28 ene. 2010

Memorándum a mí mismo.

Abrí los ojos de forma brusca y la claridad le propinó un buen puñetazo a mis pupilas. Cuando me repuse del golpe los entreabrí lentamente hasta poder distinguir dónde estaba. Iluminadas por una intensa luz roja las fotografías de la pared me instaron a tranquilizarme; tan sólo es mi habitación. Con la sensación de seguir a tientas miré el despertador, y sus agujas marcaban estrictamente las 05:40. ¡Me he vuelto a dormir con la lámpara encendida! Qué bien... Antes de volver a cerrar los ojos encendí el iPod y lo puse bajo la almohada. Me quedé despierto hasta casi el final de la canción. Para entonces mi sentimiento de identificación con la letra de una canción me había sumido en un estado de relativo nirvana.

Cuando volví a despertarme era más tarde de lo que hubiese pretendido. La luz ya no era roja, sinó blanca y mucho más fuerte, proviniente de la ventana. Me levanté de cabeza a la ducha, hice lo propio y salí totalmente empapado en busca de la toalla. Fue entonces cuando lo ví: un folio sobre la mesa, escrito a mí mismo la noche anterior. Me dio tanta rabia ver que había recurrido a comunicarme conmigo mismo con un salto de tiempo solo para no pensar en aquel momento... Así que me dispuse a hacer todo lo que ponía en aquel papel, y este es el último punto.

1 comentario:

Saleta dijo...

Os folios a nós mismos non suelen ser unha boa señal.