15 jun 2013

En una de estas últimas tardes, que tanto saben a anticipo estival y a ventanas abiertas para toda la noche, mientras el viento colaba recuerdos de años consecutivamente pasados, me vino a la cabeza un asuntillo enrevesado donde los haya; se trataba ni menos ni más de que ya no tenía un sólo lado de la cama, si no más bien tres, y cada uno de ellos con su correspondiente posición estratégicamente rebuscada. Es curioso lo fácil que fue encontrar el sentido de todas y cada una de ellas frente a lo tediosas que pueden resultar las épocas de transición entre dos de estas tres posiciones para dormir. Así, alternando la otra con una en un vano intento por calmar mis nervios, los días iban pasando impunes, si bien éstos se sucedían de una manera implacable, y no había quién los parase. Entonces yo vivía como aislado en mi torre, apartado del vaivén de las concurridas calles del centro, sin apenas ganas de salir a disfrutar una ciudad donde ya no se daban tantas como se habían tomado, y en cuyas noches uno no debía fiarse ni del apuntador, y mucho menos del camarero.
Estas tres posiciones se habían ido incorporando a mis rutinas de forma prácticamente inconsciente durante los últimos años, tal vez alguna heredada de vete tú a saber qué clase de tormentosa relación sentimental enterrada bajo capas y capas, una de tiempo y otra de distancia, sucesivas. Si me paraba detenidamente a pensarlo, poco quedaba ya de aquel chaval que pisó por primera vez esta ciudad dispuesto a escudriñar cada rincón, a aprovechar cada minuto de ansiada libertad, a tomarse una cerveza en cada uno de los cientos de bares que en ella todavía hay. Este último propósito, curiosamente, fue uno de los primeros en caer en el olvido tras el primer atisbo de amor fugaz que llamó a la puerta 406 de la residencia Miguel de Unamuno para pedir perdón, vistiendo un chaleco vintage y unos rizos concienzudamente alisados, allá por Enero de 2009, cuando por nada del mundo sospechaba que estaba a punto de comprender de primerísima primera mano la empatía. El sol lucía distinto cuando estábamos juntos, y yo no era el único que se había percatado.
Supongo que a estas alturas, con la de idas y de venidas que esta vida me ha demostrado tener, ya apenas importa que sea un tanto más explícito de lo que fui por aquel entonces, y lo haré para que quede claro el asunto; ni siquiera sabía que estaba quedando con la pareja de otra persona. Sin embargo, el seguir adelante con aquella relación no fue sino el primer síntoma de esta empatía de la que hablo, claro que en aquel momento de mi vida apenas sabía lo que hacía conmigo mismo como para darme cuenta de ello. No sería hasta meses más tarde cuando comprendería que tenía que desengancharme de él y de su humor inteligentemente desternillante, con todo lo que aquella decisión conllevaba. Tantas dosis empática me había dejado seco. Pero la vida no estaba sino comenzando a enseñarme alguna de sus cartas sueltas, la muy cabrona parecía tener una baza triunfal, y durante los meses siguientes a despedirme de aquel primer amor universitario, tras un curso de cómo engañar personas que, por suerte, suspendí, comencé a comprender muchas de las jugadas que estaban por llegar, como a verlas venir. Cuando ya la has cagado una vez, más que aprender a cómo no volver a joderla, aprendes cómo se hace y las consecuencias que puede tener, y esto no es del todo justo, pero así viene siendo.
Poco quedaba, como iba diciendo, de aquel chaval que huía de todo lo que conocía para empezar de nuevo. Y sin embargo estaba claro que en el fondo se trataba de la misma persona, solo que un tiempo más tarde, ya sabemos que el diablo no sabe sino por viejo, que más vale ciento y la madre que arrepentirse por lo que uno no hizo. Me costó olvidar a aquel desternillante proyecto de periodista lo que le lleva a un niño aprender a escalar hasta el bote de galletas; el tiempo suficiente, una porción indefinida de éste que es necesaria para aprender a seguir adelante, a superar de una vez el obstáculo. Para entonces yo pasaba el verano de cuerpo presente en la costa norte del país, salvo que con la cabeza bien, bien al sur, sin saber que precisamente esto último no era sino otro obstáculo peor que vendría después. 

9 may 2013

Siempre he sido de los del buen pensar, de quienes toman su pasado como historia, la suya propia, y crecen con cada punto de giro de la trama. O al menos, lo era hasta el día en que todos mis títulos decidieron comenzar por "El de..." y de que la letra R de la palabra 'Revés' decidió hacer acopio de su nombre. Sin embargo no he dejado de escribir esta, mi trama mayor, la mía propia. Todo comenzó como comienzan las cosas que realmente importan, sin que uno se dé cuenta, en un amanecer de copiosa lluvia de la que tuve que volver desde el centro corriendo a refugiarme, tras el tedioso anhelar y exhalar en la ventana de mi dormitorio de las afueras, con la cabeza colgando hacia afuera, empapada y dando vueltas tras las últimas dos cervezas, y el disco 'Perfect Symmetry' sonando de fondo. Llevaba apenas unas semanas en la ciudad, y era tan ingenuo como parecía; si me hubieran anticipado tan solo uno de los capítulos que redactaría durante los siguientes meses, hubiese creído que era ficción. Y nada más lejos de la realidad, todas y cada una de ellas, historias, fueron vividas y narradas como tal, con los puntos sobre sus íes y abuso del punto y coma, sinrazón de por medio. Muchas veces a modo de brainstorming, tantas otras como maniobra de escapismo o mecanismo de reacción, el resto, tal vez, tan solo por contar. Y casi todas escritas antes de la hora de comer, como preludio de lo que estaba por venir.

11 abr 2013

No sé que pasa con mi primavera, que la tengo como rizada y cuanto más me acerco a la costa, más se me empiezan a abrir algunas puntas y no hay quién me la peine. Será porque su llegada, bien tardía, me pilló amaneciendo en plena playa, recién salido de un club nocturno de los de gente guapa y botellines de Heineken con ponche, con la gorra por montera y las botas desgastadas en la pista de baile, de hacer del suelo poesía. Eso, o que era suficientemente tarde para decir que era pronto, las ganas sonando a golpe de contacto de la agenda telefónica del que tirar, el camino de vuelta a casa por delante y la tentadora piscina de la urbanización como oasis. Dos chapuzones después amanecía de nuevo en el más dulce de los silencios, bajo los primeros rayos de sol en semanas y justo a tiempo para un tentempié antes de presenciar un buen cabezazo literal  de esos que, si te pillan en posición de la risa, despiertan al bloque entero. No sé qué tiene mi gente que hacen que quieras retrasar para siempre el momento de trepar a la litera superior. Para cuando la suave voz de Silvia vino a buscarnos un par de horas después al dormitorio, el sol seguía allí, azotando la terraza implacable para hacernos disfrutar aún más del delicioso almuerzo en la terraza y demostrando que no hay prima que por la vera no venga, y si me apuras, que un sol merece a otro sol. 

A cientos de kilómetros de distancia de la playa, en el único otro lugar en el mundo al que jamás haya llamado casa, los amaneceres se irregularizaban unos a otros a golpe de horarios, locución y entregas, de preestrenos de documentales e investigación sobre programación televisiva, de horas extra de rodaje y prácticas de sistemas hipermedia. Y en medio de todo este caos uno más pequeñito, más particular; el de lo propio, lo de adentro, o más bien lo de siempre, lo inenarrable. Hace poco me contaron que las musas no cobran derechos de autor, y sin embargo a mí todavía me quedan facturas pendientes de antaño, pensamientos en sobre que van llegando como recibos de gas sentimental al buzón de mi piso, de la manera más repentina, como de sopetonto. También me contaron que con una musa o numen no se mantienen relaciones porque se pierde la conexión de inspiración, y esto manda el resto de teorías al cuerno, así que en el fondo de mí, decidí creerlo sólo a medias. Lo que sí que es cierto es que, tras todas y cada una de las cosas que dejé enterradas en la playa vienen enganchadas varias fotos que tenían que haber sido recortadas en triángulos y un montón de cohesión enunciativa de la que me hizo perder la coherencia textual durante largos meses. Y es que hay tres normas para escribir bien, la putada es que nadie las conoce. 

3 mar 2013

Enterrada bajo un montón de capas de pretextos y despropósitos se encontraba la coherencia textual perdida el día que los títulos comenzaron a tener sentido entre sí, bien dormida desde tiempo ha, y tras cuatro o cinco intentos de retomar la ardua tarea de découpage emocional, no tan en vano como pudo parecer, las ganas de contar se acrecentaban ante una pandilla mediana de cosas dispares que contar y Febrero prometía ser un mes más de antesala a algo emocionante, como tantos y tantos consecutivos. Puede que no tengamos todas las respuestas, o que éstas sean imposibles de encontrar, puede que este invierno no haya sido tan cruel como los demás acostumbran, por poder puede hasta que haya pasado página desde la última vez que arranqué una. Érase una mañana de las de después del último entreaños y sus nefastas consecuencias, una bastante cualquiera, de las de 'vente tú, que ni por salir de casa', y érase a su vez una noche atípica, infame como ella sola de esas en que cuando quieres darte cuenta estás de besimismo hasta las cejas, nostalgia arriba, caricia abajo. Y lo curioso es que ambas pertenecían al mismo día, que a partir de ahora conoceremos como 'el día que mucho, mucho después de cesar la tormenta, brilló el sol durante algo menos de dos horas', un día que, desearía, no hubiese tenido fin. Sin embargo y aunque hayan sido citadas, ambas mañana y noche no presentan relevancia alguna con respecto a la breve pero intensa acción, sino que ésta, como indica el extenso pero conciso nombre del día en que se desarrolla la misma, sucede en el intervalo temporal de apenas hora y treinta y cinco minutos en que el sol invadía el dormitorio.

Las tostadas siempre caen por el lado de la mantequilla, poniéndolo todo perdido. Los gatos siempre de pie, y además los muy cabrones tienen siete vidas. Los humanos, más de una vez con la misma piedra; el caso es caer, y en este caso concreto caer en la cuenta. Despuntaban las seis y sabedioscuantas de la tarde de un domingo y la ventana filtraba ráfagas de olor a hojas cayéndose y a hojas ya caídas a partes iguales cuando llegó el primer punto de giro en forma de beso no-tan-inesperado. Pero hay que subrayar ese beso bien, porque no fue uno cualquiera, o no estaría aquí contándolo, fue uno de estos que se ganan a pulso pasar a la historia, un beso de los que ponen la prosa dura, con su minúsculo a la par que tentador lunar en el labio superior y su susurro de después, que no por menos algo tan nimio como un beso se convierte en primer y trascendental punto de giro. Sabía a besimismo puro y duro, tan duro o más que la prosa, y cuando un beso sabe así es por dos razones bien claras; la primera, que no por ello más importante pero probablemente si, es porque besas sabiendo que vas a añorar, y por ello es aún más tentador. La segunda razón me la he dejado por descuido en el bolsillo derecho de sus vaqueros, no tan difíciles de desabrochar al fin y al cabo, junto a una de las sonrisas más sinceras desde hacía mucho, pero venía a decir algo así como que el pesimismo del que se carga el beso es simplemente eso, una carga, un condimento de nostalgia dulce que le da sentido a lo que viene después.Y por supuesto como casi todo el mundo puede comprender, la cosa se pone bien concupiscente en cuanto al dormitorio temporalmente soleado, y como en todo buen nudo de una historia del яevés que se precie de serlo, el beso lleva a otro y éste a un tercero, y cuando uno quiere darse cuenta ya no hay ropa. 

Para el segundo punto de giro algún imbécil decidió meter una llamada telefónica de las urgentísimas, que aunque no llegó a interrumpir del todo el ansiado clímax (siempre cinematográficamente hablando) anunciaba la inminente llegada de los créditos finales de una historia que merecía menos que cualquiera tener un final, porque debería haber sido eterna y no efímera. A pesar de todo no era otro el propósito de la escasa duración de la acción que el de potenciar la intensidad del mismo para aunar distintos instintos y vencer así a la cuenta atrás y saber leer entre líneas lo que el besimismo quiere venir a significar. Hay etapas que se cierran cuando uno menos se lo espera o más estaba disfrutando, y otras que simplemente no se quieren dar por concluidas al igual que hay personas que se tienen que ir en el mejor momento y otras que ni a patadas.  Por alguna sencilla razón que no llegué a comprender, el karma decidió aquel domingo cualquiera mandarme un mensaje de tregua en forma de múltiples coincidencias poco probables que poblaron los diálogos desde el primer al último minuto de la acción, que termina lejos de donde empezó, en un portal de las afueras de la ciudad con un último beso que ya no supo a besimismo, sino a besitivismo radical y un último intercambio de miradas que vino más cargado de segundas intenciones, si cabe, que el primero.

18 feb 2013

'¿Qué tal te ha ido el invierno?' me preguntas el tercer lunes del mes, en la más imposible de las posiciones sobre el ya desvencijado sofá libro del salón, con mis calzoncillos de seda con dibujos de diamantes por pijama y tu sonrisa puntiaguda como interrogante final. Suena Otis Redding de fondo y no paro de ojear la modesta biblioteca que no llega a ocupar una balda entera de la estantería, que más bien es una difusa composición de títulos best seller que quieren llegar a ser colección pero que probablemente, como casi todo lo demás, se queden a medio camino entre el olvido y el sin querer. Dejo pasar mi dedo índice por el lomo de todos y cada uno de ellos, considerando la posibilidad de empezar de releer alguno, tal vez concederle a uno su segunda y quién sabe si merecida oportunidad, y lentamente avanzo hacia la cocina, donde sirvo una copa de vino para volver con ella al salón y sentarme en el suelo en silencio. El sofá vuelve a estar vacío, aunque esta vez ya no haga falta frotarme los ojos ni pellizcarme para confirmar que no era ni sueño ni alucinación, y por el lado positivo del asunto, la copa está casi llena.

Un rato después, cuando entro en el dormitorio para preparar mi ropa del día siguiente la situación es similar; esta vez la banda sonora corre a cargo de Bill Withers y mientras yo ojeo entre mis camisas, me preguntas desde el lado de la cama que no te corresponde, poniendo ojitos, que si no te he escuchado hace un rato cuando preguntabas sobre mi invierno. La puerta de cristal que da al balcón filtra aire, efectivamente tenías razón y la diferencia térmica es claramente apreciable en comparación con el resto de la casa, afectando con menor intensidad a la zona del armario que al resto de la habitación, así que mientras descuelgo la camisa de pana verde botella y una chaqueta gris de punto, tu maldita pregunta consigue hacerme dudar entre pantalones pitillo vaqueros o negros. Es entonces cuando recuerdo que he olvidado la copa de vino en el salón, y cuando vuelvo de recuperarla, no sin antes haberme cerciorado de que para el final de este párrafo la copa estuviese medio vacía, compruebo que has vuelto a irte sin tu tan preciada respuesta para poder, al fin, responderte en alto 'Si te digo la verdad, ni tan mal' antes de volver a apoderarme de mi preciado lado de la cama.