9 ene. 2013

Todo empezó en el período de entreaños, ese atípico intervalo temporal que aproximadamente cada trescientos sesenta días me sorprende con una nueva; de un tiempo a acá siempre viene cargadito de sorpresas, que si huracanes por aquí, que si volcanes por allá, pero todos dentro de mi cabeza, guardando tras de sí historias con encanto. Entreaños es una fecha muy idónea, y la gente lo sabe, y lo explota, es todo estupendo, y entre más flautas que pitos te confundes siempre con el tú de hace tres años, y se lía bien parda. Solo hace falta una buena dosis de paciencia ficción para aprender a sobrellevarlo.

El asunto en cuestión, como iba diciendo, empezó en algún entreaños del último lustro, la putada es que no podría concretar con exactitud la fecha, que aunque no es para nada relevante, aportaría cierto grado de credibilidad al relato; un fallo de raccord emocional lo tiene cualquiera. Lo que sí que recuerdo es que había sido un año de reveses por doquier, que ni por llevar las cuentas, qué quieres que te diga. Y reconozco que debió ser un ataque espásmico de naviditis aguda, de esa que a todos nos hace pecar de verborrea tras la segunda copa de cualquier cosa a la que le hayan puesto enebro. Solo fue la naviditis. 

Percal que por bien no venga, mírale el diente, o algo. Creo que esa es la mejor de las moralejas que pude sacar de aquel extraño enero en el que mi cabeza estaba de road trip por Europa como consecuencia y / o efecto secundario de una buena dicotomía sentimental. De cualquier manera, la cosa acabó justo antes de empezar, porque el entreaños además de traicionero es tan indefinido que cuando te quieres dar cuenta, ya se ha ido otra vez sin dar tiempo siquiera a rozar la comisura del recuerdo de lo que pudo ser o incluso haber sido.   Tal vez el próximo nos pille confesados a todos. 

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