2 jun. 2010

Escondía mil deliciosas maneras de quemar el tiempo en el bolsillo interior de su cazadora de cuero. Cuando empezaron los días calurosos y el desenfreno acechaba en la esquina siguiente, decidió pasarse a las camisetas, dejando en casa la chupa y todo lo que sus bolsillos antes habían ofrecido. De todas maneras no era una apuesta segura, su pasado salía a relucir cada vez más, y con él suelto los demás estábamos a cubierto. Sus miradas furtivas de confianza repentina y sus vaqueros rotos se sentían a veces huidizos, como recordando las heridas internas que el tiempo todavía no le había curado. Creo que aquella era la razón principal por la que esas heridas no fueron curadas por mi saliva. No era alguien que no te dejase actuar, ni mucho menos, pero algo en él te mantenía alerta y te hacía no pegarte demasiado. Pero eso no quiere decir que no le tuviese un gran aprecio, tanto como para obviar mi instinto y tratarle como lo que más merecía entonces; un amigo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

me impresiona como escribes, me tienes cautivado...me encantas tío...

David Waldorf dijo...

Gran entrada que debe ocultar una larga historia tras ella. ¡Enhorabuena por el texto!

Pablo Canedo dijo...

Ui... joder pal anónimo jajaj

Dile a Olaya de mi parte: Marujona! xD

Maya dijo...

Supongo que el pasado por mucho que lo dejemos atrás siempre está clavado en nosotros, tanto por las cosas buenas como por las malas.
Gran texto.