6 mar. 2012

El del despertar.

Un sino empapelado de multas sentimentales y pequeñas traiciones impresas, unas cuantas monedas en el bolsillo derecho de un viejo pantalón de cuadros o un cabezazo dado a tiempo. Febrero vino de visita con nuevas no tan buenas y hubo que hacer corazón de tripas para conseguir contarlo con vida; si aquel no era el invierno más cruel de la historia, le había estado haciendo bullying a cualquiera que lo fuese, y de nada valía esconder los problemas bajo la escalera o barrerlos bajo la alfombra. Y con problemas me refiero a pequeñas incursiones a bajas horas por recónditos recovecos que evolucionan en palabras que persiguen a otras de su especie para intentar decir algo y acaban  por lisonjear al subconsciente por unos gramos de sinrazón o por algún resquicio de amor fugaz. Porque a día de hoy hablar de luces es hablar de nada, o eso pretende ser.  Toda consecuencia concupiscente de lo que habíamos sido se encontraba por fin encerrada entre sus tres paredes, bien escondida en la letra de una bizarra canción, todo volvía a ser pasado como siempre tendría que haber seguido siendo. Las idas y venidas inconcluentes, aparente fruto del azar, parecían querer significar, arrastrando una moraleja que llegaba tarde, pero lo hacía. 

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