15 ene. 2012

El de los cinco párrafos que unen dos años.


Apretaba en los talones el peso de un año que pretendía despedirse con menos gloria que pena, sin pausas en las prisas que ya no parecíamos tener por vernos. Así, resbalaban por mi cara las gotas de lluvia que mi pelo ya no podía contener en una de esas tardes de 'debería haberme quedado en casa' cuando la idea rondó mi cabeza, y no pude evitar una carcajada nerviosa a la que perseguía una lágrima de rabia que se mezcló con el resto de gotas. 

Tenía que despedirme del año en que me dieron clases de desconfianza, y que gracias a dios, suspendí; de trescientos sesenta y cinco estados de ánimo cargados de la tripolaridad desencadenante de llamadas transoceánicas varias, de kilómetros mordisqueados durante un puñado de horas anhelando estupideces para despertar un uno de Enero y sacarse el fuego de las castañas de la mejor manera posible; ante todo, hay que saber empezar un año. Pero vayamos por partes.

Tenía que despedirme y lo sabía, y aunque no quería, era inevitable; porque el tiempo no espera a nadie, y además cura las heridas y un montón de cosas más, pero no cambia, no hay nunca marcha atrás. Y yo estaba cansado de decir que no estaba preparado, porque realmente nunca sabes si lo estás o no hasta que afrontas el problema, un problema que en aquel momento yo ya no podía permitirme el lujo de seguir arrastrando por motivos de tiempo. Hicieron falta kilómetros, aguas termales y buena compañía. Condensados todos mis pensamientos sumergidos a unos 30ºC bajo el manto estrellado de una gélida noche de finales de Diciembre, algo me dijo que era hora de pasar una página importante. Fue entonces cuando dejé de estar solo en aquella terma y bajo la densa capa de vapor un susurro unió dos bocas a ritmo de la 'Canción Húmeda' de Iván Ferreiro, toda una declaración de intenciones, y el tiempo empezó a volar.

Porque a veces es mejor empezar un año con una lista de deseos irascibles que con una llena de propósitos; estos últimos, aunque menos triviales y efímeros, son para débiles. 

Y luego está la cuestión de mi cuarta pulsera.

1 comentario:

Miguel Sánchez Ibáñez dijo...

Luces, sombras, tiempo.
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