado o trataba de estar siempre ahí cuando él volviera de añadir cientos de puestas de sol en París. En verdad, cuando volvió seguía sin hacerme mucho caso, ni siquiera cuando me ofrecí a ir a verle a Valencia. Claro está que malinterpretaba las señales de esa cosa extraña escondida en el fondo de sus ojos, que en realidad supongo que querría decir algo así como "aléjate de mi porque no estoy preparado", cosa que al entonces poseedor de aquellos ojos le costó como dos años y un reencuentro no tan fortuíto soltar, y como queda ya prácticamente claro, aquel entonces prefirió las puestas de sol francesas a verme fumar y decidió no hacérmelo saber debidamente. Y esto nos lleva a la historia de dos años después, la que no tenía pensado contar hasta hace unas horas.

Resulta que durante el pasado verano estaba yo un poco mal del estómago, con un horrible caso de mariposas de sueño ligero que me traía de cabeza y me tenía con el corazón en el puño, el cigarro en la otra mano y la R bien pronunciada en la garganta ante lo que se me venía encima. El caso es que había una fiesta este verano, una de estas a las que mi problema de mariposas estomacal me restringía ir por miedo a que salieran volando por mi boca tras alguno de sus dueños y culpables. Y como toda fiesta a la que uno no debe ir porque está prácticamente seguro de que se va a encontrar en ella precisamente a quien trata de evitar, y sin saber siquiera lo que me podía perder si me quedaba en mi casa, allí me colé yo, para ver de qué iba la cosa. En realidad, es curioso cómo se desarrollaron los acontecimientos en la semana anterior de la fiesta, y cómo en esas cinco noches previas al fin de semana acabé borracho y hasta las tantas, cuando yo hacía ya meses que apenas salía por las noches, ni iba a los bares, ni bebía algo más que cerveza. No entraré en detalles, pero me valía la pena mencionar estas cinco noches previas que desembocaron en una sexta noche en la que yo ya sabía lo que iba a pasar por mucho que me empeñaba en negarlo. Para empezar, hasta que la gente no llevaba de fiesta unas cinco horas yo no acepté ir a la maldita fiesta, y me empeñé mucho en dejárselo claro a todo el mundo durante meses. Ya en medio del mogollón parecía que todo iba bien, volvía a ir un poco calzado de nuevo y las mariposas estaban curiosamente dormidas en contrapunto al griterío mezclado con la música, que venía de todas partes. Y justo entonces una de ellas batió las alas, despertando a las de su alrededor, y giré mi cabeza, porque yo no sé cómo cojones lo hago pero siempre que va a pasar algo yo estoy ubicado en la dirección errónea, así que tuve que girar, y todos sabemos a quién me encontré delante, es decir, detrás pero en mi puta cara.

Efectivamente allí estaba mi amigo entonces, con su misma sonrisa volviéndome loco a cinco metros de distancia y el mismo extraño brillo en lo profundo del negro de sus ojos que manda señales erróneas por tocarme bien los cojones, pero con un nuevo corte de pelo que le hacía incluso más guapo que por aquel entonces, dos años antes, cuando tuve que ir a decirle yo hola a él por primera vez porque se moría de vergüenza por conocerme a través de una amiga en común. El caso es que como me negué a volver a ser yo quien le hablase primero tras no haber vuelto a tener apenas noticias suyas, le costó bastante reunir lo que fuera que necesitara para hacerlo y acercarse a susurrar el 'hola' más tímido y dudoso de la historia. Pero aparentemente eso bastó para despertar a todas las mariposas de mi estómago que me llevaron a seguirle durante toda esa noche a donde él quisiese ir, descuidando la trinchera entre tramas, traumas y trampas. De hecho vine, vi y me dejé vencer. En el fondo he de reconocer que me he vuelto un vulnerable de cojones, aunque me cueste admitirlo y me toque mucho los mismísimos la situación, y que con el revuelo en el estómago se me va la cabeza y hago todas esas cosas que uno no debería, como si los besos de un desconocido fuesen eupépticos o si las copas de las discotecas curasen de alguna manera algún tipo de algo. Pues le seguí, si señor, lo hice, y he de decir que aunque no lo eran, sus besos sí que sabían eupépticos, como si me ayudasen a digerir las malditas mariposas que no se calmaron hasta que al final de la noche una puerta se cerró en mi cara y me volví a mi casa a dormir el ciego porque quedaban otros tres días de fiesta por delante a los que no les podía fallar. Entonces hizo de nuevo una de sus interpretaciones, de las de manual, muy bien ejecutada, en la más sanguinolenta de las acepciones, tal y como su mentor borrachuzo le dijo una noche dos años antes que sería, y luego se fue. O me fui yo. Bueno, no miento, él se fue, y yo aún así intenté algo peor que ir detrás de él, ofrecerme de nuevo a esperar a que recolectase más atardeceres por ahí, probablemente en un intento desesperado porque entonces me llevara consigo a cualquier parte menos a donde realmente me tenía que ir. Porque a continuación del reencuentro con entonces, fugaz y bastante insípido, me tocaba enfrentarme al mayor de los reveses habidos y por haber, el del día en que dos personas que solían tomar malas decisiones juntos decidieron tomar una última y radical. Pero esa es harina de otro costal, otra de las historias guardadas en mi colección de cosas que no debería contar, de donde ha salido la trama de entonces y otras tantas más. Una historia con demasiadas mariposas que aún no consigo que duerman.

27 mar 2014

He aquí un revés de los gordos y serios, de estos que vienen con una carga tan fuerte de dopamina que hacen dudar seriamente de si en realidad se trata de una de estas cosas enrevesadas, como de amor, ante lo cual ya no recuerdo ni cómo tratar, o de simple esquizofrenia. La historia en cuestión surge de una decisión pésimamente tomada por ambas partes, pero así acordada le pese a quien le pese; reconozco que es tarde para reconocer que me equivoqué, pero por si acaso no lo tenía yo demasiado claro, las primeras conjeturas de una primavera bien anticipada se encargaron de recordármelo día sí, día también. Es como cuando dices adiós pero dejando la puerta abierta; de alguna manera que no puedo explicar yo sabía que el pasado volvería a la carga a atormentarme antes o después, y la pantagruélica espera me estaba dejando sin uñas ni apenas aliento. Para cuando quise darme cuenta, sin beberlo ni haberlo comido allí estaba yo entre andenes, encendiendo el tercer cigarrillo consecutivo con la colilla del anterior y convencido de que si había sido tan fácil hasta ahora, así habría de seguir siendo. Y entonces noté su mirada clavada en mí, buscando desesperadamente encontrarse con mis ojos, de manera tan fuerte, casi obsesiva; como quien contempla fascinado la cerradura de una puerta que, muy a su pesar, sabe que no debe abrir. Estoy prácticamente convencido de que ese instante en el que sin haberme girado aún para comprobarlo, le noté en el mismo espacio físico, fue el catalizador en esta trama, aunque concretamente en esta, es bien jodido determinarlo con exactitud. Lo que trato de decir es que todo lo que vino a continuación de ese momento quedó definido a partir de su mirada cristalina clavada en mi espalda, y que no me hizo falta verle para notar un fuerte pinchazo en el pecho que tardaría un par de semanas en largarse por completo. Con el primer abrazo, segundos después, llegaba una oleada de recuerdos confortables de un tiempo mejor en que yo le hacía sentir como un trébol de cuatro hojas y el a mí como un cuaderno de ciento veinticinco, todas ellas garabateadas con letras de canciones, unas veces sobre amor cáustico, tantas otras sobre las ganas de sucumbir ante éste. Y a partir de ahí, todo se sintió como si el tiempo no hubiera pasado, como si nuestra distancia particularmente cuantiosa jamás hubiese existido y pudiésemos seguir contagiándonos nuestras risas y manías a partes iguales. Bueno, no todo, hay un pequeño dato curioso a destacar, y es que durante esta, nuestra segunda fase fugaz de relación intercontinental, las trincheras del coqueteo físico quedaron levantadas para no cargarse la coalición. Parece un detalle nimio y carente de cualquier tipo de importancia, pero al igual que con el catalizador, creo que cuando ambos pusimos cartas sobre la mesa, este estúpido detalle se convirtió claramente en primer punto de giro que vino a sacarme de mi burbuja de idealismo. Yo solo quería dormirme en su pecho cada noche para ser la primera voz que escuchase al día siguiente; pero he de confesar que por mucho que me hacía prometer que lo haría en castellano, mis buenos días se transformaban en el aire en un good morning de acento americanizado.

Es curioso como en esta historia hubo dos actos o partes bien diferenciadas, y si bien en la primera todo eran reminiscencias positivas del primer episodio de este amor, tan atemporal como un chaleco de tweed, la segunda venía cargada de todas esas cosas que ambos desearíamos ser capaces de olvidar. Dentro de ésta, como si de una lista se tratase, un montón de propósitos y quehaceres apilados, un par de palabras adenopáticamente impronunciables, tal vez algún nombre que empieza por erre y unas dosis de sinrazón desmedidas. Resulta increíble lo poco con que fuimos capaz de ser felices, a nuestro modo, durante su escasa estancia, casi tan difícil de creer como el hecho de que durante los primeros cinco días me tenía con los pies casi en las nubes, con su espalda por escudo  y los músculos faciales doloridos de tanto reír y en los cinco últimos no había quien lo consiguiese, el corazón palpitándome gilipolleces, la cabeza cagándose en la puta de bastos y los labios cargadísimos de besimismo. Y no por los celos, ni por la impronta de mis actos en lo que quedaba de ambas nuestras vidas, sino más bien a causa de su presunta voluntad preventiva, por ese par de ausencias en momentos que se concretizaron sin siquiera quererlo. Para que quede claro, diré que yo no tenía previsto echarle de menos teniéndole todavía aquí. Sin embargo, y bien en contra de mis predicciones, de controlar estas cosas no entiendo una mierda ni yo ni cualquiera en una situación mínimamente similar a la mía. Por tanto, allí estaba yo tratando de esgrimir mis escasos y mermados argumentos ante el tribunal de la puta vida, con cara de haberlo perdido mientras caminaba a su lado por la calle, casi siempre en la misma dirección. A veces, sin darme apenas cuenta, las yemas de mis dedos buscaban la punta de los suyos al caminar, y cuando él indeciso me tomaba la mano yo no aguantaba más de dos o tres minutos sin buscar una excusa con que soltarme, más indeciso aún si cabe; en el fondo algo me decía que no quería aferrarme más a alguien que piensa que los españoles no lloramos. Y si bien es verdad que este encuentro fue prácticamente efímero, para mi fue más duro que el anterior, y tras su marcha la primavera no dudó ni un instante en largarse de esta ciudad, dejándome con el grito bien encerrado en lo mas profundo de mi garganta, tan comprimido entre mis faringes que apenas podía respirar. Desde entonces vivir parece más fácil cerrando los ojos, con la anandamida por los cielos, el bulbo olfatorio a pleno rendimiento y sin mirar mucho hacia atrás. Al final, muchas veces, la opción más sabia es quedarse bailando solo. 

30 ene 2014

Llevo un número indeterminado de semanas bien perdido entre el leitmotiv a piano de la banda sonora de Before Midnight y unos cuantos quehaceres desacompasados de esos que mejor dejar para mañana y no hacerlos hoy, tal vez para o por encontrarme mejor. Es una afirmación un tanto aventurada, pero es como es; a golpe de domingo no tan cualquiera las ganas, o más bien la ausencia prácticamente parcial de éstas me invitaba una vez más a recorrer los cuatrocientos cuarenta kilómetros, uno abajo uno arriba, que me acercaban a encontrarme. Tal vez a mi mismo, o tal vez sólo a encontrarme mejor, quién sabe, el caso es que en estos asuntos siempre tengo las de ceder (que no perder), y para cuando quise caer en la cuenta llevaba ya más de doscientos, el chaquetón por edredón atesorando mis huesos, ya no tan húmedos y My Darlin' sonaba por enésima vez. Quizá me estoy volviendo un poco excesivo o exagerado, tal vez deba reconocer que alguna de esas noches en que voy como las abubillas se me escapa el fugas que llevo dentro, se enfila Calle Varillas arriba y no hay quién lo pare, será que me empieza a pesar algún año, tal vez no el pasado, pero sí alguno de los anteriores. 

Hace poco, una de estas veces en un enredo, acabé por responderme que creo firmemente en las casualidades, en los encuentros fortuitos y las cosas que pasan una sola vez y porque tenían que pasar, y no por ello creyendo en eso que llaman destino. Han pasado una y mil desde la última vez que pulsé 'Publicar', tantas que no sabría exactamente cómo recapitular; tal vez una de las maneras más sencillas de resumirlas sea simplemente pasar de todas y cada una de ellas, que se me va al cielo el santo y la tenemos liada. Esta noche me siento un tanto eléctrico, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, las voy soltando poco a poco, a veces sin que se note, como en efecto Kuleshov. Desde aquella vez que mi inspiración se largó con otro (la muy hija de perra), tan solo consigo frases sueltas, nunca principios o finales de historias, siempre intermedios bien jodidos de hilvanar, con los que vete tu a saber por dónde empezar. Pero ni bienes que por males no vengan ni galimatías existenciales pueden con unas ganas de contar, y una vez encontrado el motivo, todo son coincidencias y acrobacias verbales. Tal vez, a veces, sea demasiado. Otras, sin embargo, hasta parece una especie de recurso aliterado de alta carga soez, como esas risas que se esconden en algunas canciones, traviesas, sensuales, expectantes de correspondencia. 

6 oct 2013

Hay ciertos asuntos en esta vida de los que es demasiado complicado despedirse, y no digamos resumirlos; las últimas mañanas de este verano me lo hicieron ver claramente, amaneciendo como preludios melancólicos, de azul intenso y rayos de sinrazón colándose por las ventanas. Después de haberme hecho un par de maniobras trece catorce a mi mismo y tras el primer truco de escapismo nocturno con alevosía, decidí que era hora de soltar la maldita frase; Ha sido un verano. Dejémoslo ahí, porque es prácticamente impertinente ponerle un adjetivo esta vez, quizá para el año que viene, con más calma, me lo planteo. Y es que quedarse sentado a verlas venir como única opción no puede traer mas que catastróficas desdichas consigo, yo allí recostado, en cualquiera que fuese el banco, sofá o asiento de turno, dándole a la sinhueso un pelín más de la cuenta sobre algún que otro tema de conversación, por no seguir prolongando uno de estos largos silencios cómodos que vengo arrastrando esta última temporada... y obviamente, sin erótico resultado.

No era hasta justo antes del anochecer, cuando ya están las farolas encendidas y la playa se va quedando vacía, que el cielo se cargaba de un fucsia surrealistamente anhelante, acallante, de ese que trae arritmia cardíaca del haber querido pero ya no querer querer más. Para entonces, casi siempre cerveza en mano, cuando el sol amenazaba con darse el piro y las terrazas iban llenándose de nuevo, cuando la noche cobraba su carga positiva comenzaba el postludio, a cada cual más inesperado que el anterior, y casi todos salpicados de reencuentros con el pasado, de los que vienen con moraleja, pero manda cojones para encontrársela. Recuerdo una de esas noches en particular que me ayudó a comprender que tarde o temprano debía dejar de guardar rencor en una cajita, porque aunque fuese muy en el fondo de mi mismo, sabía que ninguno volvería jamás para recogerla. Y esa caja era, por tanto, el lugar donde se escondían mis resumentiras, pequeñas excusas para no tener que contar. Después de aquello, supe que algo tenía que cambiar, aunque fuese lo que estaba bebiendo en aquellos momentos, porque o estaba empezando a delirar tras aquella última ronda de tequila reposado o tal vez comenzaba a comprender por dónde iban los tiros y lo jodido que iba a ser empezar a buscar la manera de empezar. 

Entonces, justo entonces, fuera cual fuera la noche, volvía el amanecer, impune, a sacarme del modo avión, a hacerme caer; o en la cuenta de lo cíclico que es todo, o en el jardín más cercano y estallando en risa de la contagiosa, de la de no poder ni querer parar. Todo dependía del día, o más bien de la noche, que como venía queriendo decir eran mejores que los días. Y eso sí, puedo haber decidido no ponerle un adjetivo a este verano, pero ello no tiene que ver con que no le haya puesto un tono; sin duda ha sido un verano del color del alba, de ver el tiempo pasar lánguido a mi alrededor, o de languidecer yo con él hasta llenar mi colección de amaneceres en los sitios más insospechados o dispares, incluso mirando hacia ciertas ventanas, quién sabe. Alguna de estas ataráxicas mañanas comenzaban cuando te dabas cuenta de que ya no podías decir técnicamente que fuese de noche porque podías hasta empezar a broncearte, enésima copa en la mano, apenas sin voz pero con un nuevo paso de baile recién estrenado, a ver quién te manda a cama a tí a estas horas, y más después de una inesperada llamada desde cierto concierto. Así que abandonas tu posición estratégica decúbito supino en una tumbona de la piscina y saltas a ésta con la intención de refrescar tus pensamientos antes de rendirte al anhelante sueño de quien ya ni siquiera desespera, porque 'pa qué. A ver si salimos de ésta.

Pues como iba diciendo, ha sido un verano. Sé que no terminar esa maldita frase con un adjetivo la convierte en una auténtica resumentira, pero era eso o mandarlo todo a tomar viento, o por culo, según se mire, pero siempre bien lejos. Como cuando Amy metió todas las cosas de Frank en una caja, incluyendo el sostén de Moschino. Todo a la mierda. Y obviamente no andaba yo muy por la labor de hacer lo mismo, así que allí recostado, sinhueseando de más para ejercitar músculos y sin dejar por ello de sinrazonear, le contaba yo a mi vecínigham que tenía un montón de frases sueltas e inconexas con las que algo tenía que contar, porque él mejor que nadie comprende lo que se siente cuando tu inspiración se marcha con otro, la muy hija de perra. Y él me decía "tío, yo paso de follármela para que luego la haga reír otro" refiriéndose a su inspiración, o a la mía, o a las dos, o tal vez a ninguna, pero a mi me gustó esa frase, y supe también tenía que incluirla, y además, me hubiese gustado que fuese un final. Lo sé, soy consciente de que debería haberla dejado para el final pero es que tengo una mejor guardada, una que a él también le gustó. El caso es que su frase era la pieza del puzle que me faltaba para ver el todo, que importaba más que las partes al parecer, y sin prisa pero con bastante más que pausa me decidí a hilvanar todas estas frases para tratar de contar un todo yo también; un todo bien crudo, pero un todo al fin y al cabo. Y lo pospuse para contarlo desde aquí, la ciudad a la que llamaba mía hasta que comprendí que lo que me enamoraba no era la ciudad en sí, sino cuando hace no tanto ésta era un simple decorado y mi ciudad, en realidad, era él.

15 jun 2013

En una de estas últimas tardes, que tanto saben a anticipo estival y a ventanas abiertas para toda la noche, mientras el viento colaba recuerdos de años consecutivamente pasados, me vino a la cabeza un asuntillo enrevesado donde los haya; se trataba ni menos ni más de que ya no tenía un sólo lado de la cama, si no más bien tres, y cada uno de ellos con su correspondiente posición estratégicamente rebuscada. Es curioso lo fácil que fue encontrar el sentido de todas y cada una de ellas frente a lo tediosas que pueden resultar las épocas de transición entre dos de estas tres posiciones para dormir. Así, alternando la otra con una en un vano intento por calmar mis nervios, los días iban pasando impunes, si bien éstos se sucedían de una manera implacable, y no había quién los parase. Entonces yo vivía como aislado en mi torre, apartado del vaivén de las concurridas calles del centro, sin apenas ganas de salir a disfrutar una ciudad donde ya no se daban tantas como se habían tomado, y en cuyas noches uno no debía fiarse ni del apuntador, y mucho menos del camarero.
Estas tres posiciones se habían ido incorporando a mis rutinas de forma prácticamente inconsciente durante los últimos años, tal vez alguna heredada de vete tú a saber qué clase de tormentosa relación sentimental enterrada bajo capas y capas, una de tiempo y otra de distancia, sucesivas. Si me paraba detenidamente a pensarlo, poco quedaba ya de aquel chaval que pisó por primera vez esta ciudad dispuesto a escudriñar cada rincón, a aprovechar cada minuto de ansiada libertad, a tomarse una cerveza en cada uno de los cientos de bares que en ella todavía hay. Este último propósito, curiosamente, fue uno de los primeros en caer en el olvido tras el primer atisbo de amor fugaz que llamó a la puerta 406 de la residencia Miguel de Unamuno para pedir perdón, vistiendo un chaleco vintage y unos rizos concienzudamente alisados, allá por Enero de 2009, cuando por nada del mundo sospechaba que estaba a punto de comprender de primerísima primera mano la empatía. El sol lucía distinto cuando estábamos juntos, y yo no era el único que se había percatado.
Supongo que a estas alturas, con la de idas y de venidas que esta vida me ha demostrado tener, ya apenas importa que sea un tanto más explícito de lo que fui por aquel entonces, y lo haré para que quede claro el asunto; ni siquiera sabía que estaba quedando con la pareja de otra persona. Sin embargo, el seguir adelante con aquella relación no fue sino el primer síntoma de esta empatía de la que hablo, claro que en aquel momento de mi vida apenas sabía lo que hacía conmigo mismo como para darme cuenta de ello. No sería hasta meses más tarde cuando comprendería que tenía que desengancharme de él y de su humor inteligentemente desternillante, con todo lo que aquella decisión conllevaba. Tantas dosis empática me había dejado seco. Pero la vida no estaba sino comenzando a enseñarme alguna de sus cartas sueltas, la muy cabrona parecía tener una baza triunfal, y durante los meses siguientes a despedirme de aquel primer amor universitario, tras un curso de cómo engañar personas que, por suerte, suspendí, comencé a comprender muchas de las jugadas que estaban por llegar, como a verlas venir. Cuando ya la has cagado una vez, más que aprender a cómo no volver a joderla, aprendes cómo se hace y las consecuencias que puede tener, y esto no es del todo justo, pero así viene siendo.
Poco quedaba, como iba diciendo, de aquel chaval que huía de todo lo que conocía para empezar de nuevo. Y sin embargo estaba claro que en el fondo se trataba de la misma persona, solo que un tiempo más tarde, ya sabemos que el diablo no sabe sino por viejo, que más vale ciento y la madre que arrepentirse por lo que uno no hizo. Me costó olvidar a aquel desternillante proyecto de periodista lo que le lleva a un niño aprender a escalar hasta el bote de galletas; el tiempo suficiente, una porción indefinida de éste que es necesaria para aprender a seguir adelante, a superar de una vez el obstáculo. Para entonces yo pasaba el verano de cuerpo presente en la costa norte del país, salvo que con la cabeza bien, bien al sur, sin saber que precisamente esto último no era sino otro obstáculo peor que vendría después. 

9 may 2013

Siempre he sido de los del buen pensar, de quienes toman su pasado como historia, la suya propia, y crecen con cada punto de giro de la trama. O al menos, lo era hasta el día en que todos mis títulos decidieron comenzar por "El de..." y de que la letra R de la palabra 'Revés' decidió hacer acopio de su nombre. Sin embargo no he dejado de escribir esta, mi trama mayor, la mía propia. Todo comenzó como comienzan las cosas que realmente importan, sin que uno se dé cuenta, en un amanecer de copiosa lluvia de la que tuve que volver desde el centro corriendo a refugiarme, tras el tedioso anhelar y exhalar en la ventana de mi dormitorio de las afueras, con la cabeza colgando hacia afuera, empapada y dando vueltas tras las últimas dos cervezas, y el disco 'Perfect Symmetry' sonando de fondo. Llevaba apenas unas semanas en la ciudad, y era tan ingenuo como parecía; si me hubieran anticipado tan solo uno de los capítulos que redactaría durante los siguientes meses, hubiese creído que era ficción. Y nada más lejos de la realidad, todas y cada una de ellas, historias, fueron vividas y narradas como tal, con los puntos sobre sus íes y abuso del punto y coma, sinrazón de por medio. Muchas veces a modo de brainstorming, tantas otras como maniobra de escapismo o mecanismo de reacción, el resto, tal vez, tan solo por contar. Y casi todas escritas antes de la hora de comer, como preludio de lo que estaba por venir.

11 abr 2013

No sé que pasa con mi primavera, que la tengo como rizada y cuanto más me acerco a la costa, más se me empiezan a abrir algunas puntas y no hay quién me la peine. Será porque su llegada, bien tardía, me pilló amaneciendo en plena playa, recién salido de un club nocturno de los de gente guapa y botellines de Heineken con ponche, con la gorra por montera y las botas desgastadas en la pista de baile, de hacer del suelo poesía. Eso, o que era suficientemente tarde para decir que era pronto, las ganas sonando a golpe de contacto de la agenda telefónica del que tirar, el camino de vuelta a casa por delante y la tentadora piscina de la urbanización como oasis. Dos chapuzones después amanecía de nuevo en el más dulce de los silencios, bajo los primeros rayos de sol en semanas y justo a tiempo para un tentempié antes de presenciar un buen cabezazo literal  de esos que, si te pillan en posición de la risa, despiertan al bloque entero. No sé qué tiene mi gente que hacen que quieras retrasar para siempre el momento de trepar a la litera superior. Para cuando la suave voz de Silvia vino a buscarnos un par de horas después al dormitorio, el sol seguía allí, azotando la terraza implacable para hacernos disfrutar aún más del delicioso almuerzo en la terraza y demostrando que no hay prima que por la vera no venga, y si me apuras, que un sol merece a otro sol. 

A cientos de kilómetros de distancia de la playa, en el único otro lugar en el mundo al que jamás haya llamado casa, los amaneceres se irregularizaban unos a otros a golpe de horarios, locución y entregas, de preestrenos de documentales e investigación sobre programación televisiva, de horas extra de rodaje y prácticas de sistemas hipermedia. Y en medio de todo este caos uno más pequeñito, más particular; el de lo propio, lo de adentro, o más bien lo de siempre, lo inenarrable. Hace poco me contaron que las musas no cobran derechos de autor, y sin embargo a mí todavía me quedan facturas pendientes de antaño, pensamientos en sobre que van llegando como recibos de gas sentimental al buzón de mi piso, de la manera más repentina, como de sopetonto. También me contaron que con una musa o numen no se mantienen relaciones porque se pierde la conexión de inspiración, y esto manda el resto de teorías al cuerno, así que en el fondo de mí, decidí creerlo sólo a medias. Lo que sí que es cierto es que, tras todas y cada una de las cosas que dejé enterradas en la playa vienen enganchadas varias fotos que tenían que haber sido recortadas en triángulos y un montón de cohesión enunciativa de la que me hizo perder la coherencia textual durante largos meses. Y es que hay tres normas para escribir bien, la putada es que nadie las conoce. 

3 mar 2013

Enterrada bajo un montón de capas de pretextos y despropósitos se encontraba la coherencia textual perdida el día que los títulos comenzaron a tener sentido entre sí, bien dormida desde tiempo ha, y tras cuatro o cinco intentos de retomar la ardua tarea de découpage emocional, no tan en vano como pudo parecer, las ganas de contar se acrecentaban ante una pandilla mediana de cosas dispares que contar y Febrero prometía ser un mes más de antesala a algo emocionante, como tantos y tantos consecutivos. Puede que no tengamos todas las respuestas, o que éstas sean imposibles de encontrar, puede que este invierno no haya sido tan cruel como los demás acostumbran, por poder puede hasta que haya pasado página desde la última vez que arranqué una. Érase una mañana de las de después del último entreaños y sus nefastas consecuencias, una bastante cualquiera, de las de 'vente tú, que ni por salir de casa', y érase a su vez una noche atípica, infame como ella sola de esas en que cuando quieres darte cuenta estás de besimismo hasta las cejas, nostalgia arriba, caricia abajo. Y lo curioso es que ambas pertenecían al mismo día, que a partir de ahora conoceremos como 'el día que mucho, mucho después de cesar la tormenta, brilló el sol durante algo menos de dos horas', un día que, desearía, no hubiese tenido fin. Sin embargo y aunque hayan sido citadas, ambas mañana y noche no presentan relevancia alguna con respecto a la breve pero intensa acción, sino que ésta, como indica el extenso pero conciso nombre del día en que se desarrolla la misma, sucede en el intervalo temporal de apenas hora y treinta y cinco minutos en que el sol invadía el dormitorio.

Las tostadas siempre caen por el lado de la mantequilla, poniéndolo todo perdido. Los gatos siempre de pie, y además los muy cabrones tienen siete vidas. Los humanos, más de una vez con la misma piedra; el caso es caer, y en este caso concreto caer en la cuenta. Despuntaban las seis y sabedioscuantas de la tarde de un domingo y la ventana filtraba ráfagas de olor a hojas cayéndose y a hojas ya caídas a partes iguales cuando llegó el primer punto de giro en forma de beso no-tan-inesperado. Pero hay que subrayar ese beso bien, porque no fue uno cualquiera, o no estaría aquí contándolo, fue uno de estos que se ganan a pulso pasar a la historia, un beso de los que ponen la prosa dura, con su minúsculo a la par que tentador lunar en el labio superior y su susurro de después, que no por menos algo tan nimio como un beso se convierte en primer y trascendental punto de giro. Sabía a besimismo puro y duro, tan duro o más que la prosa, y cuando un beso sabe así es por dos razones bien claras; la primera, que no por ello más importante pero probablemente si, es porque besas sabiendo que vas a añorar, y por ello es aún más tentador. La segunda razón me la he dejado por descuido en el bolsillo derecho de sus vaqueros, no tan difíciles de desabrochar al fin y al cabo, junto a una de las sonrisas más sinceras desde hacía mucho, pero venía a decir algo así como que el pesimismo del que se carga el beso es simplemente eso, una carga, un condimento de nostalgia dulce que le da sentido a lo que viene después.Y por supuesto como casi todo el mundo puede comprender, la cosa se pone bien concupiscente en cuanto al dormitorio temporalmente soleado, y como en todo buen nudo de una historia del яevés que se precie de serlo, el beso lleva a otro y éste a un tercero, y cuando uno quiere darse cuenta ya no hay ropa. 

Para el segundo punto de giro algún imbécil decidió meter una llamada telefónica de las urgentísimas, que aunque no llegó a interrumpir del todo el ansiado clímax (siempre cinematográficamente hablando) anunciaba la inminente llegada de los créditos finales de una historia que merecía menos que cualquiera tener un final, porque debería haber sido eterna y no efímera. A pesar de todo no era otro el propósito de la escasa duración de la acción que el de potenciar la intensidad del mismo para aunar distintos instintos y vencer así a la cuenta atrás y saber leer entre líneas lo que el besimismo quiere venir a significar. Hay etapas que se cierran cuando uno menos se lo espera o más estaba disfrutando, y otras que simplemente no se quieren dar por concluidas al igual que hay personas que se tienen que ir en el mejor momento y otras que ni a patadas.  Por alguna sencilla razón que no llegué a comprender, el karma decidió aquel domingo cualquiera mandarme un mensaje de tregua en forma de múltiples coincidencias poco probables que poblaron los diálogos desde el primer al último minuto de la acción, que termina lejos de donde empezó, en un portal de las afueras de la ciudad con un último beso que ya no supo a besimismo, sino a besitivismo radical y un último intercambio de miradas que vino más cargado de segundas intenciones, si cabe, que el primero.

18 feb 2013

'¿Qué tal te ha ido el invierno?' me preguntas el tercer lunes del mes, en la más imposible de las posiciones sobre el ya desvencijado sofá libro del salón, con mis calzoncillos de seda con dibujos de diamantes por pijama y tu sonrisa puntiaguda como interrogante final. Suena Otis Redding de fondo y no paro de ojear la modesta biblioteca que no llega a ocupar una balda entera de la estantería, que más bien es una difusa composición de títulos best seller que quieren llegar a ser colección pero que probablemente, como casi todo lo demás, se queden a medio camino entre el olvido y el sin querer. Dejo pasar mi dedo índice por el lomo de todos y cada uno de ellos, considerando la posibilidad de empezar de releer alguno, tal vez concederle a uno su segunda y quién sabe si merecida oportunidad, y lentamente avanzo hacia la cocina, donde sirvo una copa de vino para volver con ella al salón y sentarme en el suelo en silencio. El sofá vuelve a estar vacío, aunque esta vez ya no haga falta frotarme los ojos ni pellizcarme para confirmar que no era ni sueño ni alucinación, y por el lado positivo del asunto, la copa está casi llena.

Un rato después, cuando entro en el dormitorio para preparar mi ropa del día siguiente la situación es similar; esta vez la banda sonora corre a cargo de Bill Withers y mientras yo ojeo entre mis camisas, me preguntas desde el lado de la cama que no te corresponde, poniendo ojitos, que si no te he escuchado hace un rato cuando preguntabas sobre mi invierno. La puerta de cristal que da al balcón filtra aire, efectivamente tenías razón y la diferencia térmica es claramente apreciable en comparación con el resto de la casa, afectando con menor intensidad a la zona del armario que al resto de la habitación, así que mientras descuelgo la camisa de pana verde botella y una chaqueta gris de punto, tu maldita pregunta consigue hacerme dudar entre pantalones pitillo vaqueros o negros. Es entonces cuando recuerdo que he olvidado la copa de vino en el salón, y cuando vuelvo de recuperarla, no sin antes haberme cerciorado de que para el final de este párrafo la copa estuviese medio vacía, compruebo que has vuelto a irte sin tu tan preciada respuesta para poder, al fin, responderte en alto 'Si te digo la verdad, ni tan mal' antes de volver a apoderarme de mi preciado lado de la cama. 

9 ene 2013

Todo empezó en el período de entreaños, ese atípico intervalo temporal que aproximadamente cada trescientos sesenta días me sorprende con una nueva; de un tiempo a acá siempre viene cargadito de sorpresas, que si huracanes por aquí, que si volcanes por allá, pero todos dentro de mi cabeza, guardando tras de sí historias con encanto. Entreaños es una fecha muy idónea, y la gente lo sabe, y lo explota, es todo estupendo, y entre más flautas que pitos te confundes siempre con el tú de hace tres años, y se lía bien parda. Solo hace falta una buena dosis de paciencia ficción para aprender a sobrellevarlo.

El asunto en cuestión, como iba diciendo, empezó en algún entreaños del último lustro, la putada es que no podría concretar con exactitud la fecha, que aunque no es para nada relevante, aportaría cierto grado de credibilidad al relato; un fallo de raccord emocional lo tiene cualquiera. Lo que sí que recuerdo es que había sido un año de reveses por doquier, que ni por llevar las cuentas, qué quieres que te diga. Y reconozco que debió ser un ataque espásmico de naviditis aguda, de esa que a todos nos hace pecar de verborrea tras la segunda copa de cualquier cosa a la que le hayan puesto enebro. Solo fue la naviditis. 

Percal que por bien no venga, mírale el diente, o algo. Creo que esa es la mejor de las moralejas que pude sacar de aquel extraño enero en el que mi cabeza estaba de road trip por Europa como consecuencia y / o efecto secundario de una buena dicotomía sentimental. De cualquier manera, la cosa acabó justo antes de empezar, porque el entreaños además de traicionero es tan indefinido que cuando te quieres dar cuenta, ya se ha ido otra vez sin dar tiempo siquiera a rozar la comisura del recuerdo de lo que pudo ser o incluso haber sido.   Tal vez el próximo nos pille confesados a todos. 

5 nov 2012

'Cualquiera podría haber salido perdiendo', se plantea casi todos los días bajo la ducha, las horas pesando en los párpados, matutinas, tempranas de más para un desrutinado en un vano intento con bastante pena y sin gloria alguna por vencerle al reloj en la batalla de los quehaceres. La niebla escupe su canción, entra en tí como un ladrón, te va oxidando sin más. Las calles llenas, las gotas de lluvia en los cristales de las gafas, el pelo calado y el cigarrillo a punto de estarlo, las ganas olvidadas en la mesilla de noche junto al despertador. 'Cualquiera podría haber salido perdiendo' piensa de nuevo, 'pero a mí se me da demasiado de lujo como para haberle cedido mi puesto a cualquiera'.

Fuere como sea, amanece esa ciudad bajo un manto oscuro sobre el que aún se pueden contar unas cuantas estrellas, y si el día se presta lluvioso, a veces el aire huele a alguno de los nombres masculinos guardados en su caja de personas que continuaron sus vidas sin él, abandonando ese lugar en que no existen otoños ni primaveras y todo lo que eso consigo conlleva. Otras, sin embargo, los primeros despuntes del albor incitan a los pequeños y mundanos placeres contemplativos, causando estos mas de un estupor de los profundos; y si cuando tardías, las ganas siguen esperándole en la mesilla de noche a la hora de acostarse, les cuenta que ha merecido la pena dejarlas ese miércoles olvidadas en casa, porque en el fondo no había absolutamente nada que hacer. Olvidar y perdonar, o perdonar y olvidar, lo que vaya primero y en cualquier caso, lo más conveniente. 'Al menos no dormiré solo', piensa. Sus ganas se hacen hueco en la cama, cierran los ojos y se abrazan unas a otras.


15 oct 2012

Nunca pasa nada bueno después de las 6 de la mañana, mucho menos si ya ha empezado el otoño. Esta y otras conclusiones se unían a los quehaceres de un lunes gobernado por las pocas ganas de cualquier cosa que exigiese un mínimo esfuerzo y los resoplos. En el fondo todos sabemos para qué son los domingos y que las consecuencias que este propósito existencial siempre han tenido son bien imprevisibles; el que se arriesga, no tiene por qué ganar. Si hay algo que sacar en claro es que probablemente la única diferencia entre el martirio y el suicidio es la cobertura de prensa, aunque tal vez esa sea la visión de la historia que nunca ha querido ser contada. 

20 sept 2012

Contextualización.


En blanco a la hora de empezar a redactar de nuevo, como siempre, lutos sentimentales varios y otros cuentos para después de haber intentado dormir y no haberlo conseguido. Así y en paños mínimamente menores, tumbado sobre el desvencijado sofá de rayas, antaño mal llamado sofá cama, las horas contadas para ser suplantado por otro aparentemente trescientos años más joven, o sencillamente un intento frustrado de redecorar una vida. Recuerdo que antes dejaba los títulos para el final, me las daba de puntoycomista y abusaba del pretérito, no, espera, eso no he dejado de hacerlo, ni lo último ni lo penúltimo; supongo que cambiar algo no es tan fácil como lo pintan, al cabo y al fin. Me lo ha contado mi yo del espejo, que últimamente está algo más sabio con todo el tema de los días no vividos, puede que le haya notado un poco sensible, tal vez porque guardaba en una caja su pequeña colección de historias de vuelta al cole más prometedoras que la que estaba a punto de afrontar. Historias que hablan por si solas, pese a que tal vez sus títulos no les hagan justicia alguna, que esconden detrás de alguno de sus pliegues senda lección de algo parecido al amor grapada, anclada entre líneas para darles a todas las frases la cohesión que precisan para ser consideradas como texto en sí mismas.

Nunca me han gustado los/as mates, independientemente de lo que estos fueren, ni los autoestopistas sentimentales del te pillo aquí y punto final. Tampoco los martes, nunca han sido un día especialmente especial, ni mates ni martes, que solo traen pormenores. Corrían tiempos inciertos, de los que te adelantan cuando menos te lo esperas, tiempos de grandes cambios en pequeñas dosis, de dulce lentitud e incursiones a carta descubierta, las ganas queriendo ser algo que ya no eran, el pecho a dos mil y los últimos resquicios de mi cosecha personal desenterrados del cajón de las cosas a olvidar. Rescatados, más bien, por este tipo de coincidencias que solo se producen como resultado de la correcta alineación de los fenómenos. Secretos que no radican tanto en la puntuación o en el contenido, sino más bien en la estructuración del producto final, que muchas veces habla por sí sola. Fuere como sea, independientemente de los tiempos que corriesen, por fin había conseguido todo lo que llevaba tiempo persiguiendo, o casi todo, y estaba claro que era el momento exacto del detonador. Probablemente por ello siempre me entra una especie de miedo al primer indicio de cambio sísmico, por lo fácil que surgen los huracanes a mi alrededor debido a mi polaridad, es cuestión de meros segundos. Para ello solo hay que ponerse en el peor de los casos y restarle dos grados de iconicidad para una visión menos realista, como si llevases un par de copas de más encima. O tres. 

16 sept 2012


Abnegación, que por su ausencia brillaba en aquel período estival, empezaba a sacar lo peor de toda persona a quien había creído conocer, y me tenía aislado en el epicentro; a mi alrededor todo eran fuegos superficiales de artificio bajo los pantalones o justo sobre el pecho y unas cuantas corazonadas que formaban un torbellino de desatino y demás desventuras del querer dejarse querer, que a veces no significa ser querido en absoluto. En verdad, seguro que era yo, que estaba un poco hasta los cojones de absolutamente todo, y que muy a pesar de haber cambiado el método de titulación por defecto seguía esperando al quinto tachado para continuar escribiendo historias de besos bajo los cañaverales que me llenasen el tanque de cariño, historias que no fueran ‘El de…’. Yo solo sé que en esa casa volvieron a pasar muchas cosas y nadie se enteró de nada; o tal vez alguien se enteró de demasiado. Llamémoslo espera del que al final desespera o pájaros en su cabeza, el caso es que la sensación sísmica ajena me sacó de la cara la sonrisa y de mis casillas en más de una ocasión, verles tropezando con alguna de mis piedras favoritas me hacía sentirme descabalado, solo pensaba en empezar a girar yo también, las ganas asomando en el bolsillo del pecho de mi camiseta azul marino en aquella suerte de noche eterna que me atrapaba de manera implacable desde tiempo hacía ya.

Aquel fue el momento en que llegó un entonces a llamar a mi puerta, rescatándome del ojo del percal giratorio para mantenerme a salvo por fin, un entonces alto y rubio cuya sonrisa delataba que era de lejos el mejor entonces al que me podría haber aferrado, sus ojos aprendiendo día a día a clavarse en los míos hasta obtener casi cualquier cosa que pudiesen haber deseado, sus manos ancladas en mi cintura guiando escalofríos a recorrer mi espalda de lomo a tomo como si de rayos eléctricos se tratase. Algo me hacía ver que detrás de aquel rostro inocente se escondían una serie de porqués que serían subsanados en un corto período de tiempo, que era imposible evitar verse reflejado en aquel entonces tan jodidamente guapo, tan auténtico. Y es que los entonces vienen con un punto al final de todo, un punto que por mucho que intentes convertir en ‘y seguido’ termina siendo un ‘y aparte’ de forma irrevocable. En realidad, lo bueno de un entonces es saber verlo venir y dejarte llevar por el, la clave está en ser el primero en decir hola, porque muchas veces con eso basta, saludar a una persona y secuestrarla a los cinco minutos de conversación, se trata de perspicacia y otras artes del crecer que ayudan a acumular el mayor número posible de ‘y seguidos’ hasta el inevitable ‘y aparte’, que en el fondo no es más que un salto de renglón en el que hay que aprovechar para recargar la tinta en la pluma que escribe la historia.

Apagué el despertador del móvil a las 07:50 tras una noche de pulpejo mordisqueado, sinrazón a escondidas y a suspiros, besos de crédito y demás muestras de afecto, de dormitar a pierna suelta y brazo bien tendido, como de improvisto y bajo un techo estrellado, la cabeza de Buda me dio los buenos días con su halo fluorescente desde la vitrina, y yo que no sabía ni quería ni podía despedirme, yacía en la enorme cama con los brazos estirados al máximo para comprobar que, efectivamente, mis dedos no alcanzaban los extremos del colchón. Luego un baño de espuma de sueños y burbujas, que aunque no tendría por qué ser el último, olía como tal; media hora de reloj a remojo y luego apaga y vámonos de manual. Desde entonces, en concreto, unas cuantas excursiones del subconsciente que entre sueños y en voz baja algo vienen a decir, mil y un lecciones del manual del mentor borrachuzo, ciertas como la vida misma y un montón de detalles que recuerdan sin querer, como apariciones que roban sonrisas ante escaparates y así hasta ciento. De hecho hasta ciento uno, porque entonces me recordó que hay historias en las que un punto ‘y aparte’ no significa, ni mucho menos, un punto ‘y final’. 

11 jun 2012

Mecanismos, herramientas, uniformes... y chica también.

De confesiones a primera hora de la mañana frente a frente con el espejo como mecanismos, en un lunes de los que amanecen nublado y luego abren, que aunque no eran necesarias, habían sido acordemente recetadas. Porque apetece mientras amanece, o incluso un pelín antes, cuando la ciudad duerme y los sueños se pueden oler desde el balcón, impregnados en brisa apacible, justo un momento antes del aroma a café que indica que ya no eres el único que casi desnudo escudriña tras los barrotes cada minúsculo movimiento en las calles desérticas. Es como cuando ves que alguien lleva tus mismos zapatos, o como rezar para que el cura no llegue, todo a la vez bajo una perspectiva un tanto rebuscada; un par de primerísimos primeros planos picados a modo de herramientas y un par de roces concretos en sitios exactos. El caso es que amaneces por segunda o incluso tercera vez en el día, con tu desprovista cara de miércoles mal vista ante el contexto, pero que ahí está y no molesta al personal, y te das cuenta de que los sueños hay que saber vivirlos, porque sino a ver de qué sirven, y que nos quiten lo bailado, fuera los uniformes y a soñar, a bailar. En esos instantes, sobre ambas cabezas, endorfinas de fresa ácida que fluyen desde uno des sus hipotálamos, que revolotean el dormitorio de forma cuidadosamente aleatoria, que planean sobre los elefantes de la colcha y el resto de la geografía humana dispuesta sobre el colchón de manera casi estudiada, todo son trompas hacia arriba, de las que dan buena suerte y risas tontas con mordisco...

Y por un instante, tan solo uno, de estos que es complicado definir cuanto duran pero que son eso, instantes al fin y al cabo, una de las dos mentes quiere estar en aquel dormitorio granate del centro de una ciudad costera, en un edificio sin ascensor cercano al puerto, de techos altos y cama de medio dosel frente a un enorme vestidor con puertas de espejo. En ese que tiene banderas de ciudades británicas, las puertas con vidriera translúcida y los cajones llenos de recuerdos, peluches de monos y pollos y chica también, desde el que se huelen los croissants de El Molino y en el que las endorfinas no son frutales. Es entonces cuando otro instante empieza, el siguiente, ambas mentes vuelven a conectar, el anterior se desdibuja hasta que lo único granate que queda es el fondo del armario, abierto de par en par ante el festín.



2 jun 2012

El del chapuzón reminiscente

El reloj marcando las nosequé de la madrugada, yo aún no dormía aunque me empeñaba en intentarlo a base de perseguir la parte más fresca del colchón y de giros bruscos a la almohada, cuando se presentó ante mí la respuesta a una pregunta que jamás me había hecho, y ahí se truncó en asunto. Tremendismos y calores aparte, aquella noche era imposible conciliar algo cercano a querer llamarse sueño, y aquella respuesta no buscada desencadenó en un chapuzón reminiscente en el fondo de mi océano sentimental, con intención de soltar el ancla en una noche que no parecía pretender llevar a buen puerto, y aunque yo no andaba por la labor, sucumbí al frescor de un par de recuerdos enlatados. Lo justo para pasar catorce minutos saboreando cerveza italiana de destilación artesanal, sentado al fondo de la modesta bodega perfectamente acomodada para dieciséis comensales de un curioso restaurante escondido en un pequeño callejón de un Madrid al que jamás había conocido; descarado, angloparlante, cosmopolita y muy adictivo.

Me dejé dejarme dejar en la recreación de esa noche, en el sonido del teclado al que Richard le hacía el amor un par de horas antes de la cena, durante la presentación acústica, en la primera mirada fulminante de Bigotes, en la segunda, la tercera y la quinta, especialmente esta última. Recordé un árbol de navidad dándome la bienvenida, y encontrar mi camisa blanca muchas horas después de haber empezado a buscarla, hecha un trapo bajo el curioso abeto; casi pude sentir de nuevo una farola en pleno intento fallido de perfilar mi sombra, y a Bigotes rasgando un jirón de mi piel desnuda en un balcón de La Latina, volviendo a recorrer sus dedos con mi cuerpo, recurriendo a ser sus instintos más básicos, su sed, su hambre en una de esas noches que llenan tanto que te silencian, que acallan la voz dormida de la emoción con melodías de pop británico informal, del de camisa de cuadros y zapatos bien lustrados, noches de almohadas viscoelásticas de esas, noches que te dejan con un peinado indescriptiblemente indomable, la sinrazón perdida por los suelos y un roto en los pantalones aguamarina, justo en el tiro, que aunque venía de fábrica, volvía de factoría.

Supe más tarde, como se saben las cosas que realmente importan, que se pueden eclipsar amaneceres sobreponiendo lunares de dos cuerpos distintos y distantes, pero que el efecto es casi efímero; supe que Bigotes y yo éramos de mundos tan indistintamente distanciados como nuestros cuerpos, así como supe que de no ser por él, no estaría buceando entre recuerdos, pero tampoco tratando de dormirme. Supe que era hora de salir a la superficie de nuevo a respirar tanto como que me costaría volver a escuchar The Boys y no sentirme tentado de volver una y otra vez a aquel recuerdo; fue entonces cuando el reloj me hizo saber que los catorce minutos habían terminado y que con ellos se iba la cuestión plegándose sobre si misma, haciéndose pequeñita y colándose en un hueco de mi subconsciente, a la espera de nueva orden. Me quité mi Pijama fяesco de veяano convencido de que no tendría que volver a contar ovejas en un tiempo, y no tardé apenas en conseguir mi objetivo. 

26 abr 2012

El del quinto que se tachó a si mismo.

El día en que los títulos empezaron a tener sentido entre ellos, lo titulado perdió la coherencia, el norte, la patria, una brisa de nostalgia cruzaba el salón recién desnudado de cuadros y fotografías en blanco y negro, acariciando las paredes a su paso, deteniéndose con cautela los rincones más virginales, los que habían permanecido tapados. Mi vista se detuvo una vez más en el gran retrato colgado en la pared, traté de hacer de su mirada la mía, de sus facciones mi rostro, pero a veces no es tan sencillo ponerse por boca un gran ojo derecho. Tras un par de intentos en vano, un tazón de leche con cereales sentimentales y cuando solo quedaba líquido en el cuenco, un par de cucharadas de cacao mental soluble, a poder ser con pepitas. Yo que antaño fuere color favorito a los ojos de más de uno, mecanismo de detonación de reacciones en cadena, desencadenante por infortunio de muchas de ellas a su vez, yo que por temporadas hibernaba para aprehender lo ya aprendido para así poder llegar a ser, que es a lo que todo buen hombre aspira, y sin embargo allí estaba, bien quietecito y sin hacer el mínimo ruido. No guardo demasiados recuerdos de aquel Abril, no muchos más allá de las vistas al mar y el sentimiento de haber pasado un tiempo en casa, esa tranquilidad brindada por el simple hecho de tener algo a lo que llamar hogar, algo a lo que volver cuando nada de lo demás funciona. Corrían tiempos inciertos, probablemente lo hacían de una forma consciente, casi predecible, aunque tal vez todo fuese llana y simplemente por joder,  y no fuere bastante con amanecer sudado hasta las trancas, con el anhelo por montera y sordera de silencios interminables. 


Dicen que todo lo que baja es porque ha subido previamente, en este concreto caso bajar no es el problema sino no hacerlo demasiado, y supongo que esto lo puede entender hasta el más necio; se trata de caer lo suficiente, nunca más de la cuenta. Porque, y aquí he de reconocer que no sé si estoy siendo lo suficientemente expresivo, tan pronto me acostaba con la idea de hacer el amor, se me pasaban las ganas de follar; la simple cuestión me ponía de gallina la piel y acababa por tener que apañarme con una paja mental. De hecho, si no lo he sido, tanto me da. El caso es, pues, que tal vez fuese problema mio, ya no recuerdo si estaba enfadado con ese día en concreto, si con el quinto que se tachó a sí mismo de improvisto, si conmigo, mi mismo o si con yo, y todo aquel asunto no hacía sino retorcerse, doblando sus esquinas, haciéndome perder la cuenta de las ces que lleva la palabra pánico, de los anhelos que debía añadir a la lista de deudas, quejas e insatisfacciones personales. Eran casi menos cuarto, no importan las cuántas tanto como las tantas, que es, en el fondo, lo que venían siendo, el hambre invisible gobernaba más de la mitad de mis sentidos y todo apuntaba a que aquel amanecer se haría, como alguno de sus predecesores, más complicado de lo habitual; unas veces con la cabeza en los pies, otras los pies de hielo y fuera de su sitio, protestando. Yo trataba de guardar en una diminuta concha de vieira, de tono casi aberenjenado, un puñado de ilusión que había cogido prestado del bolsillo del chaquetón de un gallego, casi a escondidas, en la noche en la que el invierno nos dio las buenas noches por última vez. 

27 mar 2012

El del quinto que tacha a los cuatro anteriores.

No mucho ha que se era un síntoma de síndrome de Bovary, aparentemente inofensivo, que rondaba mi pensamiento en forma de hipotética cuestión. Lisonjeaba con mi razón como si tratase de coquetear de la manera más aparentemente liviana, de encontrar algún procedimiento para llegar a un común acuerdo, y como a veces es complicado ser de piedra, lo aparqué un rato en el rincón de las cosas presuntamente ya olvidadas. 

La realidad me sacó de mi burbuja materializándose de alguna manera en una ráfaga de aire que una despistada cortina de lino blanco, con cargo extraordinario de portera de dormitorio, permitió entrar en mis dominios; se coló por el edredón acariciando de una forma gélida aunque dulce mis pinreles, trayéndome consigo de vuelta a uno de los primeros días de primavera. Allí estaba un servidor, bien seco, con olor a resaca de ginebra y lengua de lija, de alquitrán, nicotina y asbestos, con la libido enviándose whatsapps con mi entrepierna, sano aunque no tan salvo, condenado a barra libre de colacao hasta el atardecer de aquel dispar sábado.

Luego un timbre, una risa y a continuación desenfreno; para cuando este ha sido satisfactoriamente acallado ya ha amanecido de nuevo, todo son calzoncillos negros y rojos, olor a fresa y tal vez aún a ginebra. Un fósforo que enciende un cigarrillo y un presunto percal con final alternativo, una sonrisa que invita a cenar, que custodia a una lengua con intenciones para mayores de dieciocho, que esconde una verdad a medias sobre la que plantear más de una paradoja. Y al volver a cerrar la puerta, justo entonces, el síntoma de nuevo, latente cual pesadumbre, con su nombre de personaje de novela realista francesa y sus ganas de contraatacar y de convertir el final de este relato en una cola de pescadilla lista para ser mordida. 

Con el modo domingo como pijama y la espalda apoyada en una de las paredes de la quinta habitación contemplé la posibilidad, como un planteable estudio guiado por el extraño ápice de aparente realidad poco hecha pero no cruda que parecía envolver la idea en cuestión, pero nunca como un todo. Más tarde, una vez aclarado el asunto ya después de cenar y junto a una taza de té tibio en el balcón, comprendí que aplicaba el planteamiento erróneo. En este caso específico la respuesta correcta se escondía tras la paradoja del quinto que tacha a los cuatro anteriores aplicada en el momento y el lugar exactos. Tal vez aquella era una oportunidad ideal de enmendar un error conociendo ya la constante adecuada, por obra y gracia de mi trato con Marzo, al cual le quedaban ya escasos días contados.