27 mar. 2012

El del quinto que tacha a los cuatro anteriores.

No mucho ha que se era un síntoma de síndrome de Bovary, aparentemente inofensivo, que rondaba mi pensamiento en forma de hipotética cuestión. Lisonjeaba con mi razón como si tratase de coquetear de la manera más aparentemente liviana, de encontrar algún procedimiento para llegar a un común acuerdo, y como a veces es complicado ser de piedra, lo aparqué un rato en el rincón de las cosas presuntamente ya olvidadas. 

La realidad me sacó de mi burbuja materializándose de alguna manera en una ráfaga de aire que una despistada cortina de lino blanco, con cargo extraordinario de portera de dormitorio, permitió entrar en mis dominios; se coló por el edredón acariciando de una forma gélida aunque dulce mis pinreles, trayéndome consigo de vuelta a uno de los primeros días de primavera. Allí estaba un servidor, bien seco, con olor a resaca de ginebra y lengua de lija, de alquitrán, nicotina y asbestos, con la libido enviándose whatsapps con mi entrepierna, sano aunque no tan salvo, condenado a barra libre de colacao hasta el atardecer de aquel dispar sábado.

Luego un timbre, una risa y a continuación desenfreno; para cuando este ha sido satisfactoriamente acallado ya ha amanecido de nuevo, todo son calzoncillos negros y rojos, olor a fresa y tal vez aún a ginebra. Un fósforo que enciende un cigarrillo y un presunto percal con final alternativo, una sonrisa que invita a cenar, que custodia a una lengua con intenciones para mayores de dieciocho, que esconde una verdad a medias sobre la que plantear más de una paradoja. Y al volver a cerrar la puerta, justo entonces, el síntoma de nuevo, latente cual pesadumbre, con su nombre de personaje de novela realista francesa y sus ganas de contraatacar y de convertir el final de este relato en una cola de pescadilla lista para ser mordida. 

Con el modo domingo como pijama y la espalda apoyada en una de las paredes de la quinta habitación contemplé la posibilidad, como un planteable estudio guiado por el extraño ápice de aparente realidad poco hecha pero no cruda que parecía envolver la idea en cuestión, pero nunca como un todo. Más tarde, una vez aclarado el asunto ya después de cenar y junto a una taza de té tibio en el balcón, comprendí que aplicaba el planteamiento erróneo. En este caso específico la respuesta correcta se escondía tras la paradoja del quinto que tacha a los cuatro anteriores aplicada en el momento y el lugar exactos. Tal vez aquella era una oportunidad ideal de enmendar un error conociendo ya la constante adecuada, por obra y gracia de mi trato con Marzo, al cual le quedaban ya escasos días contados. 

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