2 jun. 2012

El del chapuzón reminiscente

El reloj marcando las nosequé de la madrugada, yo aún no dormía aunque me empeñaba en intentarlo a base de perseguir la parte más fresca del colchón y de giros bruscos a la almohada, cuando se presentó ante mí la respuesta a una pregunta que jamás me había hecho, y ahí se truncó en asunto. Tremendismos y calores aparte, aquella noche era imposible conciliar algo cercano a querer llamarse sueño, y aquella respuesta no buscada desencadenó en un chapuzón reminiscente en el fondo de mi océano sentimental, con intención de soltar el ancla en una noche que no parecía pretender llevar a buen puerto, y aunque yo no andaba por la labor, sucumbí al frescor de un par de recuerdos enlatados. Lo justo para pasar catorce minutos saboreando cerveza italiana de destilación artesanal, sentado al fondo de la modesta bodega perfectamente acomodada para dieciséis comensales de un curioso restaurante escondido en un pequeño callejón de un Madrid al que jamás había conocido; descarado, angloparlante, cosmopolita y muy adictivo.

Me dejé dejarme dejar en la recreación de esa noche, en el sonido del teclado al que Richard le hacía el amor un par de horas antes de la cena, durante la presentación acústica, en la primera mirada fulminante de Bigotes, en la segunda, la tercera y la quinta, especialmente esta última. Recordé un árbol de navidad dándome la bienvenida, y encontrar mi camisa blanca muchas horas después de haber empezado a buscarla, hecha un trapo bajo el curioso abeto; casi pude sentir de nuevo una farola en pleno intento fallido de perfilar mi sombra, y a Bigotes rasgando un jirón de mi piel desnuda en un balcón de La Latina, volviendo a recorrer sus dedos con mi cuerpo, recurriendo a ser sus instintos más básicos, su sed, su hambre en una de esas noches que llenan tanto que te silencian, que acallan la voz dormida de la emoción con melodías de pop británico informal, del de camisa de cuadros y zapatos bien lustrados, noches de almohadas viscoelásticas de esas, noches que te dejan con un peinado indescriptiblemente indomable, la sinrazón perdida por los suelos y un roto en los pantalones aguamarina, justo en el tiro, que aunque venía de fábrica, volvía de factoría.

Supe más tarde, como se saben las cosas que realmente importan, que se pueden eclipsar amaneceres sobreponiendo lunares de dos cuerpos distintos y distantes, pero que el efecto es casi efímero; supe que Bigotes y yo éramos de mundos tan indistintamente distanciados como nuestros cuerpos, así como supe que de no ser por él, no estaría buceando entre recuerdos, pero tampoco tratando de dormirme. Supe que era hora de salir a la superficie de nuevo a respirar tanto como que me costaría volver a escuchar The Boys y no sentirme tentado de volver una y otra vez a aquel recuerdo; fue entonces cuando el reloj me hizo saber que los catorce minutos habían terminado y que con ellos se iba la cuestión plegándose sobre si misma, haciéndose pequeñita y colándose en un hueco de mi subconsciente, a la espera de nueva orden. Me quité mi Pijama fяesco de veяano convencido de que no tendría que volver a contar ovejas en un tiempo, y no tardé apenas en conseguir mi objetivo. 

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