24 oct. 2008

Trabajos Universitarios

Ejercicio de Lengua: a partir de la frase sin sentido que ha escrito el compañero de tu izquierda, compón un texto que tenga sentido. La frase que me tocó era la primera frase de este textillo que escribí en apenas 20 minutos...

Relámpagos oscurecían la mirada de su sonrisa cansada.
Había pasado ya demasiado tiempo desde que la vi por vez primera, y era capaz de hacer una clara evolución de cómo la sonrisa de aquella mujer se había ido extinguiendo. No pude dejar de mirarla a los ojos, ya que era la única parte de su cuerpo que expresaba algo. El resto de su cuerpo, masa de curvas y vertiginosos volúmenes , era totalmente inexpresivo. No adoptaba pose alguna y sus huesos, quebrados por la presión de la soledad, se amontonaban sobre el sofá como quien amontonaba cojines en una cama. Me dio pena. Eso es; pena es la palabra. Pena de ver cómo, poco a poco, se había ido apagando desde el brillo de su cabello hasta el ocaso de su boca. Quise irme de allí.

Dos horas y media después de mi encuentro con Sara, aquella niña que en mi juventud había acompañado (y a veces hasta guiado) mis pasos, lo que realmente quise fue morir. No sólo por ver que la figura antaño idolatrada de mi amiga había enmudecido, sino también, y más que nada, porque fue entonces cuando me di cuenta de que a mí estaba empezando a pasarme lo mismo. Mis amigos me decían constantemente que ya no era el mismo, el soñador de antes, el que ellos conocían o creían conocer. En el fondo sé perfectamente que no me conocían, probablemente por mi característico acto reflejo de ocultar mis verdaderos deseos cuando alguien manifiesta sentirse contrario ellos.
Creo que la única que en su día me conoció mi totalidad de virtudes y defectos fue Sara, y eso debió ser el detonante para hacerme desear la muerte, deseo que duró hasta ese mismo atardecer: el frío del invierno más seco jamás experimentado por mi piel me incitó a entrar en el Starbucks de la calle Urzáiz, y condujo mis pasos hasta el mostrador y de ahí a una mesa de pequeñas dimensiones que contrastaba con la gran butaca en la que deje recaer mi cuerpo, agotado de anfetaminas, cafeína y demás estimulantes acabados en –ina. No era feliz, no estaba tranquilo, me encontraba solo y, por si fuera poco, drogado hasta las trancas. Tomé un periódico bastante manoseado y deje que mis ojos pasasen por las páginas hasta que, sin motivo alguno me quedé leyendo un artículo sobre la escasez de materias primas en una importante zona industrial de Tokio.

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