20 ene. 2012

El que no tiene título.

Se levanta por fin, tras varios montones de minutos tratando de no plantearse hacerlo realmente; solo pensar en sentir el frío en sus pies elevaba un escalofrío por su espina dorsal que le despejaba un poquito más. Y la idea de desenterrar las zapatillas de dondequiera que estuviesen ocultas, sumergidas en el caos que imperaba en el inmueble se cargaba a sí misma de incoherencia. Las mañanas de aquel invierno se le atragantan, le tienen castigado sin desayunar, le cargan de ese anhelo que atormenta a ratos a quien se resigna a no anhelar, más impetuoso si cabe, aunque probablemente menos constante. Alguna hasta se clava en su espalda sin que se dé cuenta, reabriendo una herida que creía cicatrizada; solo al volver a tumbarse en su cama, al anochecer de uno de esos días que necesitan acabarse a las ocho de la tarde, notaba el profundo pinchazo. No parece importarle demasiado, lucha unos instantes contra la almohada hasta que consigue, no sin esfuerzos, darle la vuelta y luego gira de forma brusca su cuerpo en un salto de unos 160º. Entonces, sin que apenas lo note, se le esboza en la cara un desamor con fuerte carga de delirio seguida de cerca por una corriente de ganas de cambiar que le sumergen de nuevo en el sueño. Sobre sus hombros, el peso de una suma de decisiones inconclusas con nombres, apellidos y caras propias, parece querer darle una tregua. 

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